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PORQUE YO LO DIGO | La agonía del sistema político mexicano

PORQUE YO LO DIGO | La agonía del sistema político mexicano

Sep 19, 2015

El sistema se rompió. La victoria de candidatos independientes en diferentes puntos del país abrió la puerta a una nueva vía, más rápida, pero compleja, de transición a la democracia.

El Caballo de Troya está dentro y no hay marcha atrás. Los partidos políticos, las instituciones y los medios de comunicación han entrado en un proceso de evolución irreversible, considerando que el término evolucionar implica cambiar para bien, para mal o incluso desaparecer: Cambio o transformación gradual de algo, como un estado, una circunstancia, una situación, unas ideas, etc. (wordreference.org).

Entramos como sociedad a otra de las etapas de la transición a la democracia que iniciamos con Vicente Fox en el 2000 y de la que algunos habíamos perdido la noción durante el letargo del sexenio calderonista. Y quiero ser enfático en «entramos» porque en esta etapa, que está resultando más dolorosa que la previa, los protagonistas somos todos: ciudadanos, medios, y hasta algunas organizaciones y activistas interesados en el cambio.

El curso del país no tiene autor, ni dueño, no hay un caudillo ni grupo político. Algunos creyeron que el PAN era ese conductor hacia la nueva realidad de México, pero al final nos dimos cuenta de que no. Que se trataba de una más de las piezas del engranaje político que sólo intercambió de lugar con el que gobernaba antes, el PRI, para hacer tropelías similares, o peores, pero a su manera ya en el gobierno.

Existen herramientas que fueron fundamentales del cambio, eso sí, y son factores determinantes para romper con la hegemonía que mantuvieron unos pocos hombres del dinero y de los medios de comunicación en este país durante décadas. Las redes sociales han abierto la posibilidad de la absoluta libertad de expresión, que ha rayado en momentos en libertinaje por el uso irresponsable de esa libertad en el que cualquiera puede lo mismo mentarle la madre al presidente o bien pedir la renuncia de la diputada y actriz Carmen Salinas.

Las redes acabaron también con la credibilidad, de tal manera que existen en la propia red personas a las que les creen más los seguidores que a las propias instituciones o comunicadores profesionales.

Hay quien insiste en que las redes no harán desaparecer a los medios actuales, como en otros momentos se dijo con la llegada del internet. No estoy de acuerdo. Creo que la televisión, la radio y principalmente los medios impresos, están destinados a la extinción como tales. Habrá nuevas formas de hacer la comunicación, a través de imagen, de sonido o de letras, pero siempre por la vía cibernética. Y esto no tardará mucho y lo más probable con la información que tenemos al momento es que sea atados a las redes sociales, como ya de hecho es por vía Periscope, que con un teléfono te permite hacer televisión sin mayor complicación.

Basta con revisar el crecimiento de los televidentes de opciones como Netflix a la par que han abandonado la televisión abierta, incluso la de cable. La radio musical cada día tiene menos adeptos pues la música se oye mejor, y sin comerciales en aplicaciones como Spotify. Los bloggers políticos, y las propias cuentas de «opinólogos» cada día ganan más terreno en la opinión pública y los portales de noticias tienen por mucho más lectores que los asiduos al papel y la tinta.

Con el ocaso de los medios de comunicación, el andamiaje del sistema político queda endeble y tambaleante. Los políticos de partidos, más desprestigiados y atacados que nunca, los líderes de opinión más gastados en su credibilidad que jamás, y una sociedad polarizada y a la vez desorientada sobre el futuro que quiere, pero con la certeza de que no quiere el presente y pretende olvidar el pasado. Esa es la configuración actual de nuestra sociedad.

Los candidatos independientes representan la esperanza del nuevo cambio, sin embargo hasta ahora no son personas llegadas del espacio exterior, sino emanadas de la misma sociedad, y en el peor de los casos de los mismos partidos a los que todos repudian; con el riesgo de que, o se enfermen de los mismos males, o cometan errores graves que lastimen a un pueblo que de por sí está muy lastimado y enojado.

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