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Vida Urbana: Soliviantar al acoso

Vida Urbana: Soliviantar al acoso

Ene 14, 2018

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Benjamín Mora Gómez // 

Una vez, yo estando en la universidad, una amiga me dijo: “A las mujeres nos gusta que nos rueguen” como explicación del por qué me había rechazado a una invitación a comer; yo simplemente tenía hambre y la invitaba a acompañarme, y ella pensó que yo buscaba una cita. Cuando comprendí mi equivocación no quise entrar en explicaciones pueriles ni en desencantos a destiempo.

Aquello fue parte de mi aprendizaje de los cómo los arrumacos y las carantoñas hacen inefable el vibrar de un hombre por una mujer.

Hoy, el tema del acoso sexual en Estados Unidos de América hacia mujeres de alto nivel mediático es noticia y las lleva a vestirse de negro. Razones sobran a la par de que el sentido de oportunidad las hace visibles y escuchadas. Bien por ellas y por todos nosotros, los hombres. Sin embargo, hay mujeres que alertan sobre otras consecuencias indeseables para aquellas que gustan del galanteo, flirteo y cortejo masculino. Es un debate interesante que podría volverse intenso aunque de evidente claridad: Si quien actúa no es la persona correcta, el mensaje molesta, la caricia no es la deseada y el momento tampoco es el oportuno, entonces podríamos estar ante un hecho de acoso sexual; adicionalmente, deberá contener una cierta dosis de poder de quien acosa y de debilidad de quien lo sufre, sean mujer u hombre la víctima, y sea hombre o mujer quien acosa. El acoso sexual afecta la dignidad de quien lo padece y ofende a quien lo recibe. El acoso sexual podría ser equiparado al hostigamiento sexual callejero en donde la víctima también está en una posición de debilidad ante el agresor.

Hay un hecho que lo distingue con la mayor claridad: En el “enamoramiento”, la mujer y el hombre desean acercarse –el uno al otro- y en el “acoso sexual”, una de las partes no lo desea, le incomoda, lo rechaza, le asquea. En el primer caso, ambos se siente bien y complementados; en el segundo, una de las partes, no. Lo sutil es fundamental y es un asunto de libertad.

El acoso atenta en contra de un derecho básico, el de la “libertad sexual” que según la define María José Lubertino es la posibilidad de los individuos de expresar su potencial sexual, libre de coerción, explotación o abuso en cualquier tiempo y situaciones de la vida, y que además conlleva el derecho a la autonomía sexual, la integridad sexual y la seguridad del cuerpo sexual, que incluye el control y el placer de nuestros cuerpos libres de cualquier violencia. El enamoramiento endulza la vida e ilumina a dos almas; el acoso amarga, es ácido y oscuro, vil y estúpido.

El acoso sexual no se queda en el hecho mismo sino que trasciende a lo cotidiano, a lo comunitario, a lo social y a lo cultural y coloca a la mujer, especialmente a la mujer, como la provocadora, la incitadora, la encarnación del mal y no como la víctima. Este, para mí, es el tema oculto del que no se toma consciencia colectiva ni asume compromisos gubernamentales y hace del acoso sexual algo que deprime, angustia, genera ansiedad, provoca tensión emocional, insomnio, irritabilidad y otros trastornos psico-emocionales. El acoso es perverso por todo aquello que lo justifica desde la mentira del poder, del poderoso.

El acosador tiene una enferma necesidad de dominar y controlar, es tozudo y obstinado, no acepta la discrepancia y ni mide las consecuencias. Es narcisista, calculador y carente de profundidad en sus sentimientos. No se conmueve del dolor. Culpa a la víctima y así expía sus males.

Se reconocen diversos factores que aumentan el riesgo de sufrir acoso e incluso violencia física sexual, entre los que destacan: antecedentes de abuso físico o sexual en la niñez, exposición en la niñez a la violencia entre los padres, opiniones favorables a la inequidad de género, aceptación de la violencia, personalidad antisocial, normas tradicionales y sociales favorables a la superioridad masculina o sanciones jurídicas y comunitarias poco rigurosas contra la violencia (Jewkes R et al. Gender inequitable masculinity and sexual entitlement in rape perpetration South Africa: findings of a cross-sectional study. PLoS ONE, 2011, 6(12):e29590; también en Watkins B, Bentovim A. The sexual abuse of male children and adolescents: a review of current research. Journal of Child Psychology & Psychiatry, 1992, 33(1):197– 248.).

Pero esta historia tiene otra cara que fácilmente engaña: el trueque sexual consciente y voluntario. En Hollywood se habla –y lo aplaudo- del acoso sexual de directores y productores pero quién podría negar el trueque voluntario de placeres clandestinos por algún papel en la película deseada o del trueque de placeres en el gobierno, la empresa, la industria o la escuela como esencia de una persona de “moral distraída y encendidas fantasías” que se ofrece. La prostitución encubierta es una realidad que debe reconocerse.

Con todo, no veo que en Estados Unidos de América se inicien leyes que combatan el acoso; se quedan, para vergüenza suya, en despidos laborales de los acosadores. Ninguno de los acusados en medios ha sido indiciado como delincuente ante un juez. La pregunta es simple: ¿Por qué?

E-mail: benja_mora@yahoo.com

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