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VIDA URBANA | Nuestra herencia común

VIDA URBANA | Nuestra herencia común

Dic 19, 2015

Desde niño me deleité con la cultura. Me parecía mágico descubrir que por leer sus Fábulas dialogaría con Esopo, fabulista griego de antes de Cristo, o que en el Museo de El Prado me encontraría de frente con Francisco de Goya y Lucientes al mirar su «Saturno devorando a su hijo». Nada, jamás, podría sacudirme con esa fuerza. Quizá igual sitió Alejandro Jodorowsky —actor y director chileno de teatro y cine— al decir: «Cuando los países se desmoronan y se caen, lo único que queda de ellos es la cultura…»

Recién, por iniciativa del presidente Enrique Peña Nieto, se nació la Secretaría de Cultura y por ello, no sólo lo felicito sino que le agradezco.

La cultura en México no es cosa menor. Tener 30 siglos de esplendor en nuestra construcción identitaria es grandilocuente, aunque algunos no lo entiendan ni dimensionen y hasta critiquen y menosprecien.

Nuestra filiación patria está escrita en todo México. En sus volcanes Popo e Ixtla que aún dialogan de amor; en sus magueyeras que sangran pulque para elevar nuestros espíritus; en sus ríos que alimentan tierras abajo y unen al cielo con la mar y los océanos; en las dunas de sus desiertos que esconden vida en donde algunos miran sólo muerte, y en su gente que de todo hace arte.

En México, nuestras mujeres supieron siempre que la comida no sólo alimenta el cuerpo sino, principalmente, al alma de los suyos, y por ello cocinan regalos a los que imprimen nuestros sabores de añoranza que la Humanidad tomó como Patrimonio.

En México, la pelota prehispánica fue juego en el que mortales dialogaban con sus dioses en cada golpe que daban a la pelota.

En México, y sólo en México, nuestros niños se vuelven aves al volar en Papantla, y en Teotihuacan, sus hombres se volvieron dioses.

En México aprendimos de la mujer que de dolor se llora pero también de esa dicha que desborda al alma y por ello, todos, hombres y mujeres, cantamos de alegría y cantamos de dolor.

En México, viajamos por el mundo con nuestra cultura a cuestas: con nuestros chilitos, con nuestras tortillas, con nuestros frijolitos, envueltos en una servilleta de tela bordada a mano… y por ello, ante el mundo, cada uno somos portadores de cultura e historia.

En México, incorporamos lo nuevo a lo antiguo para transformarlo, volviéndolo mexicano.

En México, la cultura es identidad en movimiento. En México, sólo en México, lo espiritual crea lo material. En México, los símbolos nos guían.

Los mexicanos actuamos a la luz de nuestra herencia cultural casi sin darnos cuenta. Antes de que los científicos lo entendieran, en México, la materia y la energía ya eran un continuo.

Por primera vez, con la creación de la Secretaría de Cultura, podremos comprender, realmente comprender, lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos. Entenderemos los entretelones de nuestras creencias, normas, valores, principios y roles, y sabremos transformarnos sin dejar de ser nosotros mismos… sabremos caminar hacia ese México deseable que, desde ya, amalgama y apropia.

Somos un pueblo de necesidades que no sólo se satisfacen en lo tangible sino, por sobre todo, de lo intangible, porque somos un pueblo cuya vida individual tiene su origen en la familia, nuclear y extendida, de hoy y de antiguo, de presentes y de ausentes, y no como parte de un discurso sociológico sino como esencia espiritual y humana.

Somos fascinación mágica porque reaccionamos ante el mundo por un algo esotérico del modo en que los percibimos, interpretamos, comprendemos y explicamos. Nuestras palabras tienen significados aun no contenidos en ningún diccionario porque simplemente para hablar en «mexicano» hay que serlo.

Nuestro dominio intrapersonal es tal que, en el dolor, nos volcamos hacia nuestro ser interior, y en la alegría, explotamos abiertamente hacia nuestro exterior que más universal que el Universo mismo.

Dicen que la cultura es mapa mental; sin embargo, el mapa cultural mexicano es chamánico al contener la virtud de sanar y transformar así como una cosmovisión que armoniza al Ser y a la Naturaleza.

En México, la cultura no se agota en lo observable sino que se vuelve infinita en lo inobservable y lo intangible que se transmite desde los choznos hasta nuestros hijos aun en esa ausencia añosa, porque en México todo está interconectado. Desde las entrañas de nuestra tierra, nuestra historia clama por ser descubierta.

En México, el tiempo parece distinto… hasta parece ausente, inexistente, jamás tenido, y otras, las menos, parece correr de prisa, con una velocidad impalpable. Nadie tiene cita con el tiempo, nadie lo entiende igual al resto del mundo. Hay quien hace de su vida y de su tiempo algo semejante a las vidas contenidas en Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, a quien la ilusión le pareció cara pues le hizo vivir más de lo debido.

Hay pueblos que saben a cultura, y México sabe y huele a cultura, como esa, nuestra Guadalajara de antes que olía a tierra mojada, a tierra viva, a tierra con historia.

Hoy tenemos una Secretaría de Cultura a nivel federal. En Jalisco ya la había. Cultura ya la había y sólo faltaba quién la cuidara… gracias señor presidente.

benja_mora@yahoo.com