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La crónica de su compadre: Al Diablo Montoya no le importaba estrellarse contra la barda

La crónica de su compadre: Al Diablo Montoya no le importaba estrellarse contra la barda

Ene 14, 2018

Por Ronnie Camacho (*)

– Llegó el Diablo…-Le informó le dijo el gerente del equipo Rieleros de Empalme a Ronnie Camacho-.

– Ah cabrón, y yo que tengo que ver pinchi Bayo-. –Le contestó-.

– Jajajaja…no, el centro fielder que estábamos buscando, Ramón Montoya, le dicen “El Diablo”…

– Así ha de ser de cabrón -le comenté-. A ver tráelo para verlo y preguntarle si ya puede jugar…

– Qué pasó Ramón, ¿listo?…

– A eso vine, ¿qué no…?

Me gustó  su actitud y pensé para mis adentros: “éste es bravo y nos va a ayudar”. Y así fue. Debutó con una formidable actuación. A la gente le gustó su juego y el carácter fiero con que se desenvolvió. Lo puse de tercer bat y ahí se quedó toda la temporada.

Era nuestra bujía. Encendía los grandes rallies y varias veces abusaba de su condición como outfielder. No le importaba estrellarse contra las bardas.

Antes eran de concreto. En Navojoa por poco me muero del susto. “El Papelero” Valenzuela  esa noche estaba mirando muy bien la pelota y ya tenía un jonrón en su cuenta. Perdíamos por una carrera, 3-2 y había dos hombres en las bases con dos out en la parte baja de la octava entrada. El Pape, bateó muy fuerte y hacia arriba. La bola tomó altura y “El Diablo” corrió hacia la barda dando la espalda al jom plate, cuando se voltea a mirar el trayecto de la bola bateada, brincó y  la capturó, estrellándose feamente en la barda de concreto de aquel frío Parque Revolución de Navojoa.

Corrimos todos hacia el lugar y ahí estaba nuestro valioso jugador tirado con un rictus de dolor y con la pelota anidada en su guante. Llegó el umpire y decretó el out, levantando su brazo derecho. La escasa concurrencia a aquel juego, se puso de pie y le brindó una ovación, incluyendo al manager Tomás Herrera y algunos jugadores de los Mayos.

Nuestro gerente  del equipo, Leobardo “Bayo” Castro, de inmediato se lo llevó en una ambulancia a un lugar distante de la ciudad, por recomendaciones de algunas personas ahí presentes, que dizque con una famosa sobadora que hacia cosas imposibles en su lugar de origen.

Nosotros seguimos con el juego. Había que jugar el último inning y todavía ganando por una carrera. Ese juego lo ganamos, gracias a la extraordinaria atrapada del señor Montoya.

Llegamos al hotel donde estábamos hospedados y todavía no llegaban del lugar adonde habían ido, me bañé y me cambié y  me fui a  comer algo. Regresé de la calle y como a las dos horas llegó nuestro gerente con una sonrisa en su cara y nuestro jugador lesionado, que ya traía otro semblante, hasta bromeó conmigo al decirme: “Ronnie, dijo la señora sobadora que puedo jugar mañana mismo, que estoy listo”.

Me quedé asombrado  por esa actitud: “No, nada de eso,”- le dije poniéndole la mano en su hombro y me dirigí al “Bayo” Castro-. “Llévatelo de inmediato a su casa en Empalme, he recibido muchas llamadas de allá, incluyendo a su esposa, parece ser que el cronista  que trasmitía el juego, le agregó cosas de más”.

  • Okey Ronnie, y dejaré pagado los dos días que faltan aquí en el hotel y para gastos imprevistos.

  • Muy bien, vete directo y no te pares para nada, me hablas cuando llegues a la puerta de su casa, quiero dormir tranquilo…

  • Ándale pinchi “Diablo” vete a tu casa y espero que descanses bien, eres lo mejor que he visto cabrón, con razón te dicen, como te dicen.

  • Jajajajajaja, gracias Ronnie, eres a toda madre, dile al Bayo que me invite a cenar, tengo hambre…
    – Claro que sí, lo que quieras, no hay pedo. – Y se fueron a Empalme y nosotros seguimos con el show, había que cumplir con nuestro rol oficial. 

Terminamos en Navojoa y nos regresamos a nuestra casa a recibir a los Naranjeros de Hermosillo. Los fanáticos nuestros, dieron unas de las mejores entradas de la historia en el Estrellas Empalmenses en esa serie. “El Diablo” jugó desde el primer juego y ése era el mayor atractivo para la gente que estaba deseosa de verlo de nuevo en acción

  • Oye, cabrón, ten más cuidado de ahora en adelante, aquí en éste parque también la barda es de ladrillo forrada con cemento – le dijo Juan Suby-.

