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VIDA URBANA | Autoflagelaciones

VIDA URBANA | Autoflagelaciones

Ago 1, 2015

Hace unos días caminé por el Mercado de San Juan de Dios y, para mi asombro e indignación, vi que vendían DVDs con la historia de la fuga de «El Chapo»… y la gente los compraba. Entonces vino a mi mente una frase de Demócrates: «Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa». Esto, lamentablemente, pasa a mi México muy amado, no sólo en San Juan de Dios sino en las redes sociales con miles de memes, en las sobremesas de los cafés y restaurantes, en las largas horas de oficina, y en las reuniones familiares. Así, sin más explicación, se ensalza a «El Chapo» y hace mofa del gobierno.

La abyecta pleitesía que los buenos hacen del hombre más cruel y peligroso en México; del que hace de la extorsión, las adicciones y el asesinato su forma de vida, me parece un salto al vacío sin retorno. Y la necia fiesta que se hace de la fuga sólo puede explicarse desde la pequeñez de espíritu a la que nos condenamos nosotros mismos. Somos un pueblo que naufraga en mares infestados de sirenas, envilecidos por sus cantos. No somos capaces de cerrar nuestros oídos a los cantos mentirosos de los mafiosos y, entercados en nuestra propia flagelación, elegimos navegar al garete sin timón ni mando.

Dramatizamos nuestros dolores pero nos cegamos sobre nuestras pifias y yerros. Somos responsables de que los malos sean héroes y mal ejemplo para nuestros niños y jóvenes, y luego nos quejamos de sus tristes, sangrientas y breves vidas.

Al perder la capacidad de indignación, profunda y seria, ante las complicidades gubernamentales, documentadas en la fuga de «El Chapo», seguimos uno de dos caminos: O todo lo volvemos un sarcasmo o nos dejamos envolver por las fantasías más absurdas y mentirosas que explican sin conocimiento y afirman sin asomo de verdad.

Nuestro ser nacional es un misterio. Somos un pueblo distinto a todos: Surrealista, enigmático, noble y desconfiado; abierto al mundo pero volcado hacia sí mismo. Somos una ínsula de identidad maravillosa que de todo se burla, que hasta de su muerte se burla.

No hace mucho leí que todos cargamos a nuestras espaldas nuestros propios apocalipsis y que del infierno también es posible salir y liberar, y que del fin del mundo se puede regresar a casa. Hay, pues, esperanza. Está en nuestros genes la grandeza a la que fuimos convocados desde el inicio de los tiempos cuando Dios creó al mundo, al hombre y a la mujer, o cuando los dioses mexicas se reunieron en las cimas del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl para dialogar del devenir de éste, su pueblo amado, al que le dieron el Aztlán, la otra Tierra Prometida, que les aguardaba en donde encontrase luchando a un águila en contra de una serpiente, como anuncio de la llegada de Quetzalcóatl. La serpiente y el águila, al devorarse una a la otra, se fundieron y renacieron como un nuevo ser: La Serpiente Emplumada.

Vivimos tiempos de atascos. Estamos como suspendidos y en espera de nuestro destino manifiesto; nos enconchamos en vez de ir tras de él. Nos engarrotamos. No nos movemos. Se nos invita a mover a México y no nos movemos.

Ante nosotros, la repetición de nuestros errores, una y mil veces, pareciera condena que no resolveremos en tanto no enfrentemos la vida desde la serenidad del nahualli o chamán y del espíritu indomable del cuāuhpilli o caballero águila o del ocēlōpilli o caballero jaguar.

En la serenidad del nahualli debemos convertirnos en intérpretes de nuestros sueños, y desde el temple del cuāuhpilli y del ocēlōpilli, luchar hasta hacerlos realidad, en la parafernalia presente en todo proceso iniciático.

Al igual que en los antiguos mayas, nuestra iniciación chamánica y guerrera no requiere de ceremonia especial pues basta con recibir la enseñanza de alguien que sepa y de atrevernos a ser distintos. Tampoco necesitamos de cosas extrañas a nuestra espiritualidad natural para alcanzar el éxtasis y mirar a través del tiempo futuro.

Debemos entender que a lo largo de nuestra vida patria hemos tenido buenas y malas experiencias, hemos adquirido habilidades para enfrentar nuestros retos en todos los niveles y hemos aprendido la magia de ser antes que hacer o tener, y además hemos madurado. Hoy somos distintos a tan sólo hace tres años de distancia; pero nos flagelamos con los látigos de las malas experiencias y lamemos nuestras heridas para beber de nuestra propia sangre y devorar nuestros sueños y esperanzas como hiciera Saturno con sus propios hijos, a quienes devoró, primero destrozándolos.

Aunque parezca pueril, debemos preguntarnos cuándo, por qué y cómo es que empezamos a desconfiar de nosotros mismos, para entonces derrumbar esas barreras limitantes, levantadas por nosotros mismos.

Ante el mundo debemos dejar de hacer mofa sobre lo que pasa en nuestra casa grande, en México. Y ante nosotros, debemos dejar de convertir en héroes a quienes solo nos avergüenzan y matan.

Entendámoslo: sólo hay una manera sana de vivir, y es confiar en nosotros mismos, respetándonos y respetando a los demás. Sólo quien se respeta a sí mismo merece, de los demás, respeto.

Elijamos pues, o México o «El Chapo». O lo bueno de nosotros o lo malo de los otros.

benja_mora@yahoo.com