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Visor internacional: LA CONTIENDA REPUBLICANA

Visor internacional: LA CONTIENDA REPUBLICANA

Feb 18, 2012

Las elecciones primarias, que se están llevando a cabo en los Estados Unidos por el partido Republicano para elegir a su candidato a la Presidencia del país, a celebrarse en noviembre de este 2012, se desarrollan de manera interesante con algunas revelaciones –leídas entre líneas y mencionadas de manera por demás sutil y a veces estruendosamente, incluso por los mismos actores políticos en cuestión– que nos permiten vislumbrar o cuando menos especular lo que espera a buen número de pobladores mundiales, dependiendo de quien resulte triunfador en la simulación democrática a finales del año.

 

Este tipo de elecciones, “primarias”, se originaron desde la época de Theodore Roosevelt –a inicios del siglo XX– cuyo partido político, el Partido Progresista, fue el primero en llevarlas a cabo. Roosevelt, un republicano de espíritu e ideales progresistas, se preocupó por el bienestar de las mayorías, la lucha contra los monopolios y la regulación de las empresas –aun cuando él era de acaudaladas familias norteamericanas–. Fue, además del presidente de Estados Unidos más joven de su historia –tenía 42 años cuando fue electo– el primer norteamericano en recibir un Premio Nobel (el de la Paz); este reconocimiento le fue entregado por su intervención en la negociación del fin de la Guerra Ruso-Japonesa.

 

Promovió además la terminación del Canal de Panamá, tras el fracaso de los franceses (quienes habían iniciado el megaproyecto transoceánico); empresa que le produjo jugosos beneficiosos y ganancias de las que Estados Unidos siguen disfrutando hasta el día de hoy.

 

Respecto a su desempeño en la política internacional, “Teddy” Roosevelt se destacó por su visión expansionista a través del inicio de un imperialismo extracontinental, más allá de la continuación de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”), presentada por el presidente James Monroe –a él se debe su nombre– en su séptimo Discurso del Estado de la Unión ante el Congreso (reporte que da el presidente de Estados Unidos sobre el país ante el poder legislativo y donde también presenta sus propuestas legislativas, tradicionalmente llevado a cabo en el mes de enero de todos los años) en el contexto del proceso de imperialismo colonial que habían reiniciado las potencias económicas europeas por aquellos años del siglo XIX, como la ocupación española de República Dominicana y las incursiones francesas e inglesas en la América continental; algunas de estas continúan hasta el presente, como las islas Falkland (Islas Malvinas) reclamadas como suyas por los ingleses a los argentinos en 1833, despojándolos de ese archipiélago situado estratégicamente en el extremo austral del Continente Americano, un tema a propósito de mucha actualidad, con las recientes manifestaciones argentinas a favor de que el Reino Unido regrese la soberanía de las islas a su gobierno legítimo (tema que se abordará en una próxima edición de este espacio de análisis geopolítico).

 

La Doctrina Monroe, tan vigente como nunca (que los gobiernos estadounidenses han pretendido seguir a pie juntillas, pero con la premisa de que “América”, la contracción de United States of América, para ellos significa su país, no el continente multinacional y multiétnico que los demás habitantes del continente sobreentienden) tiene sus orígenes en la llamada Doctrina del Destino Manifiesto, basada en la creencia de que Estados Unidos de América –incluso antes de ser una país independiente como tal– era una nación destinada a expandirse de la costa del Atlántico hasta la del Pacífico, según los colonizadores y granjeros que llegaron de Inglaterra y Escocia a los primeros asentamientos anglosajones en Norteamérica.

 

En 1630, el ministro puritano John Cotton escribió: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos”.

 

Retomando esta idea, ya convertida en ideología, el periodista John L. O’Sullivan, publicaba en la edición de julio-agosto de 1845 de la revista Democratic Review, de Nueva York: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

 

Con base en la argumentación planteada por dicho Destino Manifiesto, fue que México terminó perdiendo 2.1 millones de kilómetros cuadrados (más del 55 por ciento de su original territorio) a partir de la secesión de Texas en 1840, despojo que continuó hasta la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, en el que el gobierno mexicano, cuyo presidente era Antonio López de Santa Anna, cedía los estados de Nuevo México, Arizona, Nevada, Colorado, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma, como parte del acuerdo con el que se daba fin a la Guerra México-Estados Unidos –el inicio de las incursiones estadounidenses imperialistas de expansión territorial en América Latina–.

