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Vida Urbana: Manqué

Vida Urbana: Manqué

Dic 2, 2017

Por Benjamín Mora Gómez //

A María Angélica Luna Parra, entrañable y cálida amiga

Mi abuela materna, Rafaela, insistía en decirme que la vida era demasiado breve para perderla en sinsentidos. La primera vez que lo recuerdo, quizá yo tendría unos seis años de edad y entonces creí que mi nona tenía ya todos los años posibles acumulados.

Mi abuela me hizo tener conciencia, desde muy temprano en mi vida, de la finitud del ser humano y el valor de la concordancia entre lo que se siente, piensa, comprende, expresa, comparte y realiza. Mi abuela me enseñó que al pensamiento no le va bien la rigurosidad y lo inflexible. También, que la vida no es, necesariamente, como se nos aparece a botepronto y que la más libre de las decisiones es volcarse sobre nosotros mismos para encontrarnos con quien nos llama desde nuestro interior: Dios que siempre está atento de nuestro caminar para darnos orden y sentido.

Con los años entendí que la secuencia en nuestras vidas es más que una historia que une un hecho con otro sino que nos explica qué tanto entendimos la razón de nuestro existir, de nuestra creación.

Estoy tan seducido por la vida que a la muerte la comprendo de manera distinta. Esta semana, mi muy querida y amada amiga María Angélica Luna Parra se llenó de luz y vida y partió al encuentro personal con Dios; dejó atrás las dolencias con que el cáncer le medía y retaba. Manqué, como le llamaron quienes la sentían muy íntima, fue una mujer que supo entenderse a sí misma desde la entrega a los demás. Dicen que defendió causas y creo que simplemente supo encontrarse con el ser humano expresado en mujeres y hombres olvidados, invisibilizados, desdeñados, separados, excluidos, negados, vulnerados… y a todos los amó por quienes eran y respetó por quienes podrían convertirse según sus propias decisiones.

La vida de Manqué fue marcada por experiencias trascendentales y esto la distinguió.

Su experiencia estaba contenida en la unidad humana, que a todos explica y a todos distingue.

De nuestras pláticas personalísimas hay algo que la distinguió: el carácter provisorio de lo que hacíamos, base fundamental para no perder piso por alimentar egos y vanidades.

Su vocación era íntima y discreta. Al trabajar no adoptaba poses para la fotografía ni pedía pleitesías ni comités de bienvenidas al llegar a una reunión. Rehuía a los banquetes en su honor y agradecía una tlayula en Oaxaca o una torta ahogada con tepache o tejuino en Guadalajara. Se negaba a subir a un auto grande de lujo pues prefería aquel que era discreto, simple e incluso viejo. La humildad era su esencia.

Cuestionaba mucho sobre los qué que nos motivaban al servicio público. Juntos encontramos coincidencias que se convirtieron en amistad, en compromisos y en entregas. Tuvimos la certeza de que, lo bien nacido tiene resultados excelentes.

Con María Angélica supe que a la vida hay que ponerla en los amigos y a través suyo encontrar el avivamiento de nuestros compromisos. María Angélica supo que no se necesita aparentar para merecer ser servidora pública. Coincidimos en que lo tumultuoso puede ser pedestre y vulgar, y que debemos atrevernos a trabajar desde lo individual para saber a quién y cómo es a quien servimos. Que lo mediático puede distorsionarnos y alejarnos de la realidad y que lo social, desde el gobierno, no se agota en la política social. También coincidimos en la certeza de que lo vacuo debe rechazarse y que lo banal estorba porque pesa.

Hoy, todos hablan de lo social desde el gobierno y, por ello, lo social corre el peligro de devaluarse. Se habla de sociedad civil organizada, se le pondera y exalta pero los presupuestos gubernamentales aprobados por los congresos niegan tal discurso y lo hacen mentiroso, tendencioso y engañoso.

Lo social, desde el gobierno, no es algo que pueda, tampoco, contenerse ni discursos ni en programas ni proyectos sino que se demuestra en la entrega libre y total hacia quien es excluido, segregado, vulnerado, invisibilidado, empobrecido. Lo social, en gobierno, es el don de darse al otro.

María Angélica demostró con hechos que una vida coherente es resultado de una decisión que se respeta y que el servicio público puede ser la más perfecta forma de amar a los demás que exige conciencia de saber a dónde se dirige. En lo social se trabaja con quien ha sido segregado, negado y ofendido para construir la reconciliación de todo aquello que produce sufrimiento.

El servicio público debe ser siempre personalísimo como cada mujer y hombre lo necesita, y se da por lo que cada uno y una es. El servicio público es una oportunidad para quien lo ejerce a fin de experimentar en carne propia la grandeza de nuestra gente.

En lo social no se vale hablar de las mafias del poder pues ello separa, confronta y segrega una y otra vez. Debemos, concluyo, ofrecer certezas expresadas en lo que llamamos locus de control interno, en la autoeficiencia, en la atención consciente, en una mayor sensación de control, en la capacidad para superar las adversidades, en estrategias de afrontamiento del estrés y en la construcción de redes de apoyo positivas. Debemos desterrar la indefensión aprendida que solo genera desconfianza y desesperanza.

La congruencia de vida hizo de María Angélica una mujer ejemplar y una extraordinaria amiga. A ella mi recuerdo siempre.

E-mail: benja_mora@yahoo.com