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PERSONALIDADES | Fray Antonio Alcalde

PERSONALIDADES | Fray Antonio Alcalde

May 10, 2015

Las crónicas sobre Fray Antonio Alcalde centran en una anécdota el punto de quiebre en la vida de un dominico que dejó en Yucatán y Guadalajara los últimos años de una vida dedicada «a la humanidad doliente».

Cuentan sus biógrafos que un domingo 1760, el Rey Carlos III cazaba en  las cuestas de Valverde. Al rey le gustaba la zona por su abundancia de liebres y conejos, sin embargo, ese domingo se sintió fatigado. Para entonces alcalde era prior del convento de Nuestra Señora de Valverde.

Ya en el convento, el Rey pidió el mejor lugar para descansar y supuso que era la habitación del prior la adecuada pero apenas encontró una tarima de tablas habilitadas como lecho y un cuarto con un cilicio colgado en la pared, una silla y una mesa y sobre ésta, unos libros, un crucifijo y una calavera, lo que dejó impresionado al rey que desde entonces llevó en la memoria al fraile que poco tiempo después propuso como sustituto del Obispo de Yucatán, Fray Ignacio Padilla y Estrada quien murió y era necesario encontrarle un relevo.

Fray Antonio Alcalde y Barriga recibió la Real Cédula, el 18 de septiembre de 1761, con su nombramiento.

Fray Antonio Alcalde

Fray Antonio Alcalde

Fray Antonio nació el 14 de marzo de 1701 en Cigales, España, y fue el cuarto y último hijo (Fernando, Pedro e Inés) del matrimonio que formaban José Alcalde e Isabel Barriga, quienes bautizaron al pequeño Antonio en la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, donde oficiaba un tío de quien heredara el nombre.

En su familia eran labriegos, ganaderos, artesanos y cristianos, sin una gran fortuna y apenas cuatro meses después de su nacimiento, quedó huérfano. La cercanía a su tío lo llevó a una edad temprana a entregarse a la iglesia, dejó a la familia y se fue a Valladolid.

Dedica cuarenta años de su ministerio a la enseñanza hasta 1751 al ser nombrado prior del antiguo convento de Santo Domingo en Zamora y dos años más tarde es enviado, con mismo cargo, al convento de Jesús María o de Nuestra Señora de Valverde, en donde se da el encuentro con el Rey Carlos III.

Cuando recibe la Real Cédula que lo nombra Obispo de Mérida, Yucatán, a los 62 años de edad, le correspondía una zona con población diseminada por lo que ahora son los estados de Campeche, Tabasco, Yucatán, Quintana Roo y los departamentos de Petén y Belice, en Guatemala.

Enfrentó un clima extremo y una lengua desconocida por lo que tuvo que aprender maya. Ahí fundó y entregó camas para los sacerdotes pobres, creó para las mujeres una enfermería anexa al hospital de San Juan de Dios. Enfrentó una de las plagas más terribles de la época, entre 1769–1770, la langosta, que describe como una multitud que oscurece el sol y dejó hambre y pobreza, enfermedades como la peste por lo que los habitantes huyen a los montes en busca de alimento y evitar la enfermedad.

Consigue en Jamaica alimento con lo que pudo enfrentar la hambruna.

Cuando lograban salir de la plaga, a sugerencia del Rey, Fray Antonio Alcalde fue trasladado a Guadalajara por la muerte del obispo Diego Rodríguez de Rivas y Velasco, a donde llegó el 12 de diciembre de 1771, un anciano alto y de complexión robusta, cabello gris, piel pálida, ojos negros y nariz aguileña, con la tarea de gobernar una Diócesis con nada menos que medio millón de habitantes dispersos por Jalisco, Colima, Nayarit, Aguascalientes, Zacatecas, San Luis Potosí, Nuevo León y Coahuila, parte de Texas y Luisiana.

Mantuvo su disciplina de caridad por lo que los ingresos que tenía se destinaban a las escuelas, hospitales, templos y conventos; a los pobres, las viudas, huérfanos, desempleados, enfermos y los estudiantes.