 

El periodo de Roosevelt en la presidencia, continuando la tradición intervencionista estadounidense e iniciando una etapa verdaderamente activa en Centro y Sudamérica, se caracterizó en la política internacional por la doctrina llamada del “Gran Garrote” (Big Stick), nombrada así por el proverbio: “Habla suavemente y lleva un gran garrote; así llegarás lejos”, (“Speak softly and carry a big stick; you will go far”).

 

Esta doctrina buscaba imponer la idea de que el Gobierno de Estados Unidos podría intervenir militarmente a cualquier país que estuviera en contra de sus intereses o del de sus ciudadanos. Para demostrarlo de manera fehaciente, mandó a la “Gran Flota Blanca” (Great White Fleat, flota de combate que estuvo compuesta por cuatro escuadras de cuatro acorazados cada uno, con sus barcos escoltas) a circunnavegar el mundo, para demostrar su poderío militar.

 

En la presidencia estadounidense, después de dos períodos consecutivos, le sucedió William Howard Taft –quien conspiró e instigó para el asesinato de Francisco I. Madero, el primer presidente de México electo democráticamente en el siglo XX–. Los discursos de los aspirantes republicanos a ser el candidato de su partido a la Presidencia de los Estados Unidos, tiene entonces un especial y relevante interés en el contexto actual de la relación bilateral de México con ese país.

 

Mientras el actual presidente, Barack Obama, continúa reuniendo fondos para su campaña –más de 29 millones hasta el momento– anunció el viernes 17 de febrero un plan para financiar a las empresas exportadoras estadounidenses que sufran “desventajas injustas” contra competidores extranjeros –principalmente Chinas para ser precisos–.

 

“El presidente no permitirá que empresas y trabajadores estadounidenses pierdan valiosos negocios debido a financiamiento injusto para exportaciones y usará todos los poderes de su gobierno para asegurar que están compitiendo en igualdad de condiciones”. Declaró la Casa Blanca. “China y otros competidores globales a menudo entregan ventajas injustas para ayudar a que sus empresas ganen negocios en el extranjero”, (Reuters, 17/2/2012).

 

La delicada situación económica del Estados Unidos, que sigue sin mejorar en términos reales y absolutos, obligará –como se ha comentado en este espacio de Visor Internacional anteriormente– a que el actual ocupante de la Casa Blanca siga proponiendo y buscando nuevas formas de reactivar su aletargada economía y, conforme se aproxime la cita electoral, cada vez estas serán más espectacularmeente radicales y populistas, incluso tratando adelantarse a los discursos proselitistas de los precandidatos republicanos en este sentido.

 

En la competencia al interior del Partido Republicano no hay nada definido, aunque se notan ciertas ventajas de algunos sobre otros, como el caso de Mitt Romney en términos generales; sin embargo, en el incremento de la agresividad propia de la contienda política, se pueden llegar a cometer graves errores que, a mediano plazo, pueden convertirse en su tumba por la carrera presidencial; como las desafortunadas declaraciones de Romney hechas durante una entrevista con la conductora televisiva Soledad O’Brien, de CNN, en la que manifestó no estar preocupado por los pobres –ése “minúsculo” porcentaje que cada día se acrecienta más y más– porque “ellos tienen una red de seguridad, y si esta tiene huecos, yo los arreglaré”. Sus dichos, en medio del conocimiento ahora popular, de que tan sólo en los dos años anteriores, los ingresos económicos de Mitt Romney promediaron los 22.5 millones de dólares. Por supuesto que no le preocupan los pobres, si nunca ha tenido empatía alguna con ellos.

 

*Analista geopolítico y consultor en Mercadotecnia Política y Opinión Pública

E-mail: albertogomez.consultor@gmail.com