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20 AÑOS DE LAS EXPLOSIONES DEL 22 DE ABRIL: HERIDAS QUE NO CIERRAN

20 AÑOS DE LAS EXPLOSIONES DEL 22 DE ABRIL: HERIDAS QUE NO CIERRAN

Abr 23, 2012

“Minutos después de las 10 de la mañana, el edificio de la alcaldía de Guadalajara, donde me encontraba, se cimbró y todos nos volteamos a ver alarmados. No pasaron cinco minutos para que iniciara el constante chillar de las sirenas de ambulancia y vehículos de auxilio, interminable por lo menos durante las siguientes 24 horas”.

 

Veinte años después la herida sigue abierta, la mancha de hidrocarburos nunca se ha agotado a lo largo de unos 15 kilómetros desde la Planta de Pemex de La Nogalera hasta el Centro de la ciudad. Tampoco se han olvidado las casi 400 personas muertas y 70 desaparecidas, según las cifras oficiales, que hasta el día de hoy se siguen cuestionando en su veracidad.

 

A los interminables trámites burocráticos les debemos la malísima fama de ineficientes que tenemos los mexicanos, pero gracias a los miles de documentos que se acumularon en el expediente 70/92 del Juzgado Sexto de Distrito con sede en Jalisco, se puede ver parte de la podredumbre en Pemex.

 

Varios años antes de las explosiones, un oscuro burócrata identificado como Miguel de la Madrid Hurtado, firmó los contratos para que Pemex pagara la construcción de un poliducto de 14 pulgadas de diámetro desde Salamanca hasta la Planta de La Nogalera, poco más de 250 kilómetros de longitud.

 

La sorpresa es que cuando desde esa planta se vertieron al drenaje de Guadalajara por lo menos 100 mil barriles, como se acepta en un oficio integrado al expediente por la misma paraestatal, el citado poliducto aparece en la realidad como de 12 pulgadas de diámetro. El entonces director de segundo nivel que luego consolidaría la era neoliberal en México como presidente de la República, pagó el fraude millonario del poliducto a un precio como si se hubiera construido de 14 pulgadas. Allá en la planta de Salamanca tiene en su inicio un letrero: “Poliducto Salamanca-Guadalajara de 12 pulgadas”.

 

De la Madrid luego hizo presidente a Carlos Salinas de Gortari, quien tocado por la sospecha de ilegitimidad en la elección contra Cuauhtémoc Cárdenas, inició en 1988 su sexenio con golpes espectaculares, encarcelando y reprimiendo a quienes colaboraron con el candidato del Frente Democrático Nacional.

 

En abril de 1992 el director de Pemex era el salinista Francisco Rojas, hoy coordinador de los diputados federales del PRI. Bajo su administración se registraron esos actos delincuenciales al descargar decenas de miles de barriles de gasolina al drenaje de Guadalajara. Un antecedente similar había ocurrido otra semana de pascua en 1981, cuando explotó el drenaje a lo largo de seis cuadras por la Calle Sierra Morena, también por descargas de gasolina que desde la misma Planta La Nogalera hizo Pemex. Años después, en una expresión macabra, quien era secretario General de Gobierno durante ese incidente, Eugenio Ruiz Orozco, dijo: “Pemex nos pagó hasta la risa”.

 

El día de la tragedia

El martes anterior, detuve mi automóvil en la confluencia de Calzada del Ejército y Gante, aproximadamente a las 23:30 horas. Bajé y les pregunté a los tripulantes de una patrulla de tránsito que cómo iban las cosas y si habían detectado el origen por los olores lo que se había derramado al drenaje. Respondieron que no sabían, sólo les ordenaron cerrar el tráfico desde ese cruce hasta la Calzada Independencia. Por la mañana, poco después de las ocho vi que seguía cerrada la calle.

 

Minutos después de las 10 de la mañana, el edificio de la Presidencia Municipal de Guadalajara, donde me encontraba, se cimbró y todos nos volteamos a ver alarmados. No pasaron cinco minutos para que iniciara el constante chillar de las sirenas de ambulancia y vehículos de auxilio, interminable por lo menos durante las siguientes 24 horas.

 

Salí con un grupo de reporteros hacia Aldama y la Calzada Independencia, donde nos dijeron que se había registrado una explosión. Ahí encontramos un autobús del transporte urbano dentro de un hoyanco de cinco metros aproximadamente, ya sin pasajeros que habían sido llevados a los puestos de socorros.

