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Análisis | Trump y Peña Nieto

Análisis | Trump y Peña Nieto

Sep 3, 2016

En los hechos, desde 1988 ha habido una alianza entre el PRI y el PAN para impulsar una agenda político-económica a la que se le ha dado continuidad, que tiene que ver con la liberalización de la economía y del régimen político hasta entonces hegemónicamente priista, que por una parte ha instituido un sistema profesional de carrera sobre todo en el área de la política económica y las finanzas públicas; y por la otra, ha propiciado la competencia electoral entre partidos y las alternancias. Y que es además —liberalización y democracia— la misma política implementada en la Unión Europea y en casi todo el hemisferio occidental desde 1989. Las únicas alternativas reales que le han hecho frente a este modelo son la ofrecida por el eje Cuba-Venezuela-Bolivia y que corren en sentido contrario, centralización política y estatismo económico.

En efecto, son veintiocho años de un cogobierno de facto PRI-PAN ininterrumpido, al margen de quién retiene el Ejecutivo, que va de los gobiernos de Salinas y Zedillo al de Peña, pasando por los de Fox y Calderón, y que le ha dado al país la gobernabilidad de la que ahora carece España, por ejemplo, en donde la disputa política de sus dos partidos más importantes, puede poner en riesgo la integralidad territorial de España por los compromisos que obligadamente el PSOE tendría que hacer con los nacionalistas catalanes y vascos en su determinación de impedir que gobierne el PP.

Esa política de estado que sí ha logrado construirse en México, con el consenso de sus dos fuerzas políticas más representativas, siempre tendrá que ver como una ventaja estratégica, la vecindad geográfica con el mercado más grande del mundo y la mayor potencia económica.

La política territorial expansionista de Estados Unidos en el siglo XIX, padecida por un país como el nuestro que apenas hacía unas décadas había reclamado su independencia, dividido en guerras civiles inacabables, no tiene mucho que ver con la realidad geopolítica del siglo XXI.

Cierto que existen traumas históricos, respecto a la pérdida de un territorio que en todo caso le correspondió a la Nueva España y que nunca consolidó una identidad mexicana. Pero también es cierto que ese territorio es ocupado hoy por tantos mexicanos como ningún otro lugar en el mundo excepto nuestro país. Más de treinta millones de personas de origen mexicano viven en la Unión Americana. Casi una cuarta parte de las que viven en México.

Luego entonces, considerar a los Estados Unidos como la relación política más importante de México, y además provechosa, es elemento central de esa política de Estado a la que me refiero. Lo demás, me parece, es lucha electoral y de partidos, lo cual por supuesto es muy válido, y es la forma más civilizada (aunque el lenguaje utilizado a veces no lo pareciera) de dirimir diferencias. Y en ese aspecto, el compromiso por la democracia, por muy estridente que esta pueda ser, es el principal activo político que tiene México, y que es compartido por todos los partidos y actores, incluidos aquellos a la izquierda del consenso PRI-PAN en materia económica.

Si Peña Nieto invitó y recibió a Trump seguramente lo hizo por un cálculo (equivocado o no) que supuso en el interés de nuestro país. Quizá Peña logró los objetivos que se trazó o no. Quizá gracias a esa apuesta la relación con México es por unos días (o semanas) tema central de la campaña presidencial estadounidense. Eso no había ocurrido nunca, al menos que yo registre. Ni para Kennedy, ni Nixon, Carter, Reagan, Bush, Clinton, W. Bush u Obama, ni para sus respectivos oponentes, México fue nunca tema de campaña (sí lo fue en la última elección de Obama la reforma migratoria en EE.UU., entre otros varios temas, pero nunca dos candidatos presidenciales se disputaron la categoría del mejor amigo de México, por ejemplo).

Que hoy nuestro país sea tema central en la contienda estadounidense no se debe, claro, a la iniciativa de Peña. Fue Trump con su discurso de odio el que metió en el amasijo de lo racialmente extraño a los migrantes mexicanos con los musulmanes y el terrorismo. Su electorado base es racista y por definición detesta a Obama. Dada la grotesca coyuntura, Peña, con su invitación a Trump (y a Hillary Clinton, no hay que olvidarlo) asume un protagonismo inédito del gobierno de México dentro del proceso electoral norteamericano. Si el excelente cineasta Alejandro G. Iñárritu, que esconde su apellido González en la firma de sus brillantes filmes, junto con la república del odio que prevalece en las redes sociales, condenan a Peña y lo sumen aún más en el descrédito y le llaman traidor y vendepatrias, y Peña pierde, si eso aún fuera posible, popularidad, es el costo a pagar por ser el Jefe de Estado de una nación que mayoritariamente, con razón o sin ella, poca o mucha, lo detesta.