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Vida Urbana: ¿Arde Washington?

Vida Urbana: ¿Arde Washington?

Ago 5, 2017

Benjamín Mora Gómez //

Recuerdo aquel día en que mi padre dejó sobre mi mesita de noche el libro ¿Arde París?, y me dijo: “léelo, te encantará”, y fue cierto, aún me deleita, aún está entre mis libros favoritos; en los días que narra el libro que mi padre me obsequiara, Hitler había ordenado incendiar París. Hoy, Washington arde bajo el canto político desafinado de Donald Trump del mismo modo en que Roma ardió, en una noche de julio del año 64 de nuestra era, ante Cayo Julio César Augusto Germánico, de dolorosa memoria como Calígula, que tocaba su arpa, sereno lo dicen unos, pero perturbado mentalmente, sin duda.

Trump tiene similitudes asombrosas con Hitler y Calígula: tres mentes obsesionadas con el poder, tres locos xenofóbicos delirantes y mentirosos, y cada uno suficiente para hundir imperios y escribir las más sórdidas historias de la política y el poder.

Trump es un mentiroso compulsivo y patológico que falsea la realidad pues le es insoportable a su personalidad egocéntrica. De acuerdo con David Leonhardt del New York Times, al 28 de junio pasado, había llegado a 99 mentiras, equivalentes a dos cada tres días. Y aun así, en México hay quien tiembla ante cada mentira, hay quien las cree.

Todo lo dicho quiero usarlo de marco para resaltar la enorme diferencia entre un White Anglo-Saxon Protestant metido de presidente y un hombre que entiende, sabe y respeta las normas fundamentales de la diplomacia global y la soberanía nacional: Donald Trump y Enrique Peña Nieto, respectivamente.

El fin más importante de la política es el caminar hacia adelante, de ahí la necesaria madurez para construir acuerdos desde el principio básico de una buena negociación: “ganar-ganar”. En política solo se corrige el rumbo si el destino es mejor al elegido inicialmente o si el camino nos resulta más seguro y confortable sin detrimento del objetivo inicial, o si es voluntad ciudadana.

Si partimos de que, en política, la forma es fondo, como dijera don Jesús Reyes Heroles, también es comprensible la impostergable necesidad de tener la habilidad y la congruencia mental para que las ideas y propuestas del mandatario reflejen la voluntad ciudadana y engrandezcan el nombre de la patria. Las palabras, en boca de un político, pueden adquirir su mayor dimensión o hundirse en el fango de las interpretaciones y esperanzas falsas.

En política tienen igual valor lo que se dice, el cómo se dice, el dónde se dice, el cuándo se dice y el ante quién se dice, y ello nos mide. Abraham Lincoln –primer presidente norteamericano republicano- lo expresó diciendo: “Medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas”.

En una plática telefónica –hoy transcrita en medio impresos de Estados Unidos Norteamérica y México- entre los presidentes Trump y Peña Nieto, el presidente de México fue enfático en su postura soberana que es la misma de la sociedad mexicana. En ningún momento habló de sus conveniencias personales y sí de rescatar el sentido y razón de los mandatos soberanos de ambos desde soluciones creativas. En contraste, Trump despreció la inteligencia democrática de su pueblo y la posibilidad de convertirse en un estadista cuando dice al presidente Peña Nieto: “Me eligieron porque estamos perdiendo mucho dinero ante México en cuestiones de empleo, fábricas, plantas que se mudan a México”… y pregunto ¿acaso esa fue la única razón de su triunfo? ¡Qué desperdicio de Democracia la de América! Pero no es todo, ante las referencias del presidente Enrique Peña Nieto al tratado entre Estados Unidos, Canadá y México, el presidente Trump dijo: “Así que no hay que preocuparnos por Canadá; no hay que pensar en ellos”. ¡Esto –lo dicho por Trump- es estúpido y peligrosos y más en boca del presidente norteamericano! En contraste, el presidente mexicano le respondió: “Lo comento porque es en beneficio de tener tres socios en el TLCAN”. Las reflexiones sobran.

Creo que la altura de miras del presidente Enrique Peña Nieto quedó demostrada cuando le dice con claridad absoluta que “el mejor muro virtual que creo podemos construir entre nuestros países es asegurarnos que ambos tengan un desarrollo económico […] La voluntad de mi gobierno no es antagonizar con usted, sino buscar acuerdos que permitan una buena relación entre nuestras dos naciones y esto se traduzca en beneficios de intercambio económico y seguridad para ambos países, nuestras sociedades y nuestros gobiernos. Y le pido que considere esto, señor presidente Trump, si de verdad piensa que podemos seguir en este camino y lo que yo pienso. Sea lo más prometedor para nuestras naciones.”

Después, el presidente Trump insistió en el muro; en su muro y llega a atreverse a decir -¿insensatamente?- que “México ha hecho una fortuna con la estupidez de los representantes comerciales de los Estados Unidos”, y ante la certeza de que México jamás pagará por su muro, le pide al presidente Enrique Peña que diga a su pueblo y los medios que “pensará” sobre quién pagará pues él –Trump- lleva más de dos años hablando del tema y no puede quedar mal, que no pueda desdecirse.

Sea cual fuere el futuro de Trump, la verdad es que México mantendrá una postura soberana y jamás aceptará nada que le dañe ni mentirá para salvar a nadie. En Estados Unidos hoy saber que tiene un presidente muy empequeñecido y que, el de México tiene con altura de estadista.

E-mail: benja_mora@yahoo.com