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Vida Urbana: Género del espacio público

Vida Urbana: Género del espacio público

Mar 10, 2012

Como cada año, este 8 de marzo se conmemoró a la MUJER, así con mayúsculas. En las redes sociales se les felicitó y se les dijo que son lo más bello de la Creación; que el hombre no lo es hasta que no escucha su nombre de labios de una mujer; se sacaron cifras y todo siguió igual… hoy estamos como el 7 de marzo.

 

Hace tiempo leí la Carta Europea de la Mujer en la Ciudad, que es un proyecto de investigación sobre la situación de las mujeres en las ciudades basándose en cinco grandes temas: Planeación urbana y desarrollo sostenible, seguridad, movilidad, hábitat y equipamientos locales, y estrategias. Contiene, además, 66 de las mejores prácticas.

 

Al recordar tal carta, me queda claro que el gran problema de la inequidad e iniquidad de la situación de la mujer sólo podrá resolverse cambiando las actitudes y creencias, y que no basta con datos estadísticos tan propios de cada 8 de marzo, de la misma manera que no basta con saber que el fumar es causa de cáncer para dejar de hacerlo. Me queda claro que el primer derecho de la mujer sobre el que debemos reflexionar es el de reconocerlas como personas, con toda la dignidad que ello implica y con todas las cualidades que nos atribuimos a nosotros mimos los hombres: Inteligencia, fuerza, carácter confianza, valor, credibilidad; y claro, con todos los valores morales que nos asumimos los hombres: tenacidad, entrega, prudencia… sin olvidar aquellos otros que les atribuimos a las mujeres: ternura, entrega…

 

Las injusticias hacia la mujer por su condición de género tienen –se sabe– origen en una relación asimétrica o de dominio. Entender que los espacios públicos tienen, a creerlo o no, género, es un problema que aquí quiero abordar.

 

Se dice que la ciudad es una memoria organizada… y también –se dice– que en la historia, las mujeres son las olvidadas, de ahí, quizá, es que la mujer es ignorada al planearse y mantenerse la ciudad. Se menosprecia la necesaria luminosidad de las calles para dar a la mujer sensación seguridad que necesitan y merecen en su empoderamiento social; por ello se permiten banquetas en malas condiciones o con pendientes de difícil caminar para la mujer en zapatillas de tacón alto; por ello, cruzar caminando las calles es tan peligroso para una mujer, o al menos, más difícil que para el hombre; por ello, subir a los caminos urbanos se complica para la mujer en vestido o falda… Si bien, la luminosidad de las calles o la acera no son sino abstracciones, lo cierto es que adquieren significado en relación a quienes caminan por ellas y por la seguridad que brindan a sus viandantes.

 

Contrario al modelo urbanístico que separa la vivienda de las áreas de trabajo, estudio y comercio, una ciudad, incluyente de la mujer, debería acercar todos esos espacios para facilitar la vida de la mujer. A lo largo del devenir urbano, las voces de las mujeres se han elevado aunque muchas se han acallado. Grandes mujeres como Jane Jacobs, Francoise Choay y Dolores Hayden nos han invitado a repensar la ciudad y replantear el concepto del espacio público para prever un futuro mejor para ellas. Mujeres que se supieron dueñas de su propia voz, del espacio que ocuparon, del territorio en que vivieron, de su visión de ciudad.

 

Una vez leí que el gran drama de la mujer es saberse “a prueba” siempre; como debiendo demostrar una y otra vez que merece lo que le es propio. Muchos aun no logran comprender ni aceptar que el mundo también es destino de la mujer, y que por ello, la mujer puede y debe actuar en la definición y transformación del mundo.

 

Si la identidad es un proyecto en constante cambio, es tiempo de transformarnos, y aceptar que nuestra identidad humana permanecerá imperfecta mientras no nos comprendamos en ese binomio hombre-mujer/ mujer-hombre. Aceptar nuestra humanidad en esa dualidad es condición para al fin configurar nuestro real humanismo.

 

Hoy se redefinen conceptos para tener mejores ciudades en el futuro. Lo debaten urbanistas, desarrolladores, cámaras y colegios, empleados de Gobierno… pero se mantienen ensimismados en sus egocentrismos de trazadores de calles y constructores de viviendas, pues nunca los escucho hablar de espacios para nuestras vivencias cotidianas que son lazos afectivos entre la gente y de ésta con sus lugares de convivencia.

 

Vivir la ciudad exige convertir a ésta en el espacio de encuentro de todos; encuentro que reconoce a hombres y mujeres en igualdad de dignidad. Así, hagamos de nuestras ciudades los espacios en donde la mujer está presente como artífice y ya no como simple espectadora invitada.

 

E-mail: benja_mora@yahoo.com