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VIDA URBANA | Psico Renovaciones Urbanas

VIDA URBANA | Psico Renovaciones Urbanas

Ago 8, 2015

De siempre he creído que las ciudades son la creación más maravillosa del ser humano. En ellas se propician encuentros de semejantes y diferentes, se fraguan identidades y pertenencias, se construyen culturas y provocan contraculturas, y se diferencian la urb de las civitas.

Día tras día, sin mediar reflexiones profundas, nos internamos en la jungla de edificios, de equipamientos urbanos avejentados prematuramente, de aceras invadidas y obstruidas por comerciantes informales que en las discrecionalidades oficiales oficializan la ilegalidad, de arroyos de autos que nos arrollan y de invasiones tribales con sellos partidarios, en la búsqueda de un espacio libre en una ciudad apropiada por concesionarios de estacionómetros y fotoinfracciones; de una ciudad que hace tiempo nos fue expropiada sin indemnizarnos jamás.

Imaginarios arquitectónicos materializados en espacios agolpados que asfixian. Contra natura del deseo humano de un espacio público vivible y vivificante; espacio hecho para su disfrute.

En Guadalajara se suman voluntades y se provocan oposiciones a los proyectos de regeneración urbana como el del corredor/andador de López Cotilla. Ausente de socialización, el proyecto estatal con recursos federales e intervención municipal, impone y dispone, negocia y sede, según el interactor ciudadano al que se enfrenta la autoridad.

Aún es temprano para saber qué resultará de la intervención oficial, aunque pareciera será la sensación, confort y seguridad que podría atraer nuevas inversiones y provocadas renovaciones de inmuebles. Tengo esperanza en que el ingenio y la creatividad florecerán; sin embargo…

A tirones y apretones se negocia, y quizá sin saber, los vecinos se apropian del proyecto según imponen criterios. Descubro —estuve en una reunión, en el medio de la calle, entre autoridades y vecinos— que el espacio público se vuelve amable y se crea un nuevo lenguaje tribal, mas no porque así lo haya imaginado la autoridad sino porque los ciudadanos lo exigieron.

La percepción de que la calle de López Cotilla es de todos, crece. El espacio público ya es parte de una identidad que amalgama.

La sinuosidad del trazo de la calle es criticada por quienes defienden el «derecho» a emborracharse y manejar sin obstáculos qué sortear; nada más perverso y pueril. Nadie tiene derecho a manejar después de beber de más… y aquí cabe Uber, la opción de movilidad segura que el gobierno se niega a reconocer y que los posibles comensales de los restaurantes y bares de López Cotilla, demandarán.

Pero profundicemos en estas renovaciones urbanas que se hacen desde las visiones arquitectónicas pero parecen ausentes de aportaciones de la psicología social: comunitaria y ambiental.

La renovación de la calle de López Cotilla está trazada en un papel por algún urbanista, quizá arquitecto, que desprecia el cómo de los procesos de interacción humana así como los procesos socio-psico-cognitivos presentes en la relación de las personas con su entorno. Nuevamente se impuso lo bonito a lo objetivo de la vida barrial. Se olvidaron que los negocios necesitan suministrarse de bienes y servicios, y sólo alcanzan a responder, ante reclamos justos y claros de los vecinos sobre cómo surtirán el gas a sus negocios si los apeaderos están lejos y las mangueras de los camiones no alcanzan, «es que así está el proyecto». Ni modo, la sensibilidad social no se adquiere con nombramientos gubernamentales.

La parte fundamental, la esencia de un proyecto barrial, gira en torno de los procesos psicosociales de apropiación espacial, que median el uso y la convivencia en esos microterritorios urbanos.

En esa reunión vecinal de banqueta a la que asistí no escuché referencia alguna que me hiciera advertir que tienen una mínima idea de las interacciones que podrían esperarse, con el fin de que la renovada López Cotilla propicie encuentros preimaginados y no desencuentros condenatorios. La regeneración urbana debe potenciar la integración y la cohesión social, y nadie habla de ello.

Tampoco escuché a nadie hablar de los procesos de toma de conciencia comunitaria a partir de un modelo de ciudad de encuentros entre peatones, ciclistas y automovilistas, sin esos trazos primitivos y horrendos de los ciclovías que afean la ciudad de Guadalajara, ni las invasiones de los ciclopuertos de Mi Bici.

López Cotilla parece sustentable en su uso espacial, y podría ser una isla urbana libre de los viene-viene, de los autos estacionados sobre las banquetas y de fritangueros apostados a media acera. Aunque lo dudo. Ya hay fritangueros con permisos.

Termino con una propuesta: Que se entienda que los trazos arquitectónicos urbanistas son sólo eso, trazos, y que toda renovación urbana necesita contener al cambio social como su propósito fundamental, y que para lograrlo se necesita hablar más del ser humano que de banquetas, arroyos vehiculares y jardineras. La civitas necesita de psicólogos sociales y sociólogos, más que urbanistas que confunden a la civitas con la urb.

benja_mora@yahoo.com