  • Pues procura que no la lleguen hasta allá pendejo”, – le reviró “El Diablo”-.

Esa fría y húmeda noche nos enfrentaríamos a Miguel Sotelo que estaba intransitable, al otro día a Blas Arredondo y luego a Horacio Solano, los tres lanzadores más rápidos de la Liga y con las mismas características  en su mecánica lanzadora, rectas durísimas y sliders cortantes que rompían al llegar al jom.

Ganábamos 2 contra cero, con un Juan Suby inspirado y muy fuerte, le habían conectado dos hits a la fuerte  alineación de Hermosillo.

En la quinta entrada se presenta a batear Héctor Espino con dos hombres en las bases y dos outs, y Suby le empieza a mover la bola, afuera, adentro, arriba, en fin, no quería nada con él. Pedí  tiempo y fui a la loma: “Mira, eso que estás haciendo, no lo veo bien, ya lo tienes en 3 bolas y éste lanzamiento que viene, le va a tirar, ten cuidado, no puedes rifártela así con él”… “No te preocupes, ahora voy con lo mío, ya verás” -me dijo Suby-. El siguiente lanzamiento fue por el centro, que no le tiró, después le tiró un cambio  le dio foul, ya estaba en 3 y 2, le volvió a tirar cambio de velocidad y le tiró y falló. Lo había ponchado y la gente en las gradas explotó de alegría y le brindó una gran ovación al valiente lanzador.

YA ENCONTRÉ FÓRMULA DE SACAR OUT A ESPINO”

Cuando llegamos al dugout,  Suby nos gritó: “Ya encontré la fórmula de sacarlo out, lo vieron”…

  • Si lo vimos, pinchi Suby, nada más que le queda otra bateada, ten cuidado con lo que le lances, te va a estar cazando – le dijo  Montoya-.

Y llegó el turno de Espino, ahora  con uno en las bases,  empezó el duelo psicológico de bateador contra lanzador. La cuenta estaba en 2 bolas y 1 strike. Suby le lanza un cambio de velocidad y Espino batea un largo batazo hacia el centro fielder. “El Diablo” ni se movió. Levantó la cabeza para ver la trayectoria de la bola que rebasó la barda y se quitó la gorra, haciendo señales hacia arriba diciéndole adiós y le gritó a Suby:

  • Como eres de pendejoooo, te lo dijeeee…Jajajajajajaja, pide otra bola  está ya no vuelve. 

SE HICIERON COMPADRES

Ese mismo año llegó Ramón y su esposa a mi casa y me dice: “Oiga Ronnie, mi esposa y yo hemos decidido que seas el Padrino de Confirmación de nuestro hijo”.

  • Pues sería un alto honor mi querido Ramón, acepto con mucho gusto – y sellamos nuestro compromiso con un abrazo-.

  • Nosotros también hemos decidido que sea José “Pasitos” Echeverría  el Padrino de nuestro hijo Ronnie. – Se hicieron los trámites legales del caso y allá fuimos hasta Ciudad Obregón a la pequeña y significativa ceremonia, tan importante en la vida Católica de nuestras familias.

Ya le podía decir Compadre a Ramón Montoya y Compadre José Echeverría…Grandes sucesos sucedieron en ésa década, mi Compadre tiene el record de más hits bateados en una temporada y el de más carreras anotadas, también en una temporada, cuyos número prevalecen en la historia del Beisbol Costeño.

Cuando nuestros Rieleros salieron del firmamento Beisbolero de la Costa,  Sonny Alarcón y Enrique Llanes reconocidos Cronistas Deportivos en  todo México comentaron en su programa de Televisión Nacional… “Se fueron los Rieleros de Empalme del cielo beisbolero de la Costa del Pacifico, todas las bardas de concreto y de ladrillo  en  los Parques de allá, extrañaran a Ramón “El Diablo” Montoya…

* (Gracias a Ronnie Camacho por compartir con la comunidad de Los Peloteros esta interesante y valiosas anécdota).

 

Un Viejito lo bautizó con el nombre de “El Diablo”

Desde chiquillo en su natal Mexicali se ganó el mote de “El Diablo”.

El cronista de béisbol Alejandro León Cázares nos comparte su versión del ídolo de ayer y de siempre, Ramón “Diablo” Montoya.

Fue un viejito que le puso ese mote y que le quedó para siempre. Dicen que alrededor de la Laguna de la Huistera, cuando pardeaba la tarde allá cerca de Mexicali, las parejitas de enamorados se veían de pronto atacadas por pedazos de lodo, que no se sabía de donde provenían, el caso es que ya no podían seguir platicando o brindándose caricias o arrumacos, y tenían que retirarse. Por ahí vivía un viejito que cuando le platicaban de aquellos ataques misteriosos, comentaba, “Es que el Diablo anda suelto por aquí”.

