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GADAFI, LA PÉRDIDA DE UN AUTÉNTICO LÍDER (PARTE I)

GADAFI, LA PÉRDIDA DE UN AUTÉNTICO LÍDER (PARTE I)

Oct 23, 2011

La noticia que cubría las primeras planas de los diarios alrededor del mundo el pasado viernes (21 octubre), era la noticia que Washington –y muchos incautos de los mass media en el globo– esperaban: la muerte, o mejor dicho, el asesinato, de Muammar Gadafi a manos de las tropas “rebeldes” libias –OTANienses–.

El secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, afirmó que con la muerte de Muammar el Gadafi en Libia se cierra “un doloroso y trágico” capítulo en ese país –iniciado en marzo por los bombardeos de Francia– y da paso a la reconciliación nacional y al respeto por los derechos humanos –atropellados y sobajados por la intervención de la OTAN bajo la pusilanimidad del Secretario General–.

Ki-Moon, que subrayó que con esa muerte se concluye un régimen de 42 años, afirmó que Libia “comienza ahora una nuevo capítulo basado en la reconciliación nacional, la justicia, el respeto por los derechos humanos y el imperio de la ley” –cosa nada más alejada de la futura realidad de los libios–.

El secretario General de la ONU, que cuando se supo del fallecimiento del dictador libio calificó esta jornada de “histórica”, pidió en un comunicado a los libios que se mantengan “unidos”, al tiempo que dijo rendirles tributo “por su firmeza y valor durante todo el sufrimiento que han tenido” (Agencia EFE, 21/10/11).

Tras una persecución de meses, finalmente el líder libio Muammar el Gadafi fue acorralado y abatido en una acción conjunta de las tropas de rebeldes y la OTAN –si de lago vale la fútil diferenciación–.

Refugiado en Sirte, su ciudad natal, de la obsesiva persecución de la OTAN y el CNT (Consejo Nacional de Transición) –la organización de los opositores a Gadafi– fue aquí donde el coronel y “guía” del pueblo libio tenía a sus más leales ciudadanos, que hasta el último momento lo defendieron heroicamente, ya que la defensa no era únicamente de su persona, sino de la libertad y el bienestar de la nación árabe en su totalidad, en contra de las funestas intenciones de un puñado de traidores y la voracidad de las tres naciones imperialistas que orquestaron toda esta masacre en territorio libio: Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, utilizando, claro, su principal herramienta y bandera genocida, la OTAN.

La mayoría de los medios de información occidentales siempre se han encargado de desacreditar y satanizar a quienes han osado interponerse en el camino de los deseos, intereses y conveniencias de quienes se creen dueños absolutos de los recursos naturales, con humanos incluidos, quienes nos ven como vil ganado, sus “goyim”. En el caso de Gadafi y la Nación Libia, no han sido la excepción.

Sin embargo, para el que no conozca la historia, es conveniente que sepa antes de emitir vítores y hurras por el asesinato del líder libio y el derrocamiento de su gobierno, algunos datos importantes a priori de la emisión de un rápido juicio sin conocimiento de causa:

Libia es un país árabe situado en el norte de África que formó parte del Imperio otomano desde el siglo XVI hasta 1912, año en que fue invadido militarmente por Italia, en su afán por emular a otros imperios occidentales, aunque para entonces, el territorio libio era prácticamente sólo un desierto con un puñado de habitantes, sin más atractivos que su vasta extensión.

La dominación italiana perduró hasta 1943, cuando durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas del Eje, el Africa Korps de Rommel, fueron vencidas por los aliados, al frente del mariscal de campo británico Bernard Law Montgomery.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, y mientras la recién formada ONU (Organización de las Naciones Unidas) debatía largamente acerca del destino del Magreb (Norte de África), Muhammad Idris al-Senussi (emir de Cirenaica, región del noreste libio) –que había luchado en contra de la ocupación italiana durante décadas– consolidó su base política y proclamó la independencia de Cirenaica bajo su liderazgo, en 1949. Se le sumaron las regiones de Tripolitania y Fezzán en diciembre de 1950, con lo que se constituiría la monarquía federal independiente del Reino de Libia, de la que Idris fue coronado rey.

