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Honrar el legado confiado

Porque nuestra presencia en la tierra es temporal y sus riquezas naturales únicamente se nos han confiado de manera circunstancial, toda vez que pertenecen a las siguientes generaciones, una de las fundamentales obligaciones que los seres humanos tenemos en este efímero paso por el planeta, es precisamente honrar el legado que nos ha sido confiado para su oportuna entrega a las futuros administradores de tales maravillas.

 

Tal como se advierte en las parábolas bíblicas, se trata de entregar el legado plenamente enriquecido, y exponencialmente multiplicado para compartirlo con cada vez más semejantes, no heredar un patrimonio ambiental dañado ni destruido, como parece así lo estamos dejando las presentes generaciones, que ahora sus comprensibles reacciones comienzan a cobrar graves facturas por la irresponsabilidad de sus administradores.

 

Esas miles de vidas perdidas en Japón por el sismo y el tsunami, así como decenas de miles de damnificados y heridos, con afectaciones patrimoniales superiores a los 200 mil millones de dólares, aunado a la amenaza de un desastre nuclear, adicional a los acontecidos previamente, son solo algunos de los saldos preliminares que el medio ambiente nos está cobrando por pretender alterarlo, además de abusar de sus enormes riquezas.

 

En silencio y con discreción, la naturaleza misma se encarga de regresar el orden, aunque ciertamente de manera violenta y sorpresiva, como es así que nos hemos comportado con ella en las últimas décadas. A nosotros nos tocó enfrentar una dura lección en septiembre de 1985, y de acuerdo con especialistas en la materia, nos espera otro contundente mensaje en breve, en la esperanza de que la conciencia humana sea mayor al nivel de su capacidad destructiva con la irresponsable explotación de nosotros y nuestros contemporáneos.

 

De hecho, del 85 a la fecha, prácticamente habita en nuestro país toda una nueva generación de mexicanos que al no tener el referente cercano de dicha hecatombe, parecieran no importarle los simulacros y recomendaciones de Protección Civil, así como las advertencias científicas del creciente deterioro de nuestro medio ambiente que comienza a amenazar seriamente la supervivencia humana en los años venideros.

 

Sabemos que todos los pueblos son solidarios y fraternos con el dolor de nuestros semejantes, pero no es necesario provocar a la naturaleza para confirmarlo; más bien convendría hacer un alto mundial para reflexionar al respecto, y entonces conducir nuestros más profundos valores sociales a evitar que nuevamente se susciten catástrofes naturales, como las que ahora nos conmueve espiritual y afecta económicamente.

 

No olvidemos que México tiene Prisa de un medio ambiente sustentable, pero sobre todo de ciudadanos responsables con el legado recibido para no heredar únicamente dolor y sufrimiento en un planeta que fue excelsamente generoso con nosotros y nuestros semejantes. Es así como la conciencia colectiva, enriquecida a través de la educación y una buena dosis de acción en la trinchera que nos corresponda, nos brindará la certidumbre de que lo mejor está por venir.

 

PD. Polvo somos, y en polvo nos convertiremos.

 

* Es consultor y empresario.

E-mail: rapo@rapo.com.mx