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Vida Urbana: Inseguridad y corrupción desbordadas, poner la casa en orden es ineludeible

Vida Urbana: Inseguridad y corrupción desbordadas, poner la casa en orden es ineludeible

Sep 16, 2017

Por Benjamín Mora Gómez //

Perder el sentido de la urgencia descarrila a los gobiernos y condena a sus pueblos al caos. En México se reconoce que la inseguridad es, con la corrupción gubernamental, sus dos grandes males pero, por desgracia, no se les atiende con la urgencia que los ciudadanos merecemos y México nos exige. Desde el gobierno, en sus tres órdenes, no se demuestra ni toma de conciencia ni peritaje para terminar con la delincuencia y la corrupción, no hay ni siquiera destreza para comunicar lo que realiza para brindarnos confianza. Es obvio que prevalecen intereses mezquinos de unos sobre los otros en temas tan elementales como el nombramiento de los fiscales anticorrupción; el golpeteo huele a deseadas candidaturas presidenciales y/o gubernamentales y nada tienen de bondad y menos de dignidad y limpieza del proceso.

Los ciudadanos necesitamos saber cuál es el nivel de ambos problemas –inseguridad y corrupción-, su proyección de agravamiento futuro y con qué recursos humanos, jurídicos y estratégicos se cuenta para combatirlos y dar resultados tangibles en muy breve tiempo. Y pregunto, ¿a quién podría interesar un fiscal anticorrupción que saque a la luz las corruptelas de quienes lo elijan?

Poner la casa en orden es ineludible pero no hay quien tenga interés en ello. El orden estorba.

El gobierno nos debe una explicación científicamente sustentada del crecimiento de los comportamientos antisociales para ambos males que contenga un análisis de sus características y rasgos individuales y colectivos, así como de su vinculación con la teoría tensión-agresión para entender las dinámicas sociales que hoy irrumpen en nuestra realidad, las arraigan y las preservan.

El gobierno debe entender que el uso de la fuerza no necesariamente revertirá las causas de la delincuencia y la corrupción pero también debe saber que si no actúa con sentido de urgencia, ambas crecerán vertiginosamente, como ya sucede. Es una disyuntiva para la cual parece no estar preparado ni dispuesto pues en aquella solo hay una respuesta correcta: Cambiar a fondo.

El gobierno no trabaja en los factores de riesgo, reconocidos como de necesidad criminológica, relacionados con ambas actividades antisociales ya referidas. Valdría que el gobernante se adentre en los estudios de Patricia Churchland sobre el “Cerebro Moral” situado en la corteza prefrontal ventromedial implicado es discernir lo que es ético y lo que no, lo moral y no inmoral, lo justo y lo injusto, con el encargo de unir lo ético y lo moral con el valor emocional de la vida en sociedad así como con el anticipar consecuencias y con el desarrollo de lo que llamamos empatía.

El gobernante debe ocuparse de implementar políticas públicas que doten de principios y valores, así como de fortalezas, a los grupos sociales más vulnerables a volverse delincuentes “de calle y de cuello blanco” a partir de nuevos repertorios conductuales pro-sociales y de una formación ética y moral que desarrollen sus cerebros morales.

El gobernante debe saber que, desde la Psicología, sí es posible predecir y gestionar el riesgo de comportamientos violentos y antisociales y debe tomarla como su aliada por excelencia.

El gobernante no puede obviar lo que es científicamente demostrado: el consumo de alcohol y otras drogas sí están vinculados con muchos delitos y no son lúdicos.

Los ciudadanos no aceptamos la llamada “reconciliación con lo inevitable” como compañera para adaptarnos a los ineficacias gubernamentales, resignándonos y apocándonos. No, eso es inadmisible pues nos condenaría al caos social; tampoco está en tomar la ley o la anti-ley en nuestras manos. El gobernante debe cumplir o irse, y dejar de jugar a las ratificaciones de mandato a modo cuando sus gobiernos son evidentemente ineficaces en seguridad y certeza jurídica, y en ordenamiento territorial y desarrollo de la civita.

La invisibilidad del caos en seguridad solo cabe en el imaginario cuasi enfermo de la autoridad que se niega a actuar con prontitud y sin titubeos y de los legisladores y jueces que confunden realidades: No se reincide como delincuente solamente cuando se comente el mismo delito con la misma víctima en igual lugar y por el idéntico bien robado; se reincide cuando se sigue delinquiendo y se niega a cambiar el modo de vivir.

Como han señalado Santiago Redondo Illescas y Antonio Andrés Pueyo de la Universidad de Barcelona, “En los comportamientos delictivos se implican interacciones, pensamientos y elecciones, emociones, recompensas, rasgos y perfiles de personalidad, aprendizajes y socializaciones, creencias y actitudes, atribuciones, expectativas, etc.”. Por tanto, debemos entender -y entenderlo bien- que la delincuencia se aprende, que existen rasgos y características personales que predisponen al delito, que los delitos son reacciones que obedecen a vivencias de estrés y tensión, que implica la ruptura de vínculos sociales y que su base se adquiere en la infancia y la adolescencia.

¿Qué materia formadora de valores y principios se tiene entre las que se imparten en los niveles preescolar y escolar primario; cuáles sus contenidos y cuáles sus evaluaciones? ¿De qué manera las maestras y maestros son ejemplares para sus alumnas y alumnos? ¿Hay quien promueva el conocimiento del bien y mal y no se deje intimidar por los promotores de una sociedad sin principios ni valores que hoy nos imponen sus delirios sin límites ni fines… dueños y señores de una sociedad a todo permisiva?

Lo digo claro: No podemos someternos más a no se sabe qué fuerzas de oscura procedencia, de imposible control y de delirantes connotaciones. No, eso debe acabar. El bien y el mal existen, y no son relativos. La funcionalidad y la disfuncionalidad de una persona en sociedad están en razón de su apego o no a esos valores y principios, al bien y el mal, que algunos sociópatas y psicópatas niegan. Dejemos de tomar riesgo por una supuesta libertad sin límites y entendamos, todo tiene límites, incluso la permisividad e incluso el Universo y nuestras vidas.

Aceptémoslo sin titubeos, en sociedad, los principios éticos y morales que no se cuidan y protegen se pierden, y cuando ello sucede, la sociedad se decae en el olvido de sí misma.

E-mail: benja_mora@yahoo.com