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VIDA URBANA | Del desamor

VIDA URBANA | Del desamor

Nov 28, 2015

Ernesto Cardenal escribió un poema que hoy recuerdo: “Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido: yo, porque tú eras lo que yo más amaba y tú porque yo era el que te amaba más.

Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo: porque yo podré amar a otras como te amaba a ti, pero a ti no te amarán como te amaba yo”.

Hoy día, millones de mujeres en el mundo sufren y mueren de desamor. Millones de mujeres en el mundo y México, hoy y mañana, **sufrirán la agresión de quienes ellas aguardan amor, protección y cuidado. Millones de mujeres en el mundo, México y Jalisco, hoy, mañana y siempre, tendrán sus vidas a merced de hombres que las agredirán por el solo hecho de ellas ser mujeres.

Una vez escuché: “No hay nada más triste en la vida que creer que no estás sola y darte cuenta de que sí lo estás”.

Mientras el mundo gira, millones de mujeres mueren en vida. Mujeres, que víctimas de la violencia y ciegas a sus almas, no miran la realidad de sus vidas y no se atreven a darse otra oportunidad para encontrar la felicidad. Mujeres que la violencia les arrebató la autoestima, las llenó de angustia y las condenó a la depresión.

Mientras el mundo se conmueve del terrorismo yihadista, millones de mujeres viven el terror de una muerte que ellas adivinan, aguardan y quizá ansían como libertaria de vidas con cadenas y grilletes que a pocos/pocas importa y que pocos/pocas miran.

Y mientras el mundo se ufana de lo que día a día descubre y crea, millones de niñas son hechas mujer a base de golpes, abusos, comercio, privaciones y violaciones; niñas-mujer que nunca podrán levantar el vuelo pues las alas de sus almas les fueron rotas y pocos/pocas se comprometen en curarlas.

Y en ese México de equidades políticas por género, millones de mujeres, con prematuras almas avejentadas, deambulan en la búsqueda de quien las escuche y atienda… o de quien simplemente las entienda… o finja entenderlas.

Niñas y mujeres que sueñan con justicia pero se conforman con consuelos, pero nadie, o casi nadie, insisto, ni siquiera las escucha a la altura de sus dolores y en el nivel de sus heridas. Sus voces molestan. Sus quejidos irritan. Sus llantos se confunden con el sudor de sus frentes cansadas. Y sus violencias y sus muertes solo sirven para elevar estadísticas, adornar discursos y justificar los 25 de Noviembre.

Niñas y mujeres cuyos “ahora” no existen, porque los ahora solo pertenecen a quienes tienen vida, y ellas ya no tienen vida, porque un hombre y quizá una mujer se las robó, se las arrebató, se las negó. El desamor y la violencia hacia la mujer **les arrebató los ahora de la vida con el primer golpe que les propinó el hombre o la mujer que las creyó de su propiedad y comerció con sus destinos.

En la soledad, la vida se vuelve triste, y en la tristeza, aquella, la vida, nos resulta inútil y los días están de sobra y hasta estorban.

En la soledad del desamor solo la ausencia de la muerte nos parece eterna.

En el desamor y la violencia nos preguntamos el porqué quien debiera hacernos felices, nos hiere y hace llorar.

Niñas y mujeres subviven resignadas a solo unos pasos de la demencia del silencio obligado y la indiferencia institucional, y a que el tiempo de vida se agote, porque sus ilusiones hace tiempo se agotaron. Institutos de la Mujer en los municipios con presupuestos insuficientes que no alcanzan ni para la más elemental de las atenciones: una silla para recibirlas.

Solo hay algo más doloroso que los golpes y vejaciones recibidas: el recuerdo de esos momentos y el temor de volverlos a sufrir. Vidas vencidas de niñas y mujeres abusadas, violentadas y olvidadas. Pupilas estériles de lágrimas de mujeres por tanto llorar. Vidas que se miran borrosas por las lágrimas que nublan los ojos de ellas.

Mi madre me decía: Las mujeres jamás olvidamos, ni los bellos momentos, y menos, los que nos dolieron. Si ello fuera verdad en todas las mujeres agredidas y violentadas, entonces cuán dolorosos deben ser los recuerdos que cubren sus vidas.

La fuerza del anhelo es lo primero que se pierde cuando nadie responde a nuestros llamados de auxilio; pero, pregunto, “quién escucha al silencio”** en que transcurren las vidas de millones de niñas y mujeres. ¿Quién** mira a quien es menos que nada? ¿Quién se apiada de quien nos muestra los estragos y los excesos de una sociedad enferma, desigual, inequitativa, abusiva y deshumanizada? ¿Quién, solo pregunto quién?

Samuel Beckett alguna vez dijo: “Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy”. No permitamos pues que la mujer se olvide de ser mujer y, como hombres, extasiémonos de nuestras diferencias y enamorémonos de su esencia que siempre nos sorprende, que siempre nos regalan belleza, amor, vida y cielo.

Cuando se agrede a la mujer y nos volvemos indiferentes, también nos condenamos al suicidio como humanidad, pues nadie puede sobrevivir cuando muere la mitad de su ser.

Este 25 de noviembre, en todo el mundo se levantaron voces para denunciar la violencia en contra de la mujer, y aun así, en todo el mundo la violencia no cesó ni siquiera en ese día. Y el 26 se recrudeció y Siria volvió a ocupar nuestra atención y la mujer cayó en el olvido.

benja_mora@yahoo.com