Una vez erigido como sumo gobernante, Idris tuvo que enfrentar la necesidad de crear e inculcar el sentimiento de unidad entre las diferentes tribus árabes que conformaban a la nueva nación. Cosa que nunca pudo concretar, sobre todo por su inclinación abiertamente pro-occidental a los países aliados (Francia, Reino Unido y Estados Unidos) –genuflexa a más no poder–. A fin de cuentas, era a ellos a quienes debía su trono.

La fragilidad de la unión árabe tribal conformada por el rey Idris, se vio quebrantada sobre todo a partir de la postura tibia y sometida a los intereses israelíes-occidentales durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, librada entre Israel y la coalición de países árabes (Siria, Egipto, Irak y Jordania), en las que se tuvo como resultado la expansión territorial –abiertamente ilegal y arbitraria– de los judíos de Israel sobre el territorio palestino; el argumento de Idris I para no aliarse a las demás naciones árabes, fue la supuesta postura no intervencionista –ordenada desde occidente, claro está–. Este agravio a los árabes no se lo perdonó el pueblo libio que se comenzó a inconformar con la política de su gobernante, que trajo como desenlace un golpe de Estado en septiembre de 1969, liderado por Muammar al-Gadafi, que al asumir el control del país instauró un régimen de gobierno socialista conocido como Yamahiriya (“Estado de las masas”). En 1970 el gobierno de Gadafi nacionalizó toda empresa privada, incluída la tierra, el petróleo y los bancos, permitiendo únicamente la propiedad privada de negocios familiares, convencido que esta era la fórmula ideal para los países tercermundistas, alejándose lo más posible del capitalismo consumista occidental.

Con la declaración del “guía” Gadafi en 1977, de la Yamahiriya y la “Revolución Verde Socialista”, se establece en Libia una forma de gobierno de democracia directa sin partidos políticos –en 1971 se prohibieron todos los partidos políticos, argumentando que estos no representan adecuadamente a la población- puesto que esta rechaza la democracia representativa y la democracia liberal. En esta forma de democracia directa, es el pueblo quien gobierna a través de consejos locales y comunas llamados “Comités populares de base”, sin otro intermediario entre las masas y el Estado. De estos consejos locales surge el legislativo general de la nación, el Congreso General Popular y de este el Comité General Popular que detenta el poder ejecutivo presidido por un primer ministro. En la Yamahiriya, se mantienen los vínculos tribales como la fuente primaria de la organización política en Libia, incluída la parte militar.

Muammar Gadafi, nombrado por el pueblo como su “hermano líder y guía revolucionario”, no se sometió nunca, en sus más de cuarenta años al frente del gobierno libio, a los designios de los países imperialistas occidentales, actitud que le valió ser siempre apoyado por su pueblo, pero tachado de terrorista por los mass media y gobiernos capitalistas, que intentaron en muchas ocasiones asesinarlo, teniendo como resultado la muerte de inocentes víctimas civiles por el afán de acabar con quien se oponía a someterse a sus deseos injerencistas. En una de esas ocasiones, en 1986, durante el régimen de Ronald Reagan en la Casa Blanca, fue bombardeada una de sus casas, muriendo una de sus hijas y cuando más de 50 personas más.

La larga lista de acciones terroristas que se llevaron a cabo en distintas partes del mundo atribuidas falsamente al régimen de Muammar Gadafi durante décadas, con la finalidad de manipular la opinión pública mundial, fueron desde el ataque con bombas a instalaciones diplomáticas hasta el asesinato de líderes árabes –una franca provocación para desestabilizar la alianza de esas naciones– pasando por la explosión de un avión comercial, el conocido caso del vuelo 103 de Pan Am, que volaba de Londres a Nueva York el 21 de diciembre de 1988 –con una especial selección de fecha, cercana a las festividades navideñas para hacer mayor aún su impacto mediático–; al minuto 38 después de su despegue del aeropuerto internacional de Heathrow, se registró un estallido en el compartimento de carga anterior que se debió a detonación de una bomba de explosivo plástico en una maleta –tipo C-4 de los más usados por la CIA y el Mossad en sus “operaciones negras” y similar a los restos encontrados en coches bomba alrededor del mundo, México incluído– con un saldo de 270 personas fallecidas, la totalidad del pasaje y tripulación…

CONTINUARÁ…

 

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