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Vida Urbana | Buscar la verdad

Vida Urbana | Buscar la verdad

Oct 24, 2015

A Raúl Isidro Burgos, maestro rural por el que lleva su nombre la escuela normal de Ayotzinapa, quien se propuso sembrar la semilla de la libertad en el corazón virgen de sus alumnos.

El luto se viste de negro porque la vida así nos parece —negra— cuando el dolor no cabe más en el alma, cuando se nos han secado las lágrimas y las palabras de consuelo las sentimos como espinas clavadas en el corazón que sangra recuerdos amorosos y olvida ofensas.

Nadie sabe cómo es la muerte pero sí cómo sentimos la muerte del ser amado.

Hace más de un año, 43 jóvenes normalistas desaparecieron y quizá murieron en Guerrero; y hace más de un año, cada mañana, sus padres y madres, hermanos y hermanas, amigos y amigas, vuelven a morir de dolor, frustración y enojo. No hay respuestas que contengan la verdad última que no contiene más dudas.

Explicaciones sobran y falta verdad. Las explicaciones se guarecen en la obviedad de los hechos, a veces engañosos, y la verdad se pierde en la condena de la pobreza, siempre visible.

43 jóvenes vidas que imaginaron esperanzas si acaso se educaban para maestros rurales, y llegaron a una escuela normal siempre en la zozobra de las carencias económicas que condenan con igual saña a todo indígena campesino de todo México. La pobreza no distingue a quien la sufre.

Un año en que hemos escuchado miles de voces y leído cientos de artículos y se han escrito miles de fojas «inútiles», vuelven al vacío de un primer momento. Declaraciones que nada aclaran, pero sí confunden. Confrontaciones con cargas de odio e interés en confundir que distancian aún más lo que ya está separado.

Llegan y se van expertos internacionales que nos dicen no creer en las averiguaciones del gobierno, pero que tampoco aportan luces a la investigación; sabios que se retiran a sus países a seguir sus vidas extranjeras con iguales comodidades pero alejados, cómodamente alejados, del México olvidado que vuelve a perderse entre olvidos.

Es fácil ser redentor cuando la vida no se pone en peligro y llegar tarde a las citas si con quien la tenemos no nos importa y su molestia nos vale menos que un grano de mostaza.

Recién, la Procuraduría General de la República «invitó» a comparecer a José Luis Hernández Rivera, director de la Normal de Ayotzinapa, para conocer su versión de los hechos, en calidad de testigo, que condujeron a los jóvenes normalistas a ir a Iguala y ahí morir. Un año después y José Luis Hernández simplemente le hizo caso omiso.

Pero más allá de la rebeldía del citado, debemos recordar lo que en otro momento aquí expuse: Los normalistas fueron enviados a Iguala por el director de la escuela como parte del proceso que los alumnos de primer ingreso deben seguir para merecer tener cama en dónde dormir y otros bienes a los que tienen derecho. Es conocido por todos quienes están cerca de la Normal que así es y hay documentos que así lo refieren en casos anteriores.

Largos meses de silencio y omisiones ministeriales que no comprendo y pocos han cuestionado, y más pues en los expedientes de la PGR se tienen testimonios de presuntos sicarios de Guerreros Unidos que vinculan al director de la normal con el grupo criminal de Los Rojos. Más aún, desde tiempo atrás, se sabe del pago que hizo Santiago Nazari, líder de Los Rojos en Morelos, a José Luis Hernández por enviar a los estudiantes a Iguala a hacer desmanes aquel 26 de septiembre de 2014.

Si todo ello se comprueba, la verdad podrá conocerse y tomar previsiones para que nunca jamás casos iguales vuelvan a suceder.

Entendamos, en la desaparición de los 43 estudiantes normalistas si está involucrado el crimen organizado, pero ello no significa que aquellos lo sean. Deslindar grados de responsabilidad nos permitirá conocer la verdad, quizá encontrar sus cuerpos o saber qué les pasó, y dará descanso a sus madres y padres, hermanas y hermanos, a todos.

benja_mora@yahoo.com