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Vida Urbana: El don de la palabra

Vida Urbana: El don de la palabra

Mar 29, 2014

Por Benjamín Mora Gómez —-

Crecí con la idea de que la palabra es ese eslabón que nos convirtió en humanos y que para muchos permanece perdido. Por la palabra nos explicamos el mundo y, lo más importante, nos explicamos a nosotros mismos. El don de la palabra es, para quienes creemos en el amor de un Ser Supremo, su primer gran regalo.

Contrario a lo que el Génesis nos explica, el don de la palabra nos permitió pensar, y al hacerlo, nos dio la capacidad de discernir entre el bien y el mal. No creo que Dios nos haya prohibido comer del Árbol del Bien y del Mal que es el Árbol del Conocimiento. No lo creo, pues sólo a través suyo nos convertimos en esos seres capaces de ejercer su libertad y ser partícipes de su Creación divina. El conocimiento, y la capacidad de discernir nos hicieron responsables de nuestros actos, ante nosotros, ante los demás y ante Dios, sin los cuales, la libertad nunca hubiese sido posible.

La Biblia señala que, al comer del Árbol del Bien y del Mal, el hombre y la mujer se descubrieron desnudos, y no creo que haya sido la desnudez física la que les haya preocupado pues desconocían lo que podría ser estar cubiertos. Antes bien, creo que se entendieron ávidos de conocer, de comprender, de crear… y se sintieron llamados a descubrir la razón de la Creación misma, la razón de ellos mismos. Y entonces, no supieron qué hacer ante Dios.

Tampoco entiendo que Dios los haya expulsado en un arranque de enojo divino, imposible en el amor de quien es Amor. Prefiero imagina que Dios entregó la Tierra a Adán y Eva entera para que la conquistaran, aprehendiéndola.

A lo largo de la historia, muchos han sido los momentos en que al develar algún misterio profundo de la vida, las iglesias han montado en cólera y acusado de apóstatas, blasfemos y condenados a quienes nos han ampliado el conocimiento. Creo que ha sido un error de interpretación del primigenio regalo de Dios: El don de la palabra gracias al cual nos explicamos esos secretos de la Creación. Dios no se equivoca, y menos al entregarnos la capacidad y sed de conocer. Dios no se equivoca y por ello nos creó Homo Sapiens, es decir, hombre que piensa, y ello significa que se saben con la capacidad de conocer y decide hacerlo.

Es de tal fuerza la palabra que a través suyo, según sea la riqueza que de ella tenemos, que podemos construir alternativas de solución a nuestros problemas. Cuando nuestro vocabulario es amplio y el manejo del idioma apropiado, nos regalamos diversas posibilidades de solución a los problemas que vivimos; por el contrario, cuando nuestro lenguaje es pobre y el manejo del idioma limitado, la solución imaginada podría no ser la correcta y quedarnos con nuestro problema y la frustración como un agregado más. Así se reconoce en Psicología y por ello se explica, en parte, mucho de la pobreza heredada y permanente.

Me llama la atención, pues, que actores sociales exijan no se valore ni la ortografía, ni la sintaxis, ni la estructura de sus proyectos, sin entender que su correcto uso también les permite elaborar mejores proyectos y explicar fehacientemente los impactos sociales que habrán de alcanzar. Me llama la atención que se esgrima tal argumento desde una visión de minusvalía cuando es ésta la que se alimenta en el manejo de juegos de lastimero origen. No entiendo que se pida el perdón por no usar bien el idioma cuando se concluyó la educación primaria, y menos, cuando se ostenta algún grado universitario.

Es tiempo de volver al buen uso del idioma; a ir más allá del manejo de unas cuantas palabras; a exigirnos lo más alto y a darnos el plus.

Hace poco leí: “Las palabras no existen por sí mismas, están íntimamente ligadas al pensamiento y la razón, tanto como al corazón o plano de los sentimientos. Es por eso que debemos ser cuidadosos para no desarmonizar, provocar que lastimen o generen discordia. Recordemos que el verbo moviliza multitudes, crea o destruye la vida, porque tiene el poder de propiciar la Paz o la guerra.

“La palabra permanece guardada en los planos sutiles, en el Yo interior, pero una vez pronunciada, llega al plano físico de la manifestación y no habrá marcha atrás. Cada palabra que pronunciamos representa en sí misma una vibración, la vibración que, por uso y significado cultural le hemos atribuido. Esa vibración de la palabra, ya pronunciada, impregna nuestro alrededor, viaja en el universo, acciona y regresa con su respectiva reacción en las personas que escuchan y en nosotros mismos. Al cuidar nuestro lenguaje, cuidamos la vibración de nuestro entorno y nuestro ser interior”. ¡Cuidemos pues, el don de la palabra!

benja_mora@yahoo.com