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Mi experiencia en la UNAM

El pasado 15 de marzo tuve la grata y enriquecedora experiencia de dialogar con alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Aunque para muchos políticos ir a la UNAM es prácticamente imposible y ven el territorio Puma como un riesgo para su imagen, yo creo que no hay nada más productivo políticamente que generar espacios de diálogo y encuentro.

 

Por eso presenté mi libro “Volver a Empezar” en la Ciudad Universitaria y tuve un debate franco y directo con los unamitas. En un principio, un grupo de alumnos mostró su inconformidad por mi visita a la UNAM. Me recibieron con pancartas y consignas que cuestionaban no lo que soy, sino lo que otros han dicho que soy. A diferencia de políticos de los más diversos signos que han optado por retirarse de la Ciudad Universitaria cuando no los reciben con flores y en un ambiente controlado, opté por dar la cara.

 

Cuando los aguerridos jóvenes vieron mi disposición a dialogar de frente y sobre todos los temas, accedieron a debatir en el plano de las ideas. Les respondí con total franqueza sus cuestionamientos sobre la campaña presidencial 2006, el aborto, el Estado laico y la llamada guerra contra la delincuencia organizada. No negué mis convicciones. Tampoco fui a promoverlas. Fui a CU a dialogar, a debatir, pues la universidad es el lugar indicado para hablar de ideas, el espacio natural para la confrontación no de los partidos, sino de los diferentes pensamientos.

 

Me quedé, sin embargo, con la preocupación de que haya quienes consideran que la UNAM es su patrimonio y creen tener derecho a decidir quién sí y quién no puede hablar en la Ciudad Universitaria. Me preocupa porque la UNAM es de todos los mexicanos. La UNAM también es mía. Por eso celebro que hayamos tenido este debate de alto nivel, a profundidad, incluso por momentos descarnado, pero al final fructífero. Celebro también que la aparente intolerancia inicial haya terminado por dar paso a un intercambio de ideas, porque los jóvenes tienen el reto de convertirse en la generación del diálogo.

 

También me preocupó que algunos medios hayan dado más preponderancia a los diferendos iniciales que al diálogo que logramos consolidar. Que un político —sea del partido que sea— reciba críticas en Ciudad Universitaria no es ninguna novedad. Lo que sí es noticioso es que superamos la rispidez inicial para concretar un diálogo totalmente franco y directo. Muchos políticos no alcanzan a estar ni cinco minutos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales; yo estuve tres horas.

 

Sin embargo, hubo periódicos que pintaron un panorama negro, utilizando un lenguaje agresivo. Con ello, algunos periodistas buscan perpetuar la imagen de intolerancia que malintencionadamente se ha querido endilgar a la Máxima Casa de Estudios, cuando en realidad celebramos un debate de gran altura. Este enfoque quizá venda más periódicos, pero no ayuda a fomentar el diálogo y el entendimiento entre los diferentes. También es injusto, pues deja de reconocer la digna y plural actitud de los unamitas, quienes me honraron cuestionando mis ideas y exponiendo las suyas.

 

Sin embargo, el saldo es positivo, pues justamente lo que necesita la política nacional es diálogo, es encuentro, es un debate que se eleve por encima de las ideologías y nos una en lo verdaderamente esencial: nuestro amor por México.

 

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