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Vida urbana: ¿Debatir o encubrir?

Vida urbana: ¿Debatir o encubrir?

May 5, 2012

La democracia mexicana, como todas en el mundo, es un continuo en construcción permanente, y de nosotros, los ciudadanos, está en afectar los intereses de partidos y políticos enquistados en aquella que actúan en detrimento de la sociedad… en detrimento de una real democracia liberal, participativa y deliberativa.

 

En el ímpetu de hacer visibles las demandas más sentidas de la sociedad y sus insatisfacciones, se hicieron convenientes los debates entre candidatos a puestos de elección popular, al obligarse éstos a fijar posiciones, ofrecer alternativas y comprometerse de cara a los electores y de la nación, Estado o municipio.

 

Momentos coyunturales de cada nación, orientan estos debates. Son la oportunidad de sentar la base de una democracia participativa que complemente aquella otrora democracia liberal. Los debates políticos de cara al elector –en teoría– son la alternativa de contrapesar al político, y de abrir espacios para escuchar la voz ciudadana, en especial de los permanentemente denostados y marginados de la sociedad.

Además, los debates debería tener el muy alto propósito de educar cívicamente al ciudadano, a enterarse de los problemas comunes para conocer sus orígenes y alternativas de solución por medio de la de la exposición y deliberación, y no, quedarse en la mezquindad de usarlos en provecho propio de los candidatos sin tener altura de miras republicanas.

 

Jefferson y Tocqueville, dos de mis pensadores políticos favoritos, nos recomendaron contrarrestar el poder del gobernante mediante la participación de una amplia e informada sociedad en política. Entre las estrategias específicas para alcanzar tal propósito está el construir una sociedad con amplios y diversos espacios –grupos– de participación directa, sobre todo a nivel local, con mecanismos de intermediación entre la sociedad y las instituciones públicas y de gobierno. En tal sentido, resulta incomprensible que los debates entre políticos se organicen desde los propios candidatos y sus partidos sin lugar a la sociedad civil organizada actuante en los temas a debatir.

 

No se trata de pugnar por debates que tengan como propósito final el de sorprender ni exhibir a los candidatos, sino el de conocer sus propuestas y compromisos tras una profunda reflexión y conocimiento por aquellos; para así llegar el debate sobre aquellos puntos que permanecieran oscuros, ambiguos o insostenibles política, social, ambiental, global o económicamente.

 

En mi entender, los debates entre candidatos deberían provocar los “otros debates” que sí importan y definen una elección; aquellos que se dan en el seno de la familia y en el espacio público, dinamizados por la reflexión informada de una sociedad plural, dinámica y, hoy, marcada por redes de asociaciones civiles o sociales en Internet, diversas, como la explican Gutmann, Habermas y Cohen.

 

Jürgen Habermas quizá sería el más profundo crítico del pobre modelo de debate que nos regalan –imponen– partidos y candidatos, alejado de un proceso de formación de la voluntad popular y construcción de una ciudadanía participante. No miro en nuestros debates aquello que Arendt idealiza al señalar: “El poder brota de la capacidad humana, no de actuar o hacer algo, sino de concertarse con los demás para actuar de común acuerdo con ellos”. Los debates a la mexicana no se alinean en lo que Habermas define como “el procedimiento democrático como acción”. No, para nada.

 

Si bien, la voluntad popular se da dentro de las instituciones que desde el poder se nos imponen, debemos pugnar porque los debates políticos se democraticen y ciudadanicen, y sirvan como espacios de resonancia de las deliberaciones que al elector importan. Nuestros derechos políticos deben perfeccionarse, ampliarse y abrirse; y los debates entre candidatos sujetarse a nuestros cuestionamientos… no a sus propios cuestionamientos custodiados en sus zonas de confort.

 

 

E-mail: benja­_mora@yahoo.com