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El relanzamiento del PRI y de EPN

El relanzamiento del PRI y  de EPN

Jul 23, 2016

A Enrique Peña Nieto se le ha subestimado siempre. Sus críticos lo han retratado sucesivamente como un títere de Arturo Montiel, de Televisa, de Carlos Salinas. Su desliz durante la campaña presidencial en la Feria Internacional del Libro dio verosimilitud a esta caricatura. Los memes en redes sociales traspasaron el umbral de la virtualidad y se insertaron en la conciencia colectiva.
Con la carga del antipriismo que subyace históricamente en vastos segmentos de la sociedad mexicana, particularmente con aquellos más críticos y contestatarios (y que han encontrado en las redes sociales su nicho), en retrospectiva, resulta sorprendente el hecho de que Peña haya logrado sostenerse a la cabeza de las encuestas con su estrategia de posicionamiento mediático durante prácticamente la totalidad del sexenio de Felipe Calderón y triunfado en las elecciones presidenciales de 2012, cosa que en 2006 y en idénticas circunstancias no logró López Obrador. Ello algo debiera decirnos ya sobre la capacidad política de Peña.
Sabe además tomar decisiones. Y que sorprende con las mismas. Frías, calculadas, pragmáticas. Suyas y de nadie más.
Ha hecho uso pleno de las atribuciones que le conceden las reglas no escritas de su partido. Siendo precandidato a la presidencia decidió que fuera Eruviel Ávila el candidato priista a sucederlo en la gubernatura mexiquense, pese a no ser parte de su grupo de colaboradores más cercanos, para no poner en riesgo el triunfo electoral en su estado y por ende sus propias perspectivas. Con su peso político como el precandidato más aventajado, propició que Humberto Moreira fuera dirigente nacional del PRI en 2011. Y lo sacrificó cuando los escándalos financieros de su gestión como gobernador de Coahuila amenazaron su campaña presidencial. Lo sustituyó con Pedro Joaquín Coldwell, un cuadro de la vieja guardia que formalmente llevó a término la elección, aun cuando el verdadero estratega fue su coordinador de campaña Luis Videgaray y su operador político era Miguel Ángel Osorio Chong.
Ya presidente de la República delegó el PRI a César Camacho, exgobernador del Estado de México e integrante del grupo Atlacomulco, del que Peña mismo surge. Contra cualquier predicción, encomendó la coordinación de las bancadas de su partido en la Cámara de Diputados y el Senado a Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, respectivamente, aun cuando ambos habían impulsado a Beltrones como candidato presidencial alterno a Peña.
Sorprendió cuando al iniciar su gobierno se presentó el Pacto por México, con el que PRI, PAN y PRD formaron en los hechos una coalición legislativa, que al final se tradujo en reformas tales como la hacendaria, la electoral y la educativa, entre otras. Logró lo impensable: la reforma energética. Rompió el tabú de la soberanía petrolera que no pudieron tocar Salinas, Zedillo, Fox ni Calderón. Y antes metió a la cárcel a Elba Esther Gordillo. Se impuso a Carlos Slim y a Emilio Azcárraga con la reforma a las telecomunicaciones. Capturó al delincuente más buscado del planeta. Dos veces. Sometió los poderes fácticos a la institución presidencial. Como en la época dorada del priismo.
Quizá la caricatura es solo eso, una distorsionada imagen de la realidad. Tal vez Peña sea algo más que el candidato que no recordó el título de tres libros.

 

El tropiezo de la Casa Blanca y Ayotzinapa

Marchas en Guerrero por Ayotzinapa

Y justo en el momento más alto del poder presidencial, el tropiezo. Las revelaciones de la Casa Blanca. Que por otra parte hay que leer en el subtexto de un enfriamiento en las relaciones entre el expresidente Carlos Salinas y Peña Nieto, posiblemente vinculado a la cancelación de la licitación del proyecto de Tren rápido México-Querétaro, en el que participaban familiares del expresidente Salinas como socios de un conglomerado chino. Una filtración a Carmen Aristegui que se atribuyó a Marcelo Ebrard.
El equipo peñanietista fue nuevamente muy eficiente en su respuesta política: restableció la alianza con Salinas (lo que se vio reflejado en el gabinete, particularmente con la proyección de su sobrina Claudia Ruiz Massieu de Turismo a Relaciones Exteriores); a Ebrard lo obligaron a exiliarse para evadir la cárcel por las revelaciones de malos manejos financieros en la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México; y se operó la salida de Aristegui de su noticiero radiofónico en MVS.
No fue tan eficiente la respuesta ante la opinión pública. Se nombró a un secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade, a quien desde el primer momento se le exhibieron sus nexos con Luis Videgaray. Este último a quien precisamente se le descubrió otra casa que grupo Higa le vendió en condiciones preferentes. No ayudó tampoco que en esa coyuntura no se supiera atender la matanza en Ayotzinapa, aunque se hayan encarcelado a los culpables y que haya ocurrido en un municipio y un estado gobernados por el PRD. Quizá no se quiso lastimar la alianza política con el PRD y Peña tuvo que cargar con el costo político y el desgaste. O hubo desdén. El error más grave sin duda fue asumir que la sociedad sería tan tolerante a los actos de corrupción de sus gobernantes como siempre había sido. La distancia entre el palacio y la plaza pública. Entre el más grande poder y el ciudadano de a pie.
Quizá también el círculo de Peña Nieto asumió que hay un antipriismo que de cualquier modo entra en la columna de débitos del cálculo electoral. En efecto ni la Casa Blanca ni Ayotzinapa jugaron un papel en la elección intermedia de 2015. A través de la alianza con el Partido Verde, Peña conservó la mayoría legislativa necesaria para sacar adelante la legislación secundaria de sus reformas en el Congreso. Camacho concluyó su gestión al frente del PRI para irse como coordinador de los diputados priistas. Y para enfrentar los procesos locales de 2016 Peña designó como presidente del PRI a Manlio Fabio Beltrones, sorprendiendo a propios y extraños. El otro aspirante, su entonces secretario particular Aurelio Nuño, se iría a la secretaría de Educación, con la misión de posicionarse como precandidato presidencial.
La Casa Blanca y Ayotzinapa representaron un daño grave a la imagen internacional de México y su presidente. Se resarció parcialmente cuando Peña anunció su apoyo a los matrimonios igualitarios y a la legalización de la marihuana. La prensa internacional, que alguna vez ensalzara al presidente de México, volvió a declararle su aprobación.

