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SEXTO SENTIDO: Mexicanos al grito de guerra

Hace unos días estando en el Puente de Calderón en el municipio de Zapotlanejo, donde Hidalgo y su Ejército Insurgente perdieron la última batalla, todavía se percibía el olor a la sangre que ofrecieron esos hombres y mujeres en la lucha por la libertad de su Nación. “Sí, está bien, ellos perdieron la batalla, pero no la guerra, porque míranos ahora somos libres”, me dijo una jovencita de unos 13 años, mientras a los pies de la estatua de Hidalgo se tomaba la foto del recuerdo con sus compañeras de secundaria.

Entonces pensé: “Ojalá y que hoy, el final sea otro”, porque la historia tiende a repetirse; irónicamente hoy estamos viviendo otra lucha, con protagonistas diferentes pero con el mismo nombre: “La batalla de Calderón”. Y ruego porque México no caiga derrotado ante la confusión y el temor que se dispersa como la onda expansiva de las granadas, como sucedió hace 200 años –Hidalgo perdió cuando una granada estalló en la carreta de las municiones–.

Hoy, las autoridades insisten en que confiemos en ellas, que estemos tranquilos, que todos están haciendo su parte. Pero cómo convencerme si los números de ajusticiados en el Departamento de “Carnes Frías” se siguen sumando, si los discursos gubernamentales y políticos continúan en el mismo bache: sólo acusaciones mutuas.

Cómo creer, al observar que las estadísticas sobre impunidad no cambian: 95 por ciento de los delitos no se denuncian y del 5 por ciento que sí, en muy pocos casos en realidad hay justicia.

“México es más fuerte que sus problemas”, solemos escuchar vez tras vez y hasta nos obligamos a creerlo, por lo menos lo intentamos. ¿Por qué? Simplemente porque nos avergonzaría por completo que la impunidad y la corrupción derrotaran a tan gran Nación. ¿Cómo podríamos ver a los ojos a nuestros hijos al momento de partir, confiando en que estarán bien?

Está claro que los problemas de México no radican en las leyes, sino al momento de ejercerlas, aparece la impunidad.

A pesar de todo, ¡sí!, el país es más fuerte que sus problemas porque cualquier otra nación ya se hubiera derrumbado al padecer durante décadas nefastas acciones por parte de gobernantes, políticos y delincuentes. Pero nosotros todavía seguimos aquí con la expectativa de ver un nuevo amanecer.

Nos enfrentamos a los funcionarios deshonestos, indigestados de prepotencia y que se enriquecen a nuestras costillas; no nos extraña enterarnos que impera la corrupción e impunidad.

Esta semana un haitiano viajaba desde Puerto Príncipe a Ciudad Guzmán, cuando arribó a la Central Camionera, lo interceptaron policías de Tonalá; lo encerraron en un baño por tres horas y lo despojaron de sus pertenencias: documentos, dinero y fotos personales. Un taxista se enteró y lo llevó a la oficina de la Policía Municipal, el haitiano informó los hechos, y en respuesta, resultó amenazado con que si denunciaba tendría problemas de deportación a su país. ¡Sentí vergüenza al escucharlo!

Desilusionado anduvo vagando por la ciudad para conseguir lo equivalente a 12 dólares para ir a Ciudad Guzmán, donde lo esperaban sus únicos parientes –el resto de su familia murió en el terremoto de Haití hace un año–. Pero al observar muestras de cariño por los tapatíos, cobró ánimo: recibió un lonche, un refresco y de “cooperachas” completó lo de su pasaje. Observé que nunca permitió le robaran su sueño: “Ser libre, trabajar en México y tener una familia”.

¡Qué alivio!, a pesar de la corrupción que impera no hemos perdido la benignidad y la solidaridad. Pero, ¿qué falta para que renazca la confianza en nuestra autoridad, que atrapen al “Chapo”, que el Ejército tome las calles o que siga cambiando el color del Gobierno? La cuestión es más sencilla: que amen y amemos a México, que seamos justos, honestos y generosos en nuestra contribución para su crecimiento desde nuestra trinchera, convenciéndonos que la batalla todavía no está perdida.

* Es periodista multimedia

E-mail: analisis@notiemp.com