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VIDA URBANA | Un camino de cambio

VIDA URBANA | Un camino de cambio

Dic 5, 2015

A María Elena, mi madre, quien me enseñó a amar la música.

 

Decía mi madre: «La música es el arte de las musas», y ante ellas, por respeto, uno/una debemos callar y escuchar… aprender. Mi madre fue quien, siendo yo aún niño, me dijo: «Los latidos del corazón de la madre son la primera expresión viva de música para el bebé que se gesta en el vientre de ella; sonidos que toda la vida le acompañarán».

Recuerdo ese día como si fuese ayer mismo. Era verano, que como todos los veranos en Guaymas, se sentía muy caliente, y también era ya de tarde, refrescaba, y el sol se empezaba a ocultar allá tras las montañas de la Baja California y el cielo de la mar de Guaymas se vestía de rojo. Mi madre, sentada frente a su piano, tocaba Estrellita, de Manuel M. Ponce, y nosotros, mi hermana y mis otros 4 hermanos conmigo, la escuchábamos sentados en el suelo a su lado.

Siempre nos tocaba alguna canción mexicana tradicional, una de algún compositor clásico y varias de Cri-cri o de otros autores para niños/niñas que cantábamos y bailábamos, y descubríamos que, por la música, nos volvíamos universales y atemporales, y que por la música escuchábamos a las almas de compositores que ya habían muerto o que nunca podríamos conocer personalmente por vivir lejos de Guaymas, de sus arenas de mar y de desierto, de sus naranjales y sahuaros, y de sus atardeceres de tornasoles únicos en el mundo.

… y de entre toda la música, de todos los tiempos, para mi madre, la más hermosa fue siempre el Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel, que según nos decía, sería lo más cercano a los cantos celestiales de los ángeles.

El tono, el compás, la intensidad, el timbre y los sonidos y silencios concurrentes y armónicos de la música siempre me maravillaron. El descubrir que cada mano podía hacer cosas distintas y complementarias, al mismo instante, me parecía extraordinario, y que músicos con diferentes instrumentos y partituras pudieran interactuar, complementándose, me extasiaba. No podría imaginar nada igual al momento en que una orquesta interpreta lo que, en algún momento, sintió un compositor.

En la semana que recién terminó, asistí a la entrega de 40 instrumentos musicales a igual número de niñas, niños y adolescentes de la comunidad Los Volcanes en Puerto Vallarta, y la alegría de todos/todas ellos y ellas desbordaba y contagiaba.

Una niña de escasos 8 años me abrazó y dijo: «Esto es mejor que la Navidad». Y con su abrazo, me dejó en mi pantalón un pequeño recuerdo de algún dulce que recién comió.

40 vidas que se abren a un mundo lleno de magia, de esperanzas y de certezas, y que el Instituto Nacional de Desarrollo Social apoya por la gestión de la Escuela Orquesta de Puerto Vallarta. 40 vidas que nos muestran un camino distinto de cambio social. 40 vidas que toman a la música como un camino de vida.

La Escuela Orquesta une a los extremos sociales de Puerto Vallarta. En sus salones se encuentra quien vive sin ninguna carencia económica con quien quizá deba caminar largos trechos para llegar a la escuela.

La Escuela Orquesta también ha abierto oportunidades de educación superior a tres jóvenes, mujeres y hombres, hoy becados por la Univa y el Tec de Monterrey, por el simple hecho de ser músicos… y quizá haya más que desconozco.

La Escuela Orquesta ha transformado los caminos de niños y niñas, quienes, por la música eligieron ser diferentes. Conocí de un niño que quería ser “cholito” y que ahorraba para su primer tatuaje; hoy dedica su vida a la música y ahorra para comprar nuevas partituras.

Según Ellen Dissanayake, quien seguro entiende y sabe más que yo sobre la inteligencia musical y, además, coincide con mi madre, nos propone que la habilidad musical en el hombre y la mujer se desarrolló durante el proceso de hominización como una forma de asegurar una interacción de apego entre madres e hijos e hijas, por medio de vocalizaciones, movimientos corporales y expresiones faciales, que luego se extendieron a otras interacciones de los demás miembros de la comunidad.

No sé cuándo empezó la música, pero sin duda, el primer compositor fue Dios al hacer pasar el viento entre las hojas de los árboles, y al dejar correr el agua por los cauces de los ríos, en sus remansos y en sus rápidos, y en sus cascadas, y en el vaivén de las olas del mar y en su romper entre rocas, y al regalar a las aves el don del canto. Dios fue el primer compositor y lo hizo muy bien… y hoy aún lo hace muy bien, y todos los días por venir, nos mostrará, amoroso, la delicia de la música que Él nos regala.

Que Indesol apoye proyectos de esta naturaleza me parece más que acertado en un mundo político en donde las humanidades reciben como trato el del recorte, el desplazamiento y el menosprecio. Que organizaciones ciudadanas como la Escuela Orquesta de Puerto Vallarta se acerque a los recursos públicos para transformar vidas, me hace confiar en que vamos por buen camino.

benja_mora@yahoo.com