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VIDA URBANA | Donald Trump

VIDA URBANA | Donald Trump

Jun 20, 2015

Cuando los dioses quieren perder a alguien, simplemente lo vuelven loco, y esto es lo que le sucede a Donald Trump. En su pequeñez de alma no hay cabida para la razón, y las rabietas lo han distinguido a lo largo de su vida. Acumula malas vibras, a punto tal que al oro lo vuelve cenizas; es un rey Midas bizarro.

Recién, al anunciarse como candidato aspirante a la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica, exudó odios, rencores, frustraciones, xenofobia y pensamiento limítrofe que lo acerca a la idiotez. Donald Trump habla con el hígado y alimenta su odio, por México y los mexicanos, a partir de una descomposición mental que no logra resolver.

En 2007, Trump quiso construir 526 apartamentos en playas de Tijuana que costarían entre 300 mil y 3 millones de dólares, pero la crisis económica de finales de ese año en Estados Unidos se lo impidió. La industria inmobiliaria norteamericana se tambaleó y Trump cayó. Sus gestiones ante el banco alemán WestLG AC no llegaron a buen puerto y, en enero de 2008, se vio envuelto en demandas por 32 millones de dólares que no supo enfrentar, poniendo, además, a la luz pública, otros casos similares de engaño y estafa en Filadelfia y Florida.

Donald Trump es un delincuente de baja estirpe. Su riqueza es tan igual a la de un pirata, en su origen y uso, que es difícil imaginarlo de otra manera. Edward Teach o Barbanegra, Bartholomew Roberts o Black Bart, Henry Every, Henry Morgan, John Rackham o Jack «Calico», Sir Francis Drake y Sir Walter Raleigh, todos de habla inglesa y todos piratas, como Donald Trump; sólo que éste de muy miserable futuro.

Donald Trump —está demostrado— alquilaba su nombre cual vulgar meretriz en cuatro millones de dólares y un porcentaje de las ganancias que su fama de estrella televisiva le atraía por el reality llamado El aprendiz o The Apprentice.

En 2013, el caso de las playas de Tijuana se resolvió a favor de los demandantes, y Trump sufrió un costoso descalabro y, al mismo tiempo, se olvidó de otro gran proyecto inmobiliario en tierra mexicana: Punta Arrecifes Resort, en Cozumel, Quintana Roo.

Pero Trump es simplemente un ignorante que lo conduce a su xenofobia. Nos acusa, a los mexicanos, de invadir a Estados Unidos de Norteamérica cuando la realidad es otra. Tras las guerras invasoras norteamericanas a mediados del siglo XIX en contra de nuestra patria, su gente llegó a tierras y ciudades con nombres en español: Tejas, Nuevo México, Arizona, Colorado y California; San Antonio, Laredo, San Francisco, Los Ángeles, San José, San Diego… ¿Quién invade a quién?

Trump, siempre ignorante, aprenderá pronto que todo lo que sube tiende a bajar y que, al escupir a los mexicanos migrados, éstos lo detendrán en sus aspiraciones esquizoides. Ignora que, casi el 11 por ciento de los habitantes de EE.UU. son de origen mexicano y que contribuyen con más del 8 por ciento de su Producto Interno Bruto.

Trump debería dejar el mundo inmobiliario para adentrarse en el de la basura que lo volvería archimillonario, por la basura que lleva en su alma, corazón y mente. Sus miedos lo hunden; lamentando su pasado y angustiado por su futuro, que drenan su existencia. Olvida que él también es hijo de migrantes. Su madre, Anne McLeod, nació en Escocia, y su abuelo, de apellido Drumpf que cambió por Trump, fue migrante alemán.

Niega lo que no comprende, y es muy poco lo que comprende.

Trump no entiende que la democracia tiene, en la oportunidad de elegir, su mayor valor, y que los mexicanos en EE.UU. podrían elegir a la otra opción en el bipartidismo norteamericano: El Partido Demócrata, y relegar, por otros 8 años, a los republicanos. Trump es tan mal político que, desde ya, escribe páginas con sabor a derrota. Trump es tan torpe, que aún no se da cuenta del costo de sus palabras. Trump está tan obnubilado que elige el camino que lo conduce al despeñadero existencial.

México no necesita de Trump, y Trump sí necesita de los mexicanos. He ahí la diferencia y la esencia. He ahí la anticipada derrota de este ser de ínfima calidad. 53 millones de personas hablan español en Estados Unidos que podrían sentirse ofendidos por Trump.

Y mientras Donald Trump se carcome en sus odios, Microsoft, Ford, GM y Wal-Mart invierten miles de millones de dólares en México. Sin necesitar de Trump, nuestro país es el segundo socio comercial de Estados Unidos y el primer destino de las exportaciones de California, Arizona y Texas, además del segundo mercado para otros 20 estados de nuestro vecino del norte. Seis millones de empleos en «el gringo» dependen del comercio con México y cada minuto se comercia un millón de dólares entre ambas naciones.

¡Houston, Houston, lo perdimos!

 

benja_mora@yahoo.com