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Vida Urbana: Ser comparsa de Donald Trump

Vida Urbana: Ser comparsa de Donald Trump

Oct 21, 2017

Benjamín Mora Gómez //

Un día le dije a mi nieto mayor: No creas todo lo que temes. 

En medio de los vaivenes emocionales matutinos de Donald Trump, aún hay quien se deja envolver en el frenesí de su esquizofrénica carrera hacia la pérdida de la razón y el poder. Escucho con asombro a quien se auto denigra, denigrando con palabras al equipo negociador mexicano del Tratado de Libre Comercio para América del Norte al negarle cualquier capacidad de defender los intereses del pueblo mexicano, consumidores y comerciantes, y la nación mexicana por entera.

No salgo de mi asombro cuando esos timoratos afirman que el equipo del gobierno de Donald Trump tiene todos los ases en sus manos y que nosotros no alcanzamos a juntar ni un par de cartas de igual palo -que no sirven para nada- y en cambio, se niegan a escuchar los lamentos de los washingtonianos tras cada ronda de negociación.

A ellos les recuerdo las palabras de Robert Lighthizer, representante comercial de Estados Unidos de América, tras la cuarta ronda de negociaciones: “Francamente, estoy sorprendido y decepcionado de que no haya habido disposición para aceptar nuestras propuestas”. Quizá, solo quizá, Lighthizer o Trump se creyeron Vito Corleone cuando dijo: “Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar”.

El gobierno de Donald Trump abre más puntos de conflicto de los que puede atender y, en un mundo globalizado, recula y se aísla, se protege de lo que su propio país construyó. Arabia Saudita ha dejado de ser el mejor socio en Medio Oriente para los norteamericanos y ahora se acerca a Rusia. China se prepara para ocupar el lugar de Estados Unidos de América en el concierto comercial en el mundo, sobre todo, ahora que Trump abandona a la Unesco y amenaza con salirse de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Dicen que discutir con quien ha abandonado la lógica es como dar medicina a un muerto… pero pregunto si alguna vez Trump ha imprimido sentido, rumbo y lógica a su vida, y si, al cabo de unos meses, terminará por descarrilar a su gobierno y país.

Es tiempo de tomar en serio a Trump y mandarlo al cuerno. No es el peor enemigo de México pero sí creo que difícilmente encontraremos a alguien que lo haga con tanto esmero.

Donald Trump me parece como sacado de alguna de las películas de los hermanos Marx… más específicamente de El conflicto de los hermanos Marx (1930) en donde Groucho interpreta al explorador Geoffey T. Spaulding quien en algún momento dice: “Una mañana me desperté y maté a un elefante en pijama. Me pregunto cómo pudo ponerse mi pijama”, y me pregunto, ahora, cómo pudo Trump engañar a los grandes electores norteamericanos… sí, a esos sabios de la democracia gringa que lo eligieron en contra la voluntad del pueblo que votó, en su mayoría, por la señora Hilary Clinton.

Recuerdo la primera vez en que en familia viajamos a Tucson, Arizona, viviendo en Guaymas, Sonora. Yo tendría unos 6 años. Apenas yo empezaba a leer y de alguna manera supe –no sé cómo- que había lugares en que “no se aceptaba negros, perros ni mexicanos”-. Enojado, exigí a mi padre regresar a México pero él me dijo: No, no vamos a regresar a México sin antes dar el primer paso para que esa discriminación acabe. Regresar sin dar la lucha sería tanto como darles la razón a estos gringos y al hacerlo, sería tanto como avergonzarnos de nosotros mismos. No hijo, eso jamás lo deberás aceptar.

Nos quedamos en Tucson, en el hotel Pioneer; nosotros elegimos en dónde estar y a dónde ir, y con quién estar, y volví a Guaymas orgulloso de ser mexicano y muy contento de saber que había gente buena que allá nos quería… y Tucson se volvió la primera ciudad gringa que sentí como propia con su Old Tucson y su espectacular Mount Lemon.

Fue mi primer paso para saberme parte de la humanidad.

Por ese momento, que aún recuerdo de mi infancia. es que a la incontinencia verbal de Trump la miro como aquel que por días tejió un lazo con el que terminó ahorcándose.

Lo que hoy negociamos entre Canadá, Estados Unidos de América y México nos sacará de nuestro letargo. Nos llegamos a sentir confiados en que las cosas iban bien para todos cuando no era del todo cierto. No imaginamos ni intuimos que lo que no cambia termina por morir de aburrimiento y no hay nada peor que dejarse acompañar por gente aburrida. El mundo había cambiado y nosotros nos manteníamos en un pasado lejano y distante.

Canadá ha puesto en la mesa de negociaciones la necesidad de que México mejore los salarios de sus trabajadores. El debate quedó, en México, a nivel de escucha de oídos sordos. Lo justo y humano de la propuesta canadiense atemorizó a los empresarios mexicanos y preocupó al gobierno mexicano en sus tres órdenes. Se debe asumir como un compromiso a resolver en el corto plazo. No podemos crecer a costa de lo injusto, de lo innoble, de lo abusivo, de lo inhumano.

Dejemos pues de oír a los agoreros de las malas noticias y de reenviar los memes que atentan en contra de nosotros mismos. Tengamos dignidad y recobremos ese orgullo de ser mexicanos. Dejemos de burlarnos de quienes somos.

Entendamos que si Trump nos odia es porque somos todo aquello a lo que él teme por ser mejores en todo.