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VISOR INTERNACIONAL: Mandela, un revolucionario social (R.I.P.)

VISOR INTERNACIONAL: Mandela, un revolucionario social (R.I.P.)

Dic 7, 2013

Por Alberto Gómez —-

Los “hijos de Dios”, nacen con los mismos derechos, oportunidades e igualdad por el sólo hecho de nacer –a cuando menos así debería de ser– como lo proclamaron los enciclopedistas franceses del siglo XVIII, durante la corriente filosófica y política conocida como “La Ilustración”, de donde se desprendieron los ideales para terminar con los poderes dominantes de la época y su forma de gobierno –la monarquía– para dar paso a nuevas formas de gobernar, preconizando el poder de los gobernados y la importancia de tomarlos en cuenta, no sólo explotando su trabajo, sino haciéndolos partícipes de las decisiones del Estado para conformar una sociedad más igualitaria y funcional, El decantamiento de la ideología revolucionario francesa se plasmó en obras literarias como “El Espíritu de las Leyes” (De l’esprit des lois, 1748) del filósofo y ensayista Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu; en ella, plantea la necesidad de separación de los poderes y, en el caso de las monarquías, una constitución como garantía contra el despotismo –tan común en la actualidad en muchos países del mundo–. A partir de esta distinción entre los poderes, y su equilibrio, se conforman los llamados gobiernos republicanos, aplicando los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad –lema de la República francesa y grito de lucha durante la Revolución Francesa– que prevalecen en los espíritus revolucionarios y progresistas en la actualidad, y que Jean Jacques Rousseau imprime en su obra “El Contrato Social”; en ésta, el autor dice que los hombres al aparecer sobre la tierra, se hallan en lo que se llama “Estado de Naturaleza”, que se caracteriza porque todavía no existe ningún gobierno, no hay leyes, no hay autoridad y no se ha formado aún ningún tipo de organización social o política; se trata por tanto de un Estado de absoluta libertad, donde cada hombre hace lo que quiere y no tiene que dar a nadie cuenta de sus actos.
Pero llega el momento en que los hombres se dan cuenta que para defender mejor su vida, su libertad y su propiedad deben agruparse y elegir a alguien para que los gobierne. Así aparece el Estado, siendo éste un acuerdo libre entre los hombres que se han unido para designar al gobernante. Como el gobernante ha sido elegido por el pueblo, en cualquier momento, cuando el pueblo quiera, puede cambiarlo por otro. Al mismo tiempo, la misión de los gobernantes será siempre cumplir la voluntad popular.
La lucha por los ideales del hombre –muchas veces llamados “utopías”, como Tomás Moro lo describió en su célebre obra– nunca ha cesado; prueba de ello son los recientes acontecimientos de protesta alrededor del mundo, de una sociedad que se cuestiona acerca de su presente y preocupados por su futuro y el de las generaciones venideras, ante la perspectiva nada alentadora de seguir el rumbo que los poderes –ocultos– quieren dirigir a las mayorías, controlando sus destinos desde el momento mismo de nacer.
Los movimientos sociales en los países árabes (Norte de África y Medio Oriente), que luego se propagó por Europa y saltó el Atlántico para replicarse en Norteamérica, específicamente en Estados Unidos con el llamado “Occupy Wall Street”, son muestras del deseo de ser libres y vivir en una sociedad justa e igualitaria sin distinción de razas e ideologías políticas o religiosas.
Uno de los propulsores de estos movimientos que ahora son evidentes mundialmente, fue Nelson Mandela, quien falleció el pasado jueves 5 de diciembre a la edad de 95 años.
Su fallecimiento ha consternado y conmovido al mundo, y no es para menos: en la biografía del dirigente sudafricano se condensan décadas de lucha por la liberación nacional, los derechos humanos, la equidad, la democracia y la convivencia pacífica, y su figura generó un consenso planetario de respeto, admiración y reconocimiento.
