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LA HISTORIA SIN FIN

LA HISTORIA SIN FIN

Nov 5, 2011

La cloaca que ensució los mantos freáticos del Bosque de La Primavera, será sólo el inicio de la catarata de señalamientos que se hará en los próximos días y meses, con respecto a la justa deportiva. Especialmente habrá algunos “trapitos” que tienen guardaditos para sacar al sol en plenas campañas políticas, entonces la reputación de varios funcionarios públicos involucrados, seguramente también irán a parar al caño.

 

Lo sucedido en las Villas Panamericanas es un ejemplo claro de las verdaderas y ancestrales costumbres mexicanas, esas que nos identifican ante el mundo. El mundo irreal, el de la vanidad, de las apariencias. Ese mundo con el que hay que quedar bien, aunque se nos vaya la vida entre las patas.

 

Aunque si hacemos un recuento a nuestra historia, nos damos cuenta que auto-flagelarnos, acabando con nuestros recursos naturales, data de milenios atrás. Pero contraria y curiosamente nuestro origen es digno de recordar y hasta de anhelar. Cuando llegaron los españoles al “Nuevo Mundo”, admiraron la belleza natural del Continente. México especialmente tenía centenares de “espejos de agua”.

 

Los indígenas por su parte, quedaron deslumbrados por las cabelleras rubias y los cuerpos blancos. Entonces aparecerían los engaños, luchas por el poder, traiciones, muertes. Se impuso la intolerancia.

 

Nuestros padres terminaron perdiendo su vida, su riqueza, sus ideales, sus tradiciones. Esas ruidosas y letales armas cimbraron sus entrañas, con golpes paulatinos les fue arrancada su cultura, esa de respeto y convivencia con la naturaleza.

 

Comenzó la población de grandes ciudades, a costa de lo que sea. Al pasar de los años, los ríos, los lagos, esos espejos de agua fueron enmugrándose, escondiéndose, secándose, despareciendo.

 

Por años reinó la visión miope que sobrevive hasta la fecha, ¿para qué gastar recursos monetarios en plantas de tratamiento para la ciudad, si tenemos muchos ríos a donde verter las aguas negras? Al fin y al cabo, “la corriente” se las lleva. ¿A dónde? Ese ya no es mi problema.

 

Después comenzaron a percibirse olores fétidos. ¡Ah, es el “río cochino”, el canal de aguas negras! Entonces, hay que taparlo para que no nos moleste y hasta nos enferme. Sirve que aprovechamos para construir grandes edificios, o una avenida amplia y que pasen los vehículos. ¡Hay que darle la bienvenida a la modernidad!

 

Sí. Esa es nuestra historia. ¿Negra historia? Sí, dirían algunos. Depende, dirían otros. Finalmente esas páginas de nuestra historia nos trajeron aquí. Así que no nos caería mal recordar nuestros antecedentes prehispánicos. Aunque estaban repletos de deidades y hasta ofrecían sus vidas, sí. Pero su búsqueda original era estar en paz con la naturaleza, pues ahí radicaba su vida y la de sus hijos.

 

Esos ancestros nuestros respetaban a “Chalchitlicue”, la Diosa de los Ríos y del Agua que Corre. Ellos la veían como una mujer que da vida. Era la esposa del Dios “Tláloc” (su sagrada divinidad de la lluvia), que les proporcionaba el alimento y podían seguir vivos.

 

Nuestros antecesores prehispánicos no ensuciaban las aguas, pues también “Chalchitlicue” llegaba a reunirse con “Amimitl”, el Dios de los Lagos. Y tenían que estar en paz con él, pues les proporcionaba un alimento básico: el pescado.

 

En la actualidad se avecinan otras tragedias, las ecológicas. Otras tempestades, las políticas. Otras muertes, las nuestras. Otro México, el de nuestros hijos. Otra historia, la que cambiemos, o bien, la que repitamos. Ya lo decía el poeta Ruiz de Santayana: “Quien olvida su historia, está condenado a repetirla”.

 

* Es periodista multimedia

Twitter: @adrianalunacruz

E-mail: analisis@notiemp.com