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VIDA URBANA | La hidra de la corrupción

VIDA URBANA | La hidra de la corrupción

Jun 27, 2015

La corrupción corroe; provoca crímenes, asesinatos y violencia; condena a muerte a miles por hambre y desnutrición; genera exclusión, marginación, desigualdad y miedo en los más pobres; es, sin duda, provecho ilegítimo del poder que tolera toda clase de impunidades. Habita en la esfera pública y la privada; se alimentan una a la otra y se complementan sin recato ni vergüenza. La administración de la justicia se diluye en medio de intercambios y venta de favores y decisiones que el dinero mejor atestigua y allana. La corrupción es reflejo del naufragio de los valores y las virtudes humanas, como la honradez y la justicia. Es, sin duda, estigma de nuestra identidad patria.

Hoy, como jamás imaginé sucedería, la corrupción asalta a los programas sociales de combate a la pobreza. El diezmo —multiplicado— se cobra por acceder a los recursos públicos destinados a revertir vidas vestidas de harapos heredados de generaciones pasadas. La desfachatez es descarada. Duele y ofende.

La corrupción detiene a la Reforma Educativa y condena a millones de niñas y niños a vidas sin esperanza, sin cultura ni futuro, frente a gobernadores timoratos, perversos, corruptos y confabulados; cómplices de los cadalsos en que son ajusticiados nuestras niñas y nuestros niños. Niñas y niños frente a un secretario de Educación que no atina a desenredar esta madeja irredenta.

Así, la miseria no será vencida.

La corrupción tolera la pérdida del 37 por ciento de nuestra producción nacional de alimentos, y la explica como resultado del libre mercado que condena a millones de seres humanos.

La corrupción enmudece y se ciega ante actos concupiscentes que permiten desviar los propósitos de un puesto de trabajo gubernamental para asignarlo a otra área no sustantiva, renunciando al espíritu y necesidad que lo presupuestó; pero además, exige a quien ocupa el cargo, «compartir» la mayoría de su sueldo con quien le «dio la chamba», quien evade impuestos sobre ese ingreso no declarado.

La corrupción se nutre de la desvergüenza. En las elecciones recientes, unos y otros, tirios y troyanos, se acusaron de corruptos; no dejando a nadie libre de culpas y, sin embargo, nadie denunció a nadie por la vía legal. Fueron una mascarada de disfraces y personificaciones pletóricas de engaños.

La corrupción se exonera, en algunos casos, entre copas y componendas, y en otros, al calor de deseos que sólo cubren sábanas con aromas de clandestinidad.

La corrupción no reconoce límites, de ahí el desprecio, desde el Nirvana del Poder Judicial, a la ley y la legalidad. Hay burla y mofa hacia quien cree que podrá avanzar sin transar.

La urdimbre de la corrupción pende en las vidas de los corruptos sin recato ni vergüenza, pues a ella no se le toca ni con el pétalo de una rosa. Se le cuida, protege y alimenta. Estamos ante las apoteosis de la corrupción aun y a pesar de las normas jurídicas recién aprobadas, pues las reglas no escritas, pero vigentes, no se estremecen ante la anunciada nueva moralidad pública.

La cuenta pública de estados y municipios se encuentra enfangada por gobernadores, presidentes municipales, cabildos y congresos corruptos, y nuestras vidas, asaetadas con heridas políticas, económicas, ambientales, culturales, patrimoniales y urbanísticas que no cesan de sangrar.

La corrupción también ciega a quien la practica, de ahí nuestro Código Urbano que deja la calidad de nuestras vidas en manos de los munícipes que destruyen la más extraordinaria creación humana en sociedad: la Ciudad, que entregan a los mercaderes de entorno bajo la muy estúpida razón de la competitividad sin límites ni rectoría del estado.

Desde el lodazal de los chiqueros, los cerdos hozan y gruñen, e invaden de ruido nuestras vidas, impidiendo el diálogo y el entendimiento. El envilecimiento corre como agua que se infiltra por las más pequeñas grietas hasta resquebrajar la más sólida construcción humana.

La corrupción, como la Hidra de Lerna, es un monstruo multicéfalo cuyo aliento envenena cuando nos habla al oído y endulza nuestras concupiscencias. Hoy, la corrupción se volvió obscena.

En la narración bíblica de la desobediencia de Adán y Eva, llama la atención que ninguno de los dos se sintió culpable sino, simplemente, avergonzados por estar desnudos, y para defenderse le echaron sus culpas a otros: Adán a Eva y a través suyo a Dios por habérsela entregado como compañera, y Eva a la serpiente, quien la engañó.

El corrupto/la corrupta, cuando son denunciados, perseguidos, detenidos y condenados, se descubren desnudos —exhibidos— ante los demás, y se avergüenzan, pero nunca se arrepienten, pues siempre creyeron que, con el «puesto» también venía el derecho a enriquecerse de lo público, pues «no hay nada más triste que ver pasar las oportunidades mientras nos consumen los años».

Duele que así sea. Decepciona que así sea.

benja_mora@yahoo.com