Nacido en 1918 en una pequeña localidad de la Provincia Oriental del Cabo, en el seno de una familia de la nobleza xhosa –un grupo étnico sudafricano–, Mandela se consagró desde muy joven a las luchas estudiantiles y, posteriormente, con el título de abogado, a la difícil tarea de asesorar legalmente a ciudadanos negros, quienes eran considerados individuos de segunda clase por el infame racismo de Estado que imperaba en Sudáfrica y que fue universalmente conocido como el régimen de apartheid. A mediados del siglo pasado el hoy fallecido líder se integró al Congreso Nacional Africano (CNA), partido que hizo frente al segregacionismo con acciones de desobediencia civil y, posteriormente, por medio de la lucha armada, lo que le valió a Mandela y a otros dirigentes del CNA ser calificados de terroristas por las autoridades del régimen racista, por el gobierno de Washington y hasta por la propia Organización de Naciones Unidas. De hecho, el nombre de Mandela permaneció hasta 2008 en la lista de individuos vinculados al terrorismo que elaboran las autoridades de Estados Unidos.
En julio de 1963 Mandela y otros siete líderes del CNA fueron detenidos, procesados por el delito de traición y condenados a cadena perpetua. Aquel episodio, conocido como Juicio de Rivonia, generó el rechazo mundial al régimen racista de Pretoria. Con Mandela y varios de sus compañeros en la cárcel, la lucha contra el racismo se extendió y se articuló con otros conflictos, como la guerra civil en la vecina Angola y la lucha por la independencia de Namibia. Aunque los gobiernos de Estados Unidos y de Europa occidental criticaban de palabra al régimen sudafricano, en los hechos negociaban con él y lo consideraban un aliado en la contención de la influencia soviética en el sur del continente africano.
En el contexto de una severa y violenta crisis moral, política y económica del régimen racista, Mandela fue liberado, junto con otros 120 integrantes del CNA, en febrero de 1990. Había pasado 27 años en distintas cárceles, lapso en el cual fue sometido a trabajos forzados y a largos periodos de aislamiento. En varias ocasiones el gobierno de la minoría blanca le ofreció la libertad condicional a cambio de que promoviera en su organización la renuncia a la lucha armada, propuesta que fue invariablemente rechazada por el prisionero. Su postura siempre digna e inclaudicable le valió el sobrenombre de Madiba, un título honorífico que los ancianos de su tribu otorgaban a las personas insignes.
Tras salir de la reclusión, Mandela se consagró al proceso de negociación con el gobierno de Frederik de Klerk para desmantelar el régimen del apartheid, proceso por el cual él y el entonces presidente De Klerk recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1993. Un año más tarde, Mandela fue electo presidente de la nueva Sudáfrica y desde el poder inició de inmediato un proceso de reconciliación nacional a fin de hacer posible la convivencia pacífica entre los distintos pueblos que habitan en su país. Una vez terminado su periodo presidencial, en 1999, se retiró de la vida política. (La Jornada; 6/12/2013).
Sin embargo, a pesar de su retiro, Mandela continuó su lucha a través de los herederos de su legado, que seguirán viendo en él, los ideales por los cuales estuvo dispuesto a todo: “He soñado con la idea de una democracia y una sociedad libre en la cual las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal el cual quiero vivir para verlo hecho realidad. Pero si para ello es necesario… es un ideal por el cual estoy preparado a morir”.
Pocas veces el fallecimiento de un líder han causado tanto pesar y consternación –a propósito del reciente 50 aniversario del asesinato de John F. Kennedy–; músicos, actores, empresarios, líderes políticos, activistas, líderes religiosos, la sociedad civil, jefes de Estado, intelectuales, ricos, pobres, todos lamentan su partida. Mandela no sólo fue un activista y luchador social que dedicó su vida a conseguir su objetivo de vida: El respeto, el derecho y la igualdad para su raza. Más allá de su lucha, Nelson Rolihlahla Mandela fue un SER HUMANO ejemplar. Descanse en Paz.

* Académico, analista geopolítico y consultor en Mercadotecnia Política y Opinión Pública
albertogomez.consultor@gmail.com