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ANÁLISIS | El gobernante y la burbuja

ANÁLISIS | El gobernante y la burbuja

Sep 3, 2016

Normal se ha vuelto entre los gobernantes de cualquier color, avanzar en los días cada vez más lejos de sus gobernados, cada vez más reducido a pasar la mayor parte de su tiempo con unas pocas personas, los cortesanos del equipo cercano, los del círculo de confianza, quienes cohabitan con el líder en la misma jaula, prisioneros todos de sus aspiraciones, interesados en conservar su lugar y enmurallarlo adentro de una burbuja, aislado, controlándole la percepción de la realidad, influyéndole de manera significativa, controlando la agenda, el discurso, los recursos y el acceso al gobernante.

La famosa «burbuja» pareciera ser una de las formas más viejas de los excesos del poder, pero una de las más vigentes, de uso extendido a lo largo y a lo ancho del mundo entero.

Los miembros de la burbuja «protegen» al líder de los problemas, garantizándole protección y espíritu de cuerpo para que logre la fortaleza en la toma de sus decisiones importantes. No sólo ello, sino que acompañan al líder llenando sus espacios de convivencia social, acompañándolo en los escasos tiempos libres de un trabajo demandante y extenuante como lo es gobernar, que es una actividad permanente que no tiene horario, que expone al gobernante casi siempre en una vitrina incómoda donde la opinión pública escruta, señala, hace escarnio y fiscaliza cada acto de su vida, sin consideración ni piedad al error humano.

La burbuja intenta minimizar la soledad que arropa al gobernante, producto de la desaparición de su vida privada, donde los palacios, casas de gobierno y los vehículos donde se permanece por largas jornadas de incontables horas, que por lapsos se convierten zonas de confort, que propician seguridad, comodidad, privacidad, aislamiento del mundo exterior, donde los estados de ánimo reales afloran, donde no se debe fingir ni disimular, donde se recibe consuelo, consejo, ánimo y refugio.

Con el tiempo, la burbuja se va haciendo más cerrada, menos transparente, con cada vez menos integrantes, con mayores intrigas y niveles más altos de tensión, derivados de compromisos aún no cumplidos, temporalidades fatales, renovaciones inminentes de mandos, evaluaciones de gobierno, mediciones de opinión pública, y por el peso de los aciertos y recompensas, así como de los errores y castigos que van conflictuando al grupo generando escisiones, rivalidades y sustituciones de ajuste sobre la marcha.

Parafraseando a Carlos Matus, político chileno, influyente en el gobierno de Salvador Allende, «El líder gobernante vive en tensión constante. Todo lo que hace tiene un costo y un premio que aumenta o disminuye su capital político. Cada minuto de su vida pesa en el examen que rinde ante diversos jurados. Todo error explotado y todo acierto son devaluados por sus oponentes. Ninguna actuación suya escapa a este juicio implacable. Y ese juicio es con frecuencia irresponsable, parcial, apasionado y, a veces, cruel, además de injusto. El gobernante es objeto de la calumnia y del elogio exagerado. El error, propio de cualquier humano, se explota como escándalo en el caso del líder. El mundo de la política no es generoso ni solidario: es competitivo más allá de los límites de la ética. Su vida le pertenece a medias. El público que sigue su representación entra en su casa y en su oficina, comparte su vida con el ídolo que admira o la cabeza visible que odia».

Por ello afirmó que sin duda el gobernante, un hombre acosado por las presiones y las urgencias, que vive cuesta arriba, que dirige, delega y comparte responsabilidades con las personas de su confianza que integran el cuerpo de su gobierno, y dichas personas, a su vez, adquieren algunos derechos sobre su tiempo y su vida privada.

La tensión emocional sería insoportable para cualquiera, si no pudiera refugiarse esporádicamente en la intimidad de una zona ciega, de un punto opaco dentro de su burbuja. Además y más allá del trabajo, de las obligaciones de gobierno, del quehacer cotidiano, en la burbuja están sus placeres y sus aprecios, los colaboradores más cercanos son quienes se convierten en su círculo activo de amistades que le ofrece soporte emocional cálido y privacidad, de manera que se alterna la convivencia con la reflexión, la consulta y la toma de decisiones en dicha zona de confort, en la intimidad de su círculo de protegidos, al interior de la burbuja que no es fácil de permear, que es egoísta, que es díscola, que vuelve inaccesible, inalcanzable, frío y lejano al gobernante, que reduce su esfera pública a los vaivenes de su quehacer político.

Dicha burbuja adopta formas operativas diferentes. De moda están los llamados cuartos de guerra o sala de situaciones, donde la gente más empoderada de confianza, la gente más envestida de poder formal y de encargo político, delibera problemática importante y planean, programan, evalúan y construyen la viabilidad del futuro del gobierno y a su vez, de los miembros del grupo.

Es por ello que el gobernante permanece cautivo al soporte emocional cálido de sus afines, quienes revelan información sesgada y reaccionan para que el gobernante se influya del criterio grupal, casi siempre optimista, casi siempre benevolente para exaltar lo bueno y renuente a exhibir malos resultados y a hacer crítica objetiva, lo cual debilita la toma fría de decisiones, llegando a ser frecuentemente puntos de competencia e incluso de confrontación, la presentación de los razonamientos tecnopolíticos, los análisis especializados generados por las diversas áreas de gobierno, la opinión de los asesores y los planteamientos emocionales de los miembros de la burbuja.

Es la burbuja aún un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Sus efectos deben ser convenientes pero el abuso de sus alcances provoca efectos que debilitan a las estructuras formales del poder público, propiciando encono, rechazo y aislamiento del grueso de la estructura burocrática, que no comparte con su gobernante en líder y se abre una brecha que propicia errores de comunicación, lentitud en la toma de decisiones, pérdida de compromiso compartido y pérdida de liderazgo del gobernante sobre la base de su fortaleza humana.

Siempre será recomendable ampliar la influencia sobre más gente y nutrirse de más opiniones, permitiéndose acceder a información directa, sin tratamiento ni filtros, para fortalecer la visión del vasto bosque exterior, y no sólo la de los escasos árboles con que se decora convenientemente la limitada burbuja.

Por Carlos Anguiano Zamudio
www.inteligenciapolitica.org
@carlosanguianoz