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SEÑAL DE ALERTA

SEÑAL DE ALERTA

Sep 24, 2011

La realidad no puede disimularse con discursos ni con cifras alegres difundidas desde campañas de engaño. Urge reconocer que México no sólo no avanza en los temas fundamentales de interés nacional, sino que en algunos retrocede o empeora. Tan irresponsable sería afirmar que estamos lejos de una crisis mayor como incurrir en el simplismo que rechaza a priori cualquier posibilidad de una explosión social. Ese optimismo sin fundamento, que impide la previsión a tiempo, lo han tenido recientemente otros pueblos en el mundo que ahora viven situaciones de riesgo que no esperaban vivir.

Las condiciones prevalecientes en México, dificultan la siembra de esperanza y la generación de optimismo hacia el futuro cercano.  El desencanto hacia la clase gobernante y la angustia creciente por la incertidumbre hacen de nuestro país un candidato para incursionar, como otros, en una crisis de trascendencia histórica y de funestas consecuencias en la vida de los mexicanos.

Destacar en el mundopor los índices de corrupción, por la deficiente cultura de legalidad, por el creciente desempleo, por la violencia, por la cantidad de jóvenes que ni estudian ni trabajan, por la baja calidad educativa y por el malestar ciudadano hacia los servidores públicos por su ineptitud o por su complicidad con criminales, entre otros atributos negativos que padece nuestra nación y se le reconocen en el exterior, es razón suficiente para considerar como escenario posible una reacción social.

La presión acumulada de muchos pueblos, en espera de soluciones que no llegan, han detonado recientemente protestas ciudadanas de gran consideración. Todas con diferentes motivos pero coincidentes en los reclamos de justicia, libertad y mejor calidad de vida; todas las movilizaciones han dejado al descubierto la fragilidad de los gobiernos sin importar su signo ideológico o el despliegue de fuerza para someter a los insurrectos.

Ningún pueblo y ningún Gobierno pueden jactarse de que no experimentarán lo que otros. Ese exceso de confianza, o de bisoñez,  ya sea del lado social como del gubernamental, puede llevar a un país al desastre. México no está exento de esa amenaza. Aquí ya hay nerviosismo social y las expresiones ciudadanas masivas tienden a ser más frecuentes y exigentes. Las marcadas diferencias sociales, la creciente violencia y la discapacidad oficial pueden detonar una explosión social que no queremos pero que tampoco podemos dejar de presupuestar para el corto plazo.

Las diversas complicaciones sociales de México son un importante caldo de cultivo para la reacción social activa, pacífica o violenta. Como lo han sido las protestas en el mundo árabe, donde los gobiernos autoritarios creyeron tener bajo control el comportamiento ciudadano. En aquella región fue más fuerte el anhelo de libertades básicas y el hastío de la pobreza contrastante con la opulencia ofensiva de unos cuantos, que sobrevino la reacción cívica.

La elevación de precios en alimentos generó protestas en Túnez. Los obreros decretaron huelga general reclamando empleo. La respuesta oficial fue agresiva, con saldo de casi un centenar de muertos y miles de heridos. El presidente Ben Ali tuvo que exiliarse en Arabia Saudí. Este sacudimiento nacional no estaba en el cálculo de un pueblo que hoy se convulsiona en una crisis múltiple e inesperada.

Las revueltas de Libia, con profundas raíces populares, tampoco fueron previstas. El afán de simular estabilidad nacional le provocó un desajuste internacional con un pretexto que no es novedad: las reservas petroleras con que cuenta ese país, las más importantes de África y las que abastecen a la Unión Europea en forma principalísima. A este problema se sumó, inesperadamente, la protesta popular contra Gadhafi, provocada por una actitud suya en contra de un abogado defensor de presos políticos.

En Grecia han sobrevenido manifestaciones contra los recortes al gasto público; en Egipto, las revueltas sociales son alentadas por una exigencia de reformas democráticas; en España, los “indignados” reclaman  –como en Brasil–  por la corrupción, además de quejarse por la política de control cupular y la falta de empleo; en Chile, los jóvenes exigen cambios sustanciales en el sistema educativo y que se prohíba el lucro en la escuelas privadas.

En el mundo, las luchas sociales trascienden a los partidos políticos y las coyunturas electorales. El reclamo de justicia social predomina en las movilizaciones populares. El detonante de la reacción cívica suele ser diversa, pero menos grave que la violencia. México destaca como un país donde el récord de ejecuciones preocupa a la comunidad internacional, pero más a los propios mexicanos. Aquí no podemos asumir, como pretende hacer creer el Gobierno, que todo está bajo control. México está, como estuvieron otros países que fueron indiferentes a su realidad, en señal de alerta.

 

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