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VIDA URBANA | #Ley3de3recargada

VIDA URBANA | #Ley3de3recargada

Jun 18, 2016

La transgresión de las normas llevada a cabo de modo voluntario desde el poder público y con la intención de obtener ventajas ilegítimas tiene, como toda madeja, dos extremos, quien corrompe y quien es corrompido. Negarlo es engañar.

La corrupción es una práctica sistémica del poder en México en la que pervertir, depravar y sobornar es modo de operar del corrupto en perjuicio de terceros y del interés colectivo de la ciudadanía. En ella caben unos y otros y no se limita a las transacciones de contratos gubernamentales: acceso a información privilegiada, malversación de dinero público, nepotismo, despotismo, cooptación, caciquismo, compadrazgo, impunidad y especulación sobre bienes indispensables como alimentos e incluso el peso frente a otras monedas también son espacios de corrupción.

En México, la sociedad civil y los organismos empresariales presentaron la Ley General de Responsabilidades Administrativas conocida como #Ley3de3 como iniciativa anticorrupción que se discutió y enmendó en el Senado de la República, al incluir a los empresarios que tengan contrato con el Gobierno en la obligación de presentar sus declaraciones 3 de 3. Hay quien lo critica; yo lo aplaudo pues, como decían mis tíos, lo que es parejo no es chipotudo o en términos shakespeareanos «Ser o no ser».

Según el Reporte Global de Competitividad 2015–2016 del Foro Económico Mundial, nuestras instituciones públicas y privadas se encuentran debilitadas y deterioradas como resultado de la percepción ciudadana de los altos niveles de corrupción… percepción, pues, que incluye a gobernantes y servidores públicos así como a empresarios.

María Amparo Casar, por su parte, en su libro México: Anatomía de la Corrupción, nos señala tres modos de corromper desde los empresarios: sobornos a políticos de alto nivel y partidos políticos, sobornos a funcionarios públicos de nivel inferior «para acelerar las cosas», y uso de las relaciones personales o familiares para obtener contratos públicos. Así pues, el cambio determinado por el Senado de la República no solo es lógico y justo sino indispensable e impostergable.

Para mí, es fundamental conocer la evolución de las fortunas de los empresarios vinculados a recursos públicos así como a beneficiados por el acceso privilegiado a información útil para hacer negocios o por la especulación sobre bienes indispensables como son los alimentos así como sobre el peso mexicano frente a otras monedas que van en detrimento del bien colectivo. La determinación del Senado es un primer paso que deberá ampliarse y fortalecerse.

En México vivimos una lucha infructuosa, casi eterna, en contra de la corrupción que parece causa del torrente de calamidades que nos hunden en la desesperanza, la desilusión y el desengaño. Duele decirlo, pero aunque nada sacia nuestra sed de justicia, pocos trabajan en la real solución de la corrupción.

Necesitamos romper con el círculo de tolerancia y benevolencia ante la corrupción así como de la falta de conciencia y desmotivación social para cumplir las leyes. Debemos tomar conciencia de que los bienes públicos están para el bienestar social, que se consiguen a través del esfuerzo de todos y deben ser no sólo respetados sino cuidados y bien administrados.

El reto es de largo aliento. Debemos madurar en nuestra moral hasta hacerla autónoma y no sujeta al temor de la sanción que traería el no cumplimiento de la ley. Debemos desterrar la satisfacción de ciertas pulsiones en beneficio del ego que tienden a identificar al éxito con el dinero, por dar un ejemplo.

El enojo empresarial por el atrevimiento de los senadores a enmendarles la plana parece contener su creencia de que la voluntad de Dios debe hacerse en las yuntas de sus compadres y no en las suyas. Su creencia de merecer invulnerabilidad es, por decir lo menos, soberbia y atrevida. Desean permanecer inmunes y buscan con tener consecuencias negativas inherentes a sus actuaciones «poco éticas». En sus declaraciones se advierte una obstinada y patológica negativa a reconocer que también entre los suyos hay corruptos.

Entendamos que no siempre corrompe el que quiere, sino el que puede, y nadie corrompe si no obtiene un beneficio… seguir el hilo de la madeja de la corrupción nos permitirá perseguir, juzgar y castigar a las y los corruptos.

La ambición del ser humano no tiene límites y más cuando la transparencia y la rendición de cuentas son endebles.

Vivimos en un sistema económico que se basa en la desigualdad. El cinco por ciento de las personas más ricas del mundo poseen, al menos, 114 veces los ingresos del cinco por ciento más pobre. Es inobjetable que la carencia es provocada para generar mayores ganancias entre quienes acaparan los bienes de mayor necesidad.

En México tenemos frases que, de repetirse una y otra vez, son ya parte de nuestra creencia compartida: «El que no transa no avanza», «Un político pobre es un pobre político», «Es más fácil “arreglarse” con las autoridades que cumplir con las leyes», «En México, más vale tener dinero que tener la razón»…

La doctora Casar expresa: «Nuestro país puede presumir de pertenecer al club de las 20 economías más grandes del mundo y, a la vez, avergonzarse de ser parte de las 20 naciones más corruptas», que explica en una entrevista que le hiciera —espero no equivocarme— José Cárdenas en 2015, con una frase lapidaria: «somos producto de la negligencia, la impunidad y la simulación».

María Amparo Casar estima que «el impacto de la corrupción puede ser hasta de 10% del PIB, pero el impacto en la competitividad y la productividad es incalculable», y es enfática al decir que «acabar con la corrupción no es tema de ética pública, sino de sobrevivencia nacional […] es más rentable acabar con la corrupción que seguir tolerándola», recopila José Cárdenas en mayo de 2015.

Termino con palabras de Sor Juana Inés de la Cruz: O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: el que peca por la paga o el que paga por pecar.

benja_mora@yahoo.com