 

Ahí estaban el gobernador Guillermo Cosío Vidaurri y el presidente municipal Enrique Dau Flores, ambos con semblante demudado, girando instrucciones para prevenir mayores daños si se registraban más explosiones. El olor a hidrocarburos mareaba a quienes estábamos ahí.

 

Luego, nos dijeron que por 20 de Noviembre también había estallado y al llegar ahí la zanja abarcaba hasta donde la vista alcanzaba. Con el fotógrafo José Luis Puente seguimos la grieta, siendo testigos de la desesperación y al mismo tiempo, la solidaridad de quienes incluso con sus manos escarbaban para sacar sobrevivientes.

 

Mi angustia creció al llegar a lo que fue la Calle Gante de mi niñez, donde las cinco casas de mis familiares habían desaparecido y no encontré a ninguno de ellos. El temor y la prudencia los hicieron abandonar sus domicilios la noche anterior, pese al consejo estúpido de Trinidad López Rivas, quien minutos antes de las explosiones todavía le declaró al reportero José Luis Jiménez Castro que no había riesgo en esa calle. Pero la herida estaba más allá y seguimos la huella con el corazón oprimido por la Quinta Velarde, por la Colonia Atlas y más allá. Por doquiera lamentos, gritos, muertos, automóviles sobre los techos de las casas, restos humanos esparcidos.

 

Las horas transcurrieron más lentas que nunca. Volvimos a Palacio de Gobierno donde los funcionarios se reunían para evaluar y enfrentar la tragedia. Luego supimos que los técnicos de Pemex ya estaban desde la noche anterior monitoreando la red del drenaje, pero nunca informaron que habían derramado las decenas de miles de barriles de gasolina.

 

Esa noche, el presidente Salinas viajó a Guadalajara para conocer los pormenores. Nada dijo de la culpabilidad de Pemex en la tragedia. Las autoridades federales inculparon a una aceitera, donde las cantidades de gases que se utilizan serían sencillamente ridículas como para provocar las explosiones de la magnitud que se presentaron.

 

Fue el presidente municipal de Guadalajara, Enrique Dau Flores, quien deslizó la versión de que todo apuntaba hacia Pemex. La reacción de Carlos Salinas, fue encarcelarlo durante varios meses, acusándolo de ser copartícipe en la tragedia. Salinas fue más allá y obligó a Guillermo Cosío a que renunciara a la gubernatura, desmantelando la estructura política local y enviando luego, para atender a los damnificados, a Carlos Rojas, hermano del director de Pemex. El saldo de la tragedia a 20 años aún no llega a su fin. Tan sólo en mi familia, además de que perdieron el patrimonio donde nacieron y crecieron sus hijos, hay tres diabéticos, dos de ellos ciegos totalmente y una en estado muy delicado.

 

LAS BURLAS

En la más completa impunidad y protegido por Salinas de Gortari, Francisco Rojas nunca apareció como responsable de nada. Durante unos meses encarcelaron a funcionarios menores de Pemex y luego los liberaron sin cargos.

 

Meses después, ya como candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio vino a un evento en la Cámara de Comercio y cuando le preguntaron sobre lo que haría respecto a la tragedia del 22 de abril, se salió por la tangente y calificó esos hechos como “una contingencia ambiental”. Bajo esa lógica, la muerte del priísta fue otra “contingencia ambiental”. Un año después de la tragedia, Emilio González Márquez, recién incorporado a las filas del PAN, fue el orador oficial en la confluencia de Gante y Nicolás Bravo. Demandó justicia y ofreció solidaridad a los dolientes, para terminar arrojando rosas rojas a la zanja todavía abierta.

 

En 1995 llegó el candidato panista Alberto Cárdenas ofreciendo justicia a los damnificados y castigar a los responsables de la tragedia. Lo mismo hizo Francisco Ramírez Acuña, sin que a la fecha haya culpables en la cárcel, ni se haya atendido a todos los damnificados. Aquel Emilio que con voz chillona lamentó la tragedia en el primer aniversario, ahora como gobernador ha mantenido el saldo negativo en cuanto a la atención a los damnificados. Y Salinas de Gortari, el protector del ex director de Pemex, Francisco Rojas, ahora se pasea a sus anchas por todo el país, asumiendo el papel de progenitor del nuevo PRI. Cientos de muertos y unos 70 desaparecidos, sin duda el crimen masivo más notable del gobierno salinista, sigue en la impunidad aunque ahora gobiernen los panistas que prometieron justicia.