A su llegada a Guadalajara, el fraile se encontró con carencia de servicios médicos que quedó demostrada en 1786, cuando por la pérdida de las cosechas, enfrentan una epidemia que provocó la muerte de 50 mil personas.

La ubicación de los hospitales prácticamente en las zonas de mayor densidad poblacional de la época, potenciaron la epidemia por los contagios, lo que llevó al Fraile de la Calavera a pactar con las autoridades municipales la construcción de un hospital que dijo, costearía él mismo si le daban el terreno.

Su propuesta fue aceptada y en marzo de 1787 el Ayuntamiento cedió a la Diócesis de Guadalajara un terreno en los límites de la población, en donde se aprovecharon planos que tenían de 1760, para disponer de un gran hospital con un repartidor que distribuye el espacio hacia seis salas destinadas a los enfermos y  en los extremos, un repartido más para albergar dos salas extras.

Hospital Civil

Hospital Civil

El hoy bicentenario Hospital Civil se proyectó con celdas para religiosos dedicados a cuidar a los enfermos, cocina, lavaderos y caballerizas, una escuela, botica, iglesia y albergue. En los espacios trapezoidales que se localizaban entre las salas radiadas, celdas para enfermos contagiosos y enfermos mentales, el hospital podría atender hasta mil enfermos y más en una emergencia.

La iglesia en el recinto es una planta de cruz latina y tres altares con retablos de madera, con un frontis de influencias griegas con detalles de barroco americano con una gran cruz de piedra.

Fray Alcalde comenzó la obra. En 1787 coloca la primera piedra de un hospital al que destina $265,169, obra que no vería concluida, pero para la que dejó $266,008 más lo que generaran sus 158 casas que construyera a un lado de la Parroquia de Guadalupe (Santuario que el construyó y la primera piedra se puso el siete de enero de 1777), conocidas como «Las Cuadritas», 16 manzanas de las que aún se conservan unas que se ubican en la Av. Fray Antonio Alcalde No. 576, rescatadas y acondicionadas a su propósito inicial, albergue para familiares de los enfermos asistidos en el Hospital Civil.

El Hospital de Belén fue inaugurado el tres de mayo de 1794 como un legado de Fray Antonio Alcalde a la «Humanidad Doliente».

La obra de Fray Antonio Alcalde le permitió construir escuelas en «Las Cuadritas y el barrio del Colegio de San Juan Bautista, la escuela para niñas llamado Beaterio de Santa Clara, dos escuelas para las niñas indígenas en Cajititlán y en Cuexcomatitlán, la Catedral de Guadalajara, apoyos económicos a las parroquias de Zapotlán, Lagos, Chapala y Guadalupe, Zacatecas  y una de sus grandes empresas, la creación de la segunda universidad de México, la Benemérita Universidad de Guadalajara.

Esta historia comenzó en 1750, cuando el Ayuntamiento de Guadalajara comisionó a Matías Ángel de la Mota Padilla para gestionar ante la Real Audiencia de la Nueva Galicia la creación de la Universidad, con lo que se dieron los primeros pasos que se retomaron ocho años más tarde al nombrarse a un nuevo gestor, Tomás Ortiz de Landázuri, quien continuó los trámites en Madrid.

A los 91 años, Alcalde murió en 1792. Sus restos mortales se colocaron en un nicho excavado en la pared del presbiterio, al lado del Evangelio, del templo del Santuario de Guadalupe el nueve de agosto del mismo año.

Con el motivo del Primer Centenario de Fray Antonio Alcalde, la calle de Santo Domingo pasó a ser Avenida Alcalde.

Las obras del Fraile de la Calavera son muchas y trascienden el tiempo: calles, plazas, mercados y jardines, el ahora Bicentenario Hospital Civil puede ser un buen pretexto para recordarlo, como todavía lo hacen sus descendientes en Cigales.

O como pueden hacerlo hoy los miles de tapatíos que le deben la vida a los doctores de ese hospital escuela.