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Los NINIs y nuestras aflicciones sociales

Los NINIs y nuestras aflicciones sociales

Oct 3, 2015

A los 12 años, por Oliver Twist de Charles Dickens, me adentré en un mundo –que entonces creí imaginario- de delincuencia, pobreza, hambre, abandono, explotación y marginación, y que tiempo después descubriría verdadero; lamentablemente, ese mundo no ha cambiado en los siglos posteriores a la publicación de esta novela. Hoy, miles de Oliver Twist –niños, niñas y jóvenes- deambulan por calles de México y del mundo, sin educación ni empleo (ninis), y a merced de la delincuencia que los recluta y corrompe, inmersos en una realidad que supera a la ficción literaria y testimonia que los finales no son siempre los más felices.

El mundo de los ninis es más que el de su reclutamiento por la delincuencia organizada, y los hay quienes se prostituyen por sí mismos/mismas y quienes, en el extremo, se suicidan. Es una realidad que no se agota en la simplicidad del “ni estudia, ni trabaja” y menos en la brevedad del acrónimo. Los ninis son parte del iceberg de injusticia social que navega por los mares de un sistema de poder global vencido por una realidad que lo superó hace tiempo.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística y del Instituto Mexicano de la Juventud, el 26 por ciento de los jóvenes en México son ninis. Esto ya no es un problema solo de educación y empleo sino también de seguridad pública, desarrollo social y salud pública.

Antes de adentrarme en esos Oliver Twist de hoy día y del mundo de las adicciones que generan aflicciones y destruyen vidas, vale recordar que el ejemplo contagia, para bien o mal, y que todo lo que aquí comparta partirá de esa premisa e invitará al debate de ideas a partir de la reflexión y la razón, valores en los que en el discernimiento se sustenta y engrandece.

La vida se hizo para disfrutarse y compartir, y la libertad nos es dada no para hacer lo que queramos –aun sin perjudicar a otros- sino para convertirnos en quien elijamos ser, y aprender a discernir entre aquello que nos conduce o no a tal propósito, optando por lo primero. A nuestros jóvenes, como primeros destinatarios de toda prevención, debemos convencerlos que la vida no está siempre en lo de afuera, sino, por sobre todo, en lo que experimentamos dentro de nosotros y nos permite crecer y abrirnos a los demás. Los jóvenes deben descubrir que, sin sustancias que alteren su estado de conciencia, la vida puede ser extraordinariamente maravillosa, expectante, novedosa, retadora… y que la libertad más maravillosa es la de pensamiento y conciencia que nos permite a cada uno ser y sentirnos libres para elegir lo que determinemos mejor para nosotros, los nuestros y nuestro entorno. La persona es la única titular de la libertad de conciencia y pertenece a nuestro fuero interno.

El estado de conciencia, llamado también de vigilia controlada, se caracteriza por la lógica, la racionalidad, la ley de causa y efecto, la intencionalidad y el sentimiento de que uno “controla” su propia actividad mental. Por efectos de sustancias psicoactivas, o de manera natural en actividades que precisan una concentración mental intensa, como en los deportes extremos o en operaciones policiales o militares peligrosas, el estado mental de conciencia puede volverse hiperactivo.

Una actitud errónea en la prevención es explicarla como una necesidad de ahorros en el erario público y delitos evitados; la prevención debería ser para asegurar que cada uno logre convertirse en quien haya elegido –y si no lo ha hecho, impulsarlo a hacerlo-, gozando de una mejor calidad de vida y enriqueciendo su entorno familiar y social. La prevención es para forjar mejores seres humanos que sepan elegir con sabiduría e identificarse con un proyecto sano y pleno de vida.

Para prevenir hay que reconocer que la vida no se consume pasiva e irresponsablemente, y menos, de forma irreflexiva; que a la vida se la apropia, interpreta y da sentido, se la modifica y reorienta como un derecho personal ante dolores provocados y errores cometidos y que es posible encausarla según nuestros deseos y aspiraciones, entre lo que soy y las circunstancias que me rodean, pero siempre siendo yo su artífice, dueño y señor. Algo que Ortega y Gasset supo explicar muy bien.

Hablar de adicciones es, quizá, como lo reconoce Henri Michaux en su libro “Milagro miserable”: inexpresable y, por tanto, incomunicable. En el consumo de drogas, lo acepta Michaux, todo se vuelve extraño para una sensibilidad mucho más compleja; lo oscuro se ilumina y lo luminoso se oscurece; lo ligero gana peso y lo pesado lo pierde; ya no se desemboca en uno mismo y el paraíso buscado se nos da en el abandono. Se viola al cerebro para que nos entregue sus secretos que se entremezclan con fantasías que parecen más reales que la realidad misma, lo que es, al final de cuentas, engañifas. Hablar de adicciones es entrar en una zona demasiado sensible para comprender en dónde los opuestos pueden encontrarse y los iguales se dispersan, y en dónde los significados comunes desaparecen o son suplidos por otros que solo quien se droga reconoce en su individualidad. Michaux, lo acepta, viaja a través de la droga, entre líneas, signos, palabras, colores, ritmos y silencios, y se desliza sin encontrar nada, excepto su propia mirada.

Sobre el tema, pocas expresiones pueden ser más claras que las de Michaux cuando dice:

“Me propongo explorar la mediocre condición humana”, ausente de poder, en la orfandad y el desamparo. Michaux no se complace con ese paraíso artificial y renuncia a su frivolidad diciendo “las drogas aburren…”

Henri Michaux formó parte de la Generación Beat –rebelde, contestataria, provocadora y libertina, pero libre e ilustrada- que, al final de la década de los cuarenta y durante la de los cincuenta, floreció en Estados Unidos de Norteamérica, e hizo de la contracultura, el uso desmedido de drogas, el libertinaje sexual y el rechazo a los valores imperantes norteamericanos, su modo de buscarse a sí mismos. Vidas trágicas en su mayoría.

benja_mora@yahoo.com