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Vida Urbana: Los pecados capitales del poder

Vida Urbana: Los pecados capitales del poder

Ene 7, 2018

Por Benjamín Mora Gómez //

Una vez escuché que no hay peor pecado que provocar lágrimas en quien nos ha regalado sus más hermosas sonrisas y nos ha depositado su más íntima confianza y amor profundo; y también escuché que en el poder, económico y político, se peca, las más de las veces, sin remordimiento y con la mayor vileza y crueldad. Ejemplos los tenemos a diario y por ello, el reflexionar sobre algunos de los pecados capitales del poder. En el pasado, Carlos Hank González (exgobernador del Estado de México y exregente del Distrito Federal) habló de los “pecados capitales de la ciudad” y Carlos Ramírez (periodista) ha insistido en afirmar que la relación de la política con los políticos es de lujuria.

Tradicionalmente, de acuerdo a la Iglesia Católica, existen siete pecados capitales: la lujuria, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la soberbia y la gula; hoy, tales pecados adquieren orientaciones y dimensiones jamás imaginadas en el pasado que, peligrosamente, se justifican y ocultan desde una permisividad disfrazada en ¿lo lúdico? y en ¡el derecho de construirnos, cada quien, desde una moral y una ética más personalísima, raquítica y enferma! De tiempo atrás, se nos impone como “normal lo que degrada” y nos complacemos de vivir en “una moral que todo lo justifica y en todo se deleita sin límites”.

Hoy, el mundo se pierde en medio de los pecados capitales del poder económico y político, que, en contubernio, actúan y se deleitan, refocilan, alimentan y crecen, y se adueñan de destinos universales y conciencias debilitadas. La exclusión auto-justificada es el más evidente de sus males, y es, al mismo tiempo, el mayor de los nuevos pecados, presente en todo dolor y en toda desesperanza humana: hambrienta, enferma, sin techo y escrita con tinta sangre. La exclusión niega todo bien, toda justicia y corrompe al alma de quien excluye y abate a quien la sufre.

La exclusión es el origen de la injusticia social, otro de los pecados de nuestra actualidad, que deprava y vicia como nunca nada lo hizo antes; la corrupción –otro pecado- se adueña del discurso para encubrirse e impera, como consecuencia, en las conciencias sociales que aceptan que “el que no transa no avanza”; la corrupción establece su hegemonía y hace plausible la distancia económica que separa a los muy pocos de las inmensas mayorías, o como lo definiera Su Santidad, el Papa Pio XI en su encíclica Quadragésimo anno (1931): “cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados”… de ello hace 86 años cuando apenas se hablaba de este mal que crece y se profundiza cada día más y más. La justicia social es mandato y prerrogativa del gobernante, que justifica la rectoría del Estado que hoy debe renacer desde la idoneidad y fortaleza de las instituciones públicas así como de la participación libre, preparada y consciente de la sociedad civil organizada. La rectoría del Estado, a la que hoy aspiramos, debe partir de dos premisas distintivas: Del control ciudadano sobre la decisión conjunta del resultado y la del control ciudadano sobre el proceso para llegar a dichos resultados, que el Estado debe garantizar e impulsar. Los ciudadanos decidimos el resultado y el camino, y es el papel del Estado ser su garante y rector –solo eso- desde la democracia consciente, centrada en el compromiso comunitario y justificado en la aceptación del otro como sujeto de los mismos derechos que exijo para mí y los míos.

La exclusión y la desigualdad son origen de otro pecado social: La pobreza inducida, provocada y caprichosa, hoy, desde el desplazamiento laboral por las tecnologías y los outsourcings que anulan derechos sociales y allanan el camino del afán inmisericorde de acumular la riqueza de las naciones -que deberían cuidar los gobernantes- en manos privadas. En Jalisco, vemos con preocupación cómo los desarrolladores inmobiliarios privados se enriquecen, en complicidad con los gobiernos municipales actuales y en especial de Guadalajara y Zapopan, a través de la compraventa de terrenos y áreas verdes municipales. Los desarrolladores urbanos son los únicos que tienen garantizada la oferta de agua potable, de servicios públicos de mejor calidad, de movilidad urbana y de amplias áreas verdes. San Antonio de Padua (1195-1231) decía desde el púlpito “Ancho es el camino que lleva a la perdición […] para los usureros de manos rapaces que se están convirtiendo en los amos del mundo”. Esta verdad nos lleva a otro pecado social: El enriquecimientos hasta los límites de lo obsceno que explica a tantos políticos que han robado lo que es de todos, creyéndose con un derecho inexistente; pero cómo no habría de suceder si nadie se atrevió –¿ni se atreverá?- a detenerlos a tiempo. Hoy tenemos a 17 exgobernadores sujetos a proceso judicial, o denunciados mundialmente por corruptos. Nadie antes se atrevió a tanto como el presidente Peña Nieto.

Oxfam calcula que 1% de la población posee más riqueza que el 99% restante; hoy, 62 personas poseen la misma riqueza que la mitad de la población a nivel global ¿Esto, cómo se explica y quién lo explica… quién se atreve a justificar tal pecado del poder? Steve Jobs, un día antes de morir, escribió en una carta: “Perseguir la abundancia sin descanso sólo te convertirá en un ser retorcido como yo”.

El otro pecado de hoy es el atentar en contra de la naturaleza, a quien algunos llaman “medio ambiente”; éste, término muy ligth y más mentiroso. La naturaleza es vida; el medio ambiente, no. El gran pecador en contra de la naturaleza es el presidente Donald Trump que niega el calentamiento global para justificar las prerrogativas con que entrega permisos a los empresarios norteamericanos para hacer negocios en contra de sus ciudadanos y del planeta entero con nosotros en él.

Me indignan los inhumanos sistemas culturales, ambientales, económicos, políticos y sociales que han devenido en oscuras y lúgubres fábricas de pobres para su uso, abuso y provecho y luego desecharlos/desecharnos cual si fueran/fuéramos basura, pero, sobre todo, me indignan las premisas mentirosas y falsas de lo que la libertad significa ocultando su contenido de libertinaje, así como de la trascendencia de la responsabilidad personal sobre las consecuencias de nuestros actos en nosotros, los nuestros y la comunidad. Estamos en un sistema tan absurdo y abyecto que se debe “cumplir con el deber de abortar –por dar un ejemplo- una vida” si la madre lo decide, aun y a pesar de no formar parte de los valores y principios del médico y las enfermeras. El Estado se asume así, en dueño y amo de consciencias y rector de una sociedad de la que es solo su servidor. Esta rectoría del Estado no es justa ni conveniente, como tampoco los criterios relacionados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación son los justos y requeridos.

San Antonio de Padua dijo: “El gran peligro del cristiano es predicar y no practicar, creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree” verdad que bien se aplica a quien detenta poder, que predica en discursos pero que hurta y siembra desesperanza.

Hay otros pecados desde el poder, pero de ellos hablaré en futuros momentos.