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VIDA URBANA | Bob Dylan, un juglar nobel

VIDA URBANA | Bob Dylan, un juglar nobel

Oct 15, 2016

Bob Dylan me acompañó en mi juventud. Es parte de esos días en que yo buscaba con ansia mi oriente en el mundo que me ayudara a cimentar un sentido de apertura a mi existencia y de servicio a mi vocación de vida.

Hoy, como en aquellos días, Bob Dylan nos regala la controversia de la contracultura. Hay quienes aplauden su reconocimiento con el Premio Nobel de Literatura 2016 y quienes les parece muy inmerecido y, sin saberlo, con ello justifican plenamente su nombramiento.

Bob Dylan tuvo el encanto de llevar su poesía a los grandes estadios en donde miles la hicieron propia. ¿Quién antes, siendo poeta, logró tal hazaña?

…Sí, claro, Joan Manuel Serrat, catalán y universal, catalán y muy nuestro… y otros poetas y otras poetisas más.

A Bob Dylan lo podías comprender sin necesidad de hablar inglés y sin la molestia de que alguien lo mal tradujera al español. Su música también nos hablaba… comunicaba, simplemente comunicaba y provocaba la toma de conciencia de que la mujer hace siempre mejor al hombre que la sabe amar a la altura de su grandeza; de la grandeza de ella claro está. Nos hacía encontrar la respuesta a nuestras inquietudes en lo más cercano de nosotros pues el viento la arrastraba hasta envolvernos todos. Nos enseñó que la tolerancia debe ser forma de vida ante la imposibilidad de conocer la verdad.

Nos preguntó cosas simples que encerraban grandes cuestionamientos sobre nuestros valores avejentados y dolidos:

«¿Cuántos caminos tiene que andar un hombre antes de que le llames hombre? ¿Cuántos mares tiene que surcar la paloma blanca antes de poder descansar en la arena?».

Pero Bob Dylan es más que un juglar. Es un luchador social. En 1985 saca su álbum «Empire Burlesque» y toma parte activa en diferentes manifestaciones sociales. Hace el maravilloso concierto «Live Aid» para recaudar fondos en beneficio de Sudán, Etiopía y Somalia.

Alguna vez, en una de sus canciones, nos dijo algo que me hizo cambiar mis parámetros de lo que es la grandeza y la inmensidad: «El tiempo es un océano pero termina en la costa»… ¡Cáspita! Dijeran los de antes.

De siempre he creído que la soberbia es una discapacidad del alma, y los hoy detractores de Dylan se pierden en sus mares de soberbia. Quizá creen que la poesía debe leerse en claustros de cultura elitista, con voces pausadas que adormecen y miradas perdidas en la inmensidad de la nada… aburridos siempre.

La soberbia intelectual es una aberración de fácil contagio: «Yo sí sé la verdad, la poseo y como la poseo hago de ella lo que a mi antojo y capricho endulce aunque al hacerlo a la verdad destruya y la vuelva mentira». La soberbia intelectual hoy vuela como el viento al que cantó el propio Dylan aunque no les dé respuesta alguna.

Las élites de la cultura se duelen de la contracultura de Dylan.

Esnobismo y pedantería de los menos frente a la llanura de los más que hoy vuelven a cantar a Dylan con la misma alegría y esperanza con que lo hicieron en aquellos sus años felices.

Hoy, la Academia Noruega hace un ajuste de cuentas a las élites intelectuales y aterriza en los campos en donde se cultiva lo cotidiano y simple pero que alimenta al alma y lleva vida a los espíritus libres.

Quién, pregunto, dio una patente de Corso a esos intelectuales reduccionistas de la poesía para cuestionar los merecimientos de Dylan. Sí, lo acepto, muchos otros, con iguales o quizá más merecimientos, quedaron hoy excluidos pero así es la vida misma, cuando elegimos, excluimos, y a ello no hay que temerle si no queremos caer en el inmovilismo, pues aun la no elección es ya una elección.

Escuchemos a Dylan cuando elige: «si tuviera las estrellas de la noche más oscura y los diamantes del océano más profundo, renunciaría a ello a cambio de tu dulce beso, porque eso es todo lo que quiero poseer».

Leamos a Dylan para conocer y reconocer su poesía. ¿Puede decirse a una mujer frase más íntima que «tú eres el alma de muchas cosas»? No sé, habría qué decirlo a esa mujer que amamos y ver si sus ojos nos voltean a mirar iluminados de amor.

O qué petición puede haber más íntima a la mujer amada que «Hazme saber […] si eres tú el trazo de mi vida».

No creo pues en los monopolios intelectuales de la escritura y menos de la poesía. No creo en las lenguas cultas que separan e incomunican. Las aristocracias me enferman porque también se peca de excluyente. En el ADN del poder cultural pareciera estar la explicación de los enojos que hoy corroen sus hígados.

La libertad de un juglar que cantó por un mundo distinto, sin pretensiones intelectuales, hoy gana el Nobel de Literatura 2016 y me alegra.

Sigamos adelante sabiendo a dónde nos llevará nuestro andar sin idealismos absurdos ni ingenuidades ciegas, solo, tan solo, por nacer cada día. Dejemos que las respuestas vuelen con el viento para que a todos nos toquen y envuelva. Gracias Bob.

Robert Allen Zimmerman

benja_mora@yahoo.com