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VIDA URBANA | Perder la razón

VIDA URBANA | Perder la razón

Jun 11, 2016

Por la razón, pensamos, reflexionamos e inferimos, y es por ello que entre los antiguos se creía que, cuando los dioses querían extraviar a alguien simplemente le hacían perder la razón de tal forma que no reconocía lo que tenía enfrente y menos aún era capaz de cuestionarlo. En su vida ya no había coherencia y por tanto actuaba sin ton ni son en una contradicción permanente.

Lo que en antaño era una maldición, hoy parece forma de vida que satisface y sirve de ejemplo.

Se desdeña a los principios tautológicos, aquellos que se explican por sí mismos; es así, que el principio de no contradicción simplemente se juzga como indolente y autoritario… casi dictatorial.

Hoy, ante esas «mayorías minoritarias» es posible navegar en el mar de la esquizofrenia. Hoy se cree democrático que una proposición y su negación puedan ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se obliga a la inclusión lo que nace excluyéndose y por la exclusión tiene sentido.

Vivimos en el arrebato del sinsentido ontológico. Desde los pasillos del poder y los salones de las componendas políticas se cree que se puede ser y no ser al mismo tiempo, y que cerrando los oídos a las demandas ciudadanas, estas se callarán.

Desde Veracruz, Chihuahua, Quintana Roo… crecieron voces y profundizaron enojos e indignaciones por la corrupción de sus gobernadores, y quien debió detenerlos no lo hizo, ni a tiempo ni a destiempo, ni en forma. Se perdió la razón del gobierno y la razón de la justicia. Y el ciudadano se separó de quien había confiado y votó en su contra.

Se alega que la democracia triunfó en la derrota del partido castigado. No fue así, no es así. La democracia no fue oída a tiempo ni atendida según la gravedad de la denuncia. Se perdieron años de desarrollo que no podrán recuperarse. El dinero desviado y robado no llegó a quien estaba dirigido y éste perdió años de bienestar y mejora.

Que quede claro: La democracia no triunfa en el proceso electoral sino en el ejercicio justo y correcto del poder y en la aplicación inteligente e incluyente de los recursos públicos. La democracia no puede reducirse a lo que hacemos en un día de elecciones cada tres o seis años, sino a lo que cumplimos durante esos tres o seis años.

Aristóteles en su Metafísica nos muestra las consecuencias intolerables de no entender el principio de la no contradicción. Es algo que debimos aprender en preparatoria… pero no, hoy ni a base de golpes lo comprendemos.

Nos sentimos ufanos de vivir en una democracia tan efímera como lo que dura un día y, al mismo tiempo, tan decepcionados como esos tres o seis años de abusos de poder y robos y desviaciones y ocurrencias y complacencias y complicidades. Navegamos en un mar de sargazos que nos hunden los barcos en que navegamos.

He denunciado corrupción y se me ha mandado callar como si con ello la corrupción desapareciera o nadie más se diera cuenta, como si yo fuera el único loco en verla. Se comportan con avestruces que entierran la cabeza y dejan expuestas sus vergüenzas cuando se sienten amenazados… y los hilos de la justicia se rompen por lo más delgado, como ha sido siempre.

En la Roma imperial se decía que todos los caminos a ella conducían, pero pregunto, ¿si así fuera, como era, entonces, posible salir de Roma? ¿Y cómo es posible, hoy, salir de esta contradicción democrática si todos los caminos del poder en México parecen conducir a la corrupción?

Hay un camino, un solo camino, encerrado en otros de esos principios tautológicos: el Principio de la Identidad… ser igual a uno mismo, o dicho con otras palabras, ser leal a mí y no perderme en la vulgaridad de las masas. No me corrompo porque amo a mi patria, y denuncio porque amo a mi patria, y no me doblego porque amo a mi patria. Y amo a mi patria porque es el continente en que pervive mi pasado y se posibilita mi futuro ontogenético y filogenético.

Lamento que las elecciones pasadas estuvieran definidas por la esperanza del castigo al corrupto y no por un proyecto de nación y estado en lo social, económico, ambiental, político y de derechos humanos. Nos perdimos entre los enojos y los clamores de justicia, que quizá no llegue —la justicia penal— porque hasta hoy nunca lo ha hecho.

Nace el sistema de justicia penal acusatorio pero pregunto de qué servirá si ante las acusaciones y los clamores sociales contra gobernadores y demás funcionarios corruptos no se actúa. Y de qué democracia hablamos si la exigencia ciudadana no se atiende.

En las mesas de «análisis» poselectoral en televisión y radio, todos se han vuelto reduccionistas, y hablan de los malos gobiernos que aún siguen y que ni por vergüenza renuncian, y nadie revisa los compromisos de los nuevos gobernantes; quizá y solo quizá porque adivinan desde ya que no se cumplirán y la historia nacional se repetirá. Pareciera que nuestra democracia electoral es solo entre caníbales.

Ojalá el análisis crezca de nivel y rica en temas. Ojalá no nos enorgullezcamos de tener elecciones sin incidentes y sí de lograr gobiernos que nos brinden certezas y cuiden de abusos y torpezas.

Que no perdamos la razón de hacer y ser gobierno y la razón de buscar el poder: el bienestar del pueblo, el bienestar tuyo y mío, el bienestar de nosotros, de todos.

benja_mora@yahoo.com