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VIDA URBANA: Ser hombres de verdad

VIDA URBANA: Ser hombres de verdad

Nov 30, 2013

Por Benjamín Mora Gómez—-

Cuando niño se me dijo: “Cuando al fin te mires en los ojos de esa mujer especial que llegará a tu vida, te comprenderás como hombre”; yo tenía apenas nueve años de edad y, sin embargo, me conmovió. La vida, que todo lo contiene, me aguardaba con tal regalo en una tarde de verano aquí en Guadalajara… me bastó con mirarla para saberme conquistado; ella tardó 10 años en dejarme mirar en sus ojos.

Con el tiempo aprendí que la primera virtud que define al hombre que de verdad se precie de serlo es el saber amar a su mujer y a sus hijos… a su familia; tal como me decía mi madre. Y que un hombre así siempre respeta a la mujer.

La mujer, al igual que el hombre, tiene en sí el potencial de trascender sobre sí misma, y creo, lo comprende y cumple mejor que el hombre. La mujer al dar la vida, entiende y comprende mejor lo que la vida representa y significa. La mujer sabe darse mejor que el hombre, y eso la hace tan especial.

Amar a la mujer necesariamente implica encontrarnos con su esencia, con aquello que la hace ser mujer, aquello que la diferencia del hombre, que la explica, aún en el supuesto de ser incomprensible… y es que a la mujer no se le puede explicar ni comprender ni amar desde lo general sino en forma muy personal, de hombre a mujer.

La mujer nunca es igual, ni ante otras ni ante sí misma. Es alma y espíritu en permanente metamorfosis, en un cuerpo que nos deleita y maravilla al hombre, pero que adquiere plenitud en su esencia más íntima. Sólo la mujer como persona posee esencia, y nunca como género.

Cuando nos miramos en los ojos de una mujer descubrimos que en ella se anida la más grande exaltación de Dios.

La diferencia entre nosotros, los hombres y la mujer no es meramente accidental o corporal sino esencial… somos esencialmente diferentes para así complementarnos y unidos, descubrirnos como creaturas llamados a crear. Damos vida no para que nuestra especie permanezca sino para que trascienda.

No es la coherencia genética y fisiológica la que nos define como especie, como hombres y mujeres, sino nuestra ansia de ser lo que elegimos, y el ayudarnos mutuamente para alcanzarlo. Detener a la mujer en su proceso de ser mujer es un crimen que llevamos todos como especie y que parece aún distante de resolver.

En el mundo, día con día, miles de mujeres son violentadas por quienes ellas esperaban ser amadas y protegidas. Violentadas por hombres que fallan como compañeros, novios, amantes, esposos y claro, como hombres. Hombres empequeñecidos ante la grandeza de la mujer.

El maltrato, el acoso y la manipulación son expresión de un mismo mal; así de compleja es la misoginia.

Cada año, miles de mujeres son asesinadas en manos de sus parejas; miles más terminan en hospitales, y millones callan por vergüenza o por no saberse dignas de vivir sin violencia, amadas y protegidas. Entre esas mujeres violentadas hay niñas que son abusadas por algún familiar o amigos de casa; ellas son aún más vulnerables, invisibles, ignoradas, despreciadas por quienes debían protegerlas… incluso por gobiernos negados a asumir sus más elementales responsabilidades.

En 1975, Naciones Unidas con motivo de la Conferencia Mundial sobre la Mujer urgió en la “necesidad de una aplicación universal a la mujer de los derechos y principios relativos a la igualdad, seguridad, libertad, integridad y dignidad de todos los seres humanos”.

Por iniciativa del Gobierno de República Dominicana, el 25 de noviembre de 1999, Naciones Unidas aprobó declarar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La Organización Panamericana de la Salud estima que alrededor de la mitad de las mujeres en América Latina han enfrentado algún episodio de violencia intrafamiliar. ¡Triste condena!

Desde siempre, la mujer ha tenido que remar contracorriente en la procuración del reconocimiento de su dignidad como ser humano.

Según algunos teóricos, no se teme a la mujer… y quizá tampoco se le odie… pero sí se teme a la perdición que trae consigo y que nos lleva –a los hombres– por el camino que nos conduce hacia a los árboles prohibidos del bien y el mal, y del conocimiento, presentes en el Génesis bíblico.

En nuestra tradición judeocristiana, la mujer ha cargado con una culpa que sólo pudo crearse y recrearse en las fantasías y malformaciones misóginas de quienes inventaron eso de que una serpiente fue capaz de hablar y engañar para hacernos pecar, pero donde la mujer fue la incitadora también del resbalón de pobre de Adán ¡pamplinas!

Esta posible mala herencia cultural no es sólo judeocristiana; la hay en todos los pueblos. Así, por ejemplo, tenemos a las sirenas que en la mitología griega son deidades marinas capaces de hechizar a los marineros con sus cantos, haciéndoles perder sus voluntades y sucumbiendo a su belleza y encantos. Las sirenas tienen en sus colas de peces el símbolo de su impureza y prostitución.

¡Pobres de nosotros, los ingenuos hombres, que ante la belleza y encantos de la mujer sucumbimos!… tan faltos de voluntad y llenos de explicaciones que nos excusan y liberan de toda responsabilidad. Cobarde negación de lo que nos hace inventar engañifas.

Cobardía soez que nos empequeñece, insisto. Yo camino por otro sendero. Sucumbo ante la mujer y ante cada una de sus virtudes, aun ante lo que de ella en algún momento me enoja y desespera, ante lo que no comprendo, ante lo que me confronta, ante lo que me confunde, pero también ante lo que me deleita y subyuga, ante lo que me conquista, me redime, me explica, me hace ser, me inspira.

Laura Hernández Muñoz, embajadora de poetas del mundo en México, durante el Foro Internacional de Poesía “La mujer rota” (Guadalajara, 2008) calificó a la misoginia como el odio a las mujeres disfrazado de amor, en la que el varón misógino tiene una visión deformada de sí mismo. Laura Hernández habló del hombre que encuentra “placer al ir disecando lentamente el espíritu femenino sin matarlo”, que no siente ni dolor ni remordimiento ¡vaya perversidad!

Siendo yo director general del DIF municipal en Naucalpan de Juárez, recibí a una señora con su menor hija de escasos 12 años, violada por su padrastro. A él lo “refundí en el bote”, a la madre e hija les brindé todo el apoyo psicológico que estuvo en mis manos y yo sufrí de depresión varias semanas por no comprender tanta maldad humana.

Cambiemos como hombres para hacernos dignos de la mujer. Seamos hombres de verdad para merecer el amor de esa mujer que nos redime, explica e inspira. Por la mujer, seamos hombres de verdad.

benja_mora@yahoo.com