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SEXTO SENTIDO | El arte de la reconstrucción

SEXTO SENTIDO | El arte de la reconstrucción

Oct 3, 2015

El alcalde de Guadalajara, Enrique Alfaro Ramírez, en su primer discurso como edil enfatizó que su misión es la reconstrucción de la ciudad. El rostro de nuestra urbe está destruido, hay hoyos desde su carpeta asfáltica hasta en sus arcas. Su podredumbre huele mal. Es como si padeciera lepra, algunos no quieren acercársele por temor y otros le miran con estupor. Los gobernantes anteriores han aplicado cirugía estética cuando se requiere tratamiento reconstructivo, sí, han empeorado su condición.

Alfaro, en su mensaje, citó de la mitología griega a Edipo, aquel gobernante que se sacó los ojos ante la calamidad que ocasionó a su pueblo y también al obispo de la calavera Fray Antonio Alcalde quien levantó en Guadalajara instituciones benéficas que sobreviven hasta el día de hoy. Sin embargo, le faltó mencionar al decano de la reconstrucción que ha cambiado la vida a miles de tapatíos sin importar su origen ni status: José Guerrero Santos.

Él, más que un médico, es una inspiración profesional desde 1955. Ese hombre de gran experiencia y de ojos verdes transparentes, me miró hace poco y me dijo sin dudar: «si Dios me llevara, sólo le pediría una cosa, permíteme hacer de nuevo lo mismo».

La vida siempre nos pone en el tiempo y en el momento justo cuando tenemos en el corazón el deseo de ayudar, quién iba a decir que aquel joven que quería ser dermatólogo y que se preparaba con el doctor José Barba Rubio iba a terminar siendo el pionero del Instituto de Cirugía Reconstructiva en 1970. Ese lugar al que han acudido por igual pacientes pobres hasta gobernadores.

Ojalá muchos de los políticos en turno tuvieran ese deseo de servicio, esas ganas de prepararse, ese anhelo por hacer el bien y dejar legado a tapatíos y jaliscienses como lo tiene Guerrero Santos.

Quienes conocen al maestro sólo pueden confirmar que su trabajo profesional ha transformado las vidas de sus pacientes y de sus familias, desde un despachador de autoservicio hasta la bibliotecaria universitaria, o de un político y funcionarios públicos. A quien no le reconstruyó la cara por un accidente, le recuperó un dedo o una oreja.

Ah, pero eso sí, cuando atiende a algún funcionario, y éste al terminar su tratamiento le pregunta: ¿cuánto le debo? El maestro responde:

«a mí nada, pero al Instituto (de Cirugía) le debe mucho».

Ese es el secreto que ha tenido por años el cirujano para poder mantener con vida a tan noble institución, unos ayudan a otros.

Recientemente le pregunté a Guerrero Santos si entre sus miles de pacientes recordaba a alguien en especial. Se iluminó su mirada y apareció una sonrisa:

«son muchos, y de todo tipo con dinero y sin dinero, poderosos y humildes», respondió.

Al insistirle sobre uno en específico, entonces recordó a un niño originario de Colima, que conoció cuando éste tendría unos siete años de edad. El pequeño llegó a Guadalajara con el cuerpo y el rostro quemados, pues era piromaniaco. Lo intervinieron durante bastante tiempo, quizás unos dos años, cirugía tras cirugía, hasta que lo dieron de alta. Pero, sólo transcurrió un par de años cuando regresó, de nuevo quemado.

El doctor Guerrero Santos le preguntó: «¿qué pasó, por qué volviste a quemarte?». Y el pacientito con gran inocencia le dijo: «maestro, fíjese bien, cuando vine antes también me había quemado la cabeza y el pelo, pero ahora nada más la cara, ya mejoré. ¿Me perdona?».

Y comenzó el tratamiento de nuevo. Aunque ahora ese niño ya es un adulto, todavía arranca una sonrisa en su médico al recordarlo, le dejó una huella imborrable.

Ese caso es un claro ejemplo de que una mala historia quizás se repita, pero siempre debe dejarnos enseñanza, debe obligarnos a aceptar el tratamiento por doloroso que sea para corregir lo que está mal, lo que nos destruye.

¿Por qué hemos permitido que Guadalajara llegue a la peor crisis urbana, política, social y económica de su historia?, cuestionó Alfaro. Simplemente porque administración tras administración se han repetido las conductas destructivas, se ha intentado combatir la corrupción con tratamiento estético en vez de uno reconstructivo, porque para que no duela políticamente se ha preferido ocultar la grave enfermedad que se padece.

Pero ahí están ejemplos de vida como José Guerrero Santos recordándonos que los tumores malignos pueden ser tratados, habrá dolor, va a sangrar, va a ser a largo plazo, pero la reconstrucción cambia la vida no sólo del enfermo, también de quienes lo rodean. Sí, el rostro de Guadalajara puede reconstruirse para que todos los que vivimos en ella volvamos a sonreír.