Efectivamente así le había puesto de mote a cierto chiquillo que hacía las travesuras desde donde no lo vieran, y como era rápido para correr, pues no lo encontraban. Ese pequeño diablillo era nada menos que Ramón “El Diablo” Montoya. Ramón vino al mundo el ocho de diciembre de 1941, allá en Mexicali, donde tienen fama de ser tan friolentos que cuando alguno de allá lo mandan al infierno, llega preguntando donde conseguir una cobija.

León Cázares que escribe la columna Out 27 recuerda que la vida de Ramón no fue fácil. De origen humilde, desde pequeño y adolescente buscaba ayudar a su familia con diversos trabajos. La escuela la alternaba de papelerito vendiendo periódicos y dando bola –lustrando zapatos-.

Estas labores pronto las dejó ya que su habilidad para jugar al béisbol le permitió lograr ganarse un lugar en los diamantes amateurs de béisbol de su Mexicali querido. Muy pronto se dio a notar como pitcher y tercera base, pero fue un manager norteamericano de apellido Lafa, quien le encontró su verdadera vocación al cambiarlo a jardinero para aprovechar su excelente brazo que ya entonces mostraba.

A sus escasos 18 años, participó en la fuerte selección de Baja California, en un campeonato efectuado en León Guanajuato y lógicamente fue seleccionado para representar a México en la Serie Mundial Amateur, que se celebró en Costa Rica. Ahí obtuvo el título de mejor jardinero central del evento y los buscadores de talento de Grandes Ligas se pelearon por firmarlo, y fue precisamente Art Lilly de los Atléticos, entonces de Kansas City quien logró la firma de aquel jovencito de gran futuro.

Por aquellos tiempos no era fácil debutar en la gran carpa y para prepararlo concienzudamente, el gran gerente de los Diablos Rojos del México, Arnulfo Rodríguez, le pidió a su amigo Lilly que lo mandaran opcionado a la sucursal de los Diablos en la Liga Central. En ese mismo 1961, fue llamado al equipo grande y debutó contra Poza Rica y el gran pitcher zurdo José Soto, al que le pegó dos imparables. Los dos primeros de los 1692, que iba a lograr en la Liga Mexicana a lo largo de quince temporadas.

Los Atléticos lo reclamaban pero al fin lo dejaron jugar en Liga Mexicana en 1963, campaña que sirvió para su consagración como ídolo de las multitudes en la pelota nacional. El 11 de agosto los Diablos vencían 9-5 a los Sultanes de Monterrey y en la novena entrada. Leo Posada abrió con doblete, y el pitcher Rafael Fabela, dominó al emergente Alonso Perry con elevado al central. Un nuevo emergente José Rodríguez pegó doble y Posada anotó, la sexta carrera sultana. Subió a la lomita Eusebio Elizalde y Alfredo “Yaqui” Ríos lo recibió con doblete, productor. Seguía otro de los más grandes peloteros mexicanos de todos los tiempos Vinicio García y el manager escarlata Tomás Herrera trajo a la lomita al estelar Ramón Arano. Quien le dio pasaporte a Vinicio y al bat, anunció el sonido local, Héctor Espino, la muchedumbre guardó un respetuoso silencio, pues ya entonces se sabía del poder del cañonero de Chihuahua, aquello podría ser la voltereta, y mientras los corazones palpitaban a medio latir, Espino prendió el lanzamiento del “Tres patines” Arano y la pelota comenzó a viajar y elevarse, pero también en el terreno de juego “El Diablo” comenzó a correr en busca de la esférica y cuando esta amenazaba con irse del otro lado de la barda, surgió el guante de Montoya que en un gran esfuerzo atrapó la pelota mientras se estrellaba contra la barda de concreto, el alarido de la multitud fue enorme y Montoya antes de perder el sentido le dio la pelota a Héctor Rodríguez que tiró a segunda para completar la doble matanza. El público, los Sultanes y los Diablos y todo ser viviente que escuchaba la transmisión rompió en un gran grito, que se escuchó hasta los infiernos, ya no digamos que en los cielos. Ahí quedó Montoya que fue llevado por sus compañeros y algunos aficionados a la caseta donde los doctores Villarreal y Zamora, atendieron al valiente demonio que había logrado salvar a su equipo y de paso se había colado en la historia de las grandes hazañas beisboleras, junto a las proezas de Willy Mays, de Joe Dimaggio y de tantos otros héroes del Beisbol.

Ahí quedó un pasaje de la historia del gran Diablo Montoya. Mi ídolo de todos los tiempos, puntualiza Alejandro León Cázares la crónica que nos regala de Ramón “Diablo2 Montoya.