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VIDA URBANA | Clima y cultura organizacional

VIDA URBANA | Clima y cultura organizacional

Ene 9, 2016

Asistí al 5° Foro Mundial de la Organización para el Desarrollo y la Competitividad Económica sobre Estadísticas, Conocimiento y Política «Transformando Políticas, Cambiando Vidas» que tuvo verificativo en Expo Guadalajara el martes, miércoles y jueves pasados. Un tema recurrente fue el de la corrupción y sus costos en las vidas de quienes la sufren, y la insistencia de que «se mide para transformar, para tomar decisiones».

Escuché a Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía 2001) sobre la urgencia de reescribir las reglas de los sistemas laborales, educativos y financieros para generar economías más eficientes y alcanzar la prosperidad compartida. Stiglitz insistió que la desigualdad es el principal freno de la prosperidad y el desarrollo.

Ello me recuerda la correlación que, según el Banco Mundial, hay entre corrupción y prosperidad.

La corrupción impacta no sólo en los ingresos del Estado sino también en la aplicación y destino de los recursos públicos y, por tanto, limita la capacidad del gobierno de invertir en acciones que reviertan la pobreza y generen bienestar, atraigan inversión y propicien empleos bien remunerados por ser competitivos.

Cuando en programas sociales se exigen «moches para que los fondos fluyan», la desigualdad se ahonda, la prosperidad se aleja y la pobreza permanece, y se distorsiona la toma de decisiones relacionadas con proyectos de inversión pública. La corrupción es «una traición a la confianza ciudadana, disminuye la legitimidad del Estado y la estatura moral de la burocracia en los ojos de la población» y conduce a otras formas de delincuencia.

La corrupción en México campea en todo el gobierno y afecta no sólo a quienes sufren de pobreza y desigualdad sino que daña a todo el sistema político, económico y social. De conformidad con el Informe 2015 del Latinobarómetro, los mexicanos somos los menos satisfechos de toda Latinoamérica con nuestra democracia y quienes menos satisfechos estamos con nuestros gobiernos.

Para atender las posibles insatisfacciones ciudadanas en materia de actuación pública, el Gobierno de la República se hace llegar información mediante distintos instrumentos. Hacia sus empleados, aplica la Encuesta de Clima y Cultura Organizacional para conocer y reconocer la percepción de los servidores públicos respecto de distintos aspectos que conforman su entorno laboral, identificando aquellos que deben mejorar.

Hasta mí han llegado algunas de esas encuestas y mis sentimientos son encontrados pues veo muchos —los más— casos de mejora y otros —los menos— en donde la podredumbre se agrava en razón de la permisividad y, quizá, complicidad, por comisión o por omisión, que se tienen con algunos servidores públicos. Cuando esto último permanece, el clima y la cultura organizacional se pierden en un mar de mentiras, componendas y chantajes, y se generan reacciones emocionales negativas de decepción, ira y tristeza entre los servidores públicos con más años de trabajo en la institución. Algunos optan por renunciar.

La permisividad hacia quien corrompe puede generar que la corrupción se convierta en uno de los «valores-contravalores» y de identidad de la dependencia, afectando su imagen y reputación, así como la aceptación social de sus miembros. La permisividad en materia de corrupción gubernamental afecta, al final de cuentas, a la cabeza del gobierno, de tal forma que no detenerla es un acto de profunda traición política.

Muchas teorías sociales buscan explicar a la corrupción. La Psicología Social, a través de lo que llama «efecto Lucifer», trata de dar sentido al porqué una «persona normal» puede convertirse en un delincuente, y lo hace a través de ciertas situaciones como «obediencia a la autoridad, desindividualización, disfunción de la responsabilidad», entre otras.

En consonancia con la teoría de la manzana podrida, una «persona normal» tiene muchas posibilidades de comportarse de forma perversa si el contexto social lo favorece, permite u obliga, dejando de lado sus valores y principios. Por ello, NO caben los permisos a los corruptos.

Es en este contexto en que los resultados en las encuestas sobre Clima y Cultura Organizacional deben obligar a tomar decisiones de corrección inmediatas. Las encuestas deben ser vinculantes. El clima ético en toda dependencia de gobierno no puede navegar a la deriva sin timón ni mando.

El clima ético de toda institución pública provee un marco interpretativo para la organización y afecta a las experiencias laborales de los servidores públicos y finalmente en su imagen ciudadana. Si nos olvidamos de ellos, entonces nos olvidamos de ser servidores públicos.

México no está para permisividades ante la corrupción, y en nosotros está el cambiar las cosas.

benja_mora@yahoo.com