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VIDA URBANA | Robar esperanzas

VIDA URBANA | Robar esperanzas

Dic 12, 2015

El imaginario colectivo parece coincidir cuando se señala que la corrupción desde el gobierno se volvió descarada e inmensurable, que ya no se espera, que ya ni siquiera se insinúa, que ahora se exige, abiertamente se exige. ¿Quieres un contrato de 4 millones y medio de pesos, entonces debes entregarme, por adelantado, uno y medio millones si quieres que tu asunto camine. Así y sin más vergüenza, se desborda la corrupción que a todos daña, ofende, enoja e indigna pero que sin embargo se trivializa con el clásico: «no importa si roban… todos lo han hecho… lo que queremos es que, al menos, hagan algo».

Se insiste en que hombres y mujeres abandonan el sentido del servicio público para, «ahora», como nunca antes, servirse a sí mismos/mismas. Una nueva moral transgresora irrumpe y desestabiliza a la sociedad. Anomia psicológica, patología social, de un sistema social incapaz de contener a su gente, y de un gobierno que se sabe juzgado por el pueblo y al que el pueblo —como alguna vez se dijo— le vale una pura y dos con sal.

Parece que estuviéramos ante un Estado que se volvió anónimo cuando la corrupción y la permisividad se institucionalizaron. La desconfianza ciudadana irrumpe y rompe, hiere y mata a la democracia como un síndrome de esta nueva realidad.

Síndrome fatalista caracterizado por la impotencia, la desesperanza, el descrédito, la desconfianza, que descubre en la corrupción al peor de los ladrones: al ladrón de esperanzas.

Hay excepciones que confirman la regla. Hay excepciones —miles— entre quienes aún no están enterados de que Dios ha muerto, con sus pilares morales. caducos e inservibles; valores que hoy se hunden en el mar de los olvidos, por irracionales y nada prácticos.

Nuevos dioses terrenales exigen sacrificios.

Platón decía que no había nada mejor para un hombre virtuoso que el mantener contacto con los dioses mediante ofrendas y votos; pero hoy, las ofrendas y los votos se volvieron letras de cambio al tiempo que las virtudes dejaron de tener sentido y empezaron a ser lastre que estorba y molesta.

Con ofrendas y votos se conjuran los peligros y exorcizan condenas, y la expiación de las culpas se hace más fácil y hasta placentera. La complicidad hace que la mentira se oficialice.

En la antigüedad, Apolo libraba al asesino de su culpa con solo una ramita de laurel; hoy se libra de culpas de quien traficaba con marihuana y otras drogas con solo cambiar el debate: se droga responsable y lúdicamente.

Exacto, el mal no está en quien llega al gobierno y se corrompe, sino en una sociedad que se volvió permisiva con solo cambiar paradigmas, pues desde esa misma sociedad surgen los hombres y mujeres que «nos han de servir».

Los valores mueren y los antivalores emergen. Dios ha muerto y el nuevo hombre aparece como un nuevo dios terrenal, permisivo a ultranza e irreflexivo a nivel de demencia.

Pero entendámoslo: La permisividad —espejo ilusorio de libertad— implica la no existencia del bien o del mal, y con ella, de vidas vacías que se pierden en el hedonismo que se satisface sin medida. El individualismo se defiende y lo colectivo pierde sentido. El relativismo lleva a afirmar, como dijera Niurka, «es mi veldá» que puede o no coincidir con eso que alguna vez existió: La Verdad Absoluta.

Conceptos como verdadero y falso, bueno y malo, justo e injusto, noble e innoble, se vacían de contenido cuando el continente pierde fronteras, cuando se vuelve poroso.

La vida en común pierde su sentido de trascendencia que nos orienta hacia la entrega, hacia el servicio, pero sobre todo, a triunfar sobre nuestros deseos personales.

Todos somos testigos de la virulencia con que maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se oponen a su evaluación y de taxistas que se niegan a mejorar en su servicio, así como de vendedores ambulantes que invaden calles y banquetas… y exigen respeto aunque ellos no respeten nada ni a nadie.

Miguel de Unamuno escribe en su Diario íntimo «Se dice y acaso se cree, que la libertad consiste en dejar crecer una planta, en no ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no podarla, obligándola a que tome ésta u otra forma; en dejarla que arroje por sí y sin coacción alguna, sus brotes y sus hojas y sus flores. Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces y de nada sirve dejarle al árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus raíces se encuentran al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida o con tierra de muerte».

Maestros de la Sección 22 de la CNTE en Oaxaca atropellan y matan a uno de sus compañeros, y buscan, desde la mentira, librarse de toda responsabilidad, acusando al gobierno de lo que ellos mismos provocaron.

En la búsqueda ávida del placer se introducen nuevos paradigmas como el «ser dueños de nuestros cuerpos y vidas». En las promesas de la nueva libertad quedamos atrapados en esa red que nosotros mismos construimos y de la cual no tenemos salida.

Los dos nuevos pilares sobre los cuales apoyamos el futuro de la humanidad son el hedonismo y la permisividad, vacío de responsabilidad y compromiso. En esa condición ¿cómo no llegar al gobierno y servirse de sus bienes?

benja_mora@yahoo.com