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VIDA URBANA | Hambre, desperdicio y responsabilidad social

VIDA URBANA | Hambre, desperdicio y responsabilidad social

May 16, 2015

Mientras millones de mexicanos padecen de hambre crónica y les es imposible acceder a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad como lo manda el artículo 4° constitucional, en México se desperdician o pierden 31 mil toneladas diarias de alimentos. De acuerdo con el Grupo Técnico de Pérdidas y Mermas de Alimentos, integrante de la Cruzada Nacional contra el Hambre, en México, esas 31 mil toneladas diarias de alimentos equivalen al 37 por ciento de la producción nacional y suman 10.4 millones de toneladas al año, con valor de más de 100 mil millones de pesos. De este nivel es el reto que a todos debería convocarnos.

Hablamos de que el 34.8 por ciento de la carne de res se pierde, así como el 37.6 por ciento del huevo, el 54 por ciento de los pescados y mariscos, el 37.14 por ciento de la leche y porcentajes similares en todos los productos alimenticios y, a querer o no, todo ello repercute en el precio final de lo que comemos. En América Latina, el desperdicio de alimentos por segmento es del 28% en consumo, 28% en producción, 22% en manejo y almacenamiento, 17% en mercado y distribución, 6% durante el procesamiento.

Es inhumano que millones de mexicanos no puedan acceder a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad y requieran de la ayuda gubernamental para subsistir cuando tanto se desperdicia por falta de infraestructura en la cadena de suministros, procesos de distribución obsoletos, vehículos no adecuados, falta de capacitación adecuada del personal para el manejo de los productos, malas prácticas de comercialización y malos hábitos de consumo en los hogares. Y es, económicamente, erróneo no promover una política pública que revierta tal desperdicio y la pérdida de 100 mil millones de pesos anuales.

El acaparamiento y la especulación no sólo incrementan los precios sino además inciden en la pérdida de alimentos en los grandes centros de abasto y cadenas comerciales, y esto debe combatirse con toda la fuerza del Estado y la responsabilidad social de organismos como el Consejo Agropecuario, la Unión Ganadera, las centrales de abasto, los pequeños propietarios rurales, algunas cámaras industriales y la Asociación de Bancos de Alimentos de México.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre 2000 y 2011, más de 102 mil 568 personas perdieron la vida por deficiencias nutricionales, un promedio de 8 mil 547 anuales, equivalente a 23 cada día, es decir, casi uno cada hora. Desde 2004, la desnutrición es la décimo tercera causa de muerte en México.

Según la organización civil Un Kilo de Ayuda, la prevalencia de desnutrición crónica en población infantil se ubica en el 12.5 por ciento, que crece hasta un 37.4 por ciento cuando hablamos de población infantil indígena.

A los 100 mil millones de pesos en pérdidas por alimentos deberemos sumar los costos por la disminución en la capacidad de trabajo físico de millones de personas y en el desempeño intelectual en la edad escolar que los obliga a repetir grados escolares, y la propensión a enfermedades como obesidad, diabetes, hipertensión, dislipidemias e incapacidades.

Debemos promover un cambio de la producción agropecuaria, eliminando aquella tóxica de altos insumos y elegir aquella que resulte en el aprovisionamiento de alimentos ecológicos a fin de preservar la naturaleza, rehabilitar y valorar el conocimiento local y tradicional y utilizar tecnologías socialmente justas y apropiadas.

Debemos cambiar para garantizar la inclusión plena a las mujeres campesinas y los pueblos indígenas a fin de que tengan un acceso seguro y control sobre sus territorios, las tierras, el agua, las zonas de pesca, las variedades de semillas, la cría de ganado y recursos pesqueros.

Debemos promover nuevos paradigmas para construir un sistema de conocimiento, investigación y capacitación alternativo sobre la producción de alimentos que nos ofrezca la certeza de que aquellos nos mantendrán saludables.

Debemos respeto a las capacidades de carga de los ecosistemas naturales, revalorar los estilos de vida, adoptar dietas sostenibles, enriquecer las normas jurídicas, evitar el desperdicio de alimentos, promover el reciclaje, los métodos y las conductas ambientalmente responsables, y adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus repercusiones.

Debemos reflexionar en hechos que la Organización para el Crecimiento y el Desarrollo Económico reconoce: México es el segundo país con mayor desigualdad económica; 45.5% de la población (53.3 millones de personas) vive en condiciones de pobreza de las cuales 9.8% (11.5 millones) viven en pobreza extrema, 23.3% (27 millones) en pobreza alimentaria y el 12.5% sufre desnutrición crónica.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012, existen 1’194,805 niños/niñas con desnutrición crónica.

Es tiempo de asumir nuevos compromisos como sociedad y no dejar todo en manos del gobierno. Debemos sumarnos a la Cruzada Nacional contra el Hambre e insistir en que se reactiven las mesas de trabajo de aquella, participando como voluntarios.

 

 

benja_mora@yahoo.com