Lo que sí afectó al PRI en las elecciones locales fueron sus propios gobernadores. Muy señaladamente, los de Quintana Roo, Chihuahua y Veracruz. Sobre todo este último. El 5 de junio el PRI vivió su debacle. En consecuencia, Beltrones tuvo que renunciar. Y de nuevo una decisión sorpresiva.

 

Enrique Ochoa, presidente del PRI

Decálogo de Peña Nieto

Peña Nieto y su equipo, los de siempre, Osorio, Videgaray y Nuño, leyeron con toda claridad los resultados electorales. Hay que arrebatarle al PAN (y a López Obrador, claro) el discurso anticorrupción. La designación de Ochoa debe entenderse en el contexto de una estrategia integral de relanzamiento del PRI bajo las coordenadas del combate a la corrupción. Es una pieza de varias en dicha estrategia.
Ochoa Reza, un político del segundo círculo peñanietista, presenta varias ventajas respecto a la decisión fácil y obvia que hubiera sido un Emilio Gamboa, por ejemplo. Necesitan un presidente disciplinado al grupo. No crear un nuevo precandidato presidencial que se asuma en un plano de igualdad con la tríada Osorio-Videgaray-Nuño. Se requiere un perfil que se adapte fielmente al guión sin querer ser interlocutor del presidente. Además, si se quiere presentar a un PRI en combate frontal a la corrupción, se requiere de un dirigente sin cadáveres en el armario —vaya, sin cola que le pisen—, como pudiera ser el caso con tantos exgobernadores o políticos de larga carrera —y cola.
El discurso de toma de protesta de Ochoa ya dejaba entrever el nuevo enfoque anticorrupción de esta etapa del gobierno de Peña. Los señalamientos no tan velados contra los gobernadores corruptos. La controversia constitucional que la PGR interpuso contra el torpe intento de los gobernadores derrotados de dejar un fiscal anticorrupción a modo. La promulgación de las leyes secundarias que dan forma al Sistema Nacional Anticorrupción. La disculpa pública por la Casa Blanca. El boletín que informa que la referida casa ya fue devuelta a Higa y que no pertenece a Angélica Rivera. ¿Qué sigue en el guión? ¿La cárcel para uno o varios exgobernadores priistas, como pudiera ser Javier Duarte de Veracruz, Roberto Borge de Quintana Roo o César Duarte de Chihuahua? ¿Algún panista, como Guillermo Padrés de Sonora? ¿Quizá saldar cuentas con Ebrard, del PRD? La corrupción es, aunque en boca del Ejecutivo federal pudo parecer cinismo, cultural. Rebasa los linderos de los partidos (como bien sabemos en Jalisco). El PRI no tiene el monopolio de los gobernadores corruptos (aunque a pulso se ganó la propiedad intelectual de la franquicia). ¿Le alcanzará esta estrategia al presidente y al PRI? Cabe la duda. Por lo pronto ya surgieron las comparaciones con López Portillo.
El umbral de la decisión por Ochoa Reza, en todo caso, no es el 2018. Se trata de ganar el 2017. Hacerle frente a una eventual alianza entre PAN y PRD que postule a Josefina Vázquez Mota como candidata a gobernadora en el Estado de México. Si el PRI gana, revierte la narrativa que ya lo da por perdedor en 2018. Si pierde, aun así al presidente le queda el 2018.
Y para ello necesita una amplia baraja. Será Peña, y solamente él, quien decida al candidato presidencial del PRI. Como decidió que fuera Eruviel, Beltrones, Ochoa. Como ha tomado cada decisión política de relevancia. Enrique Ochoa no viene a hacer política para alguien. No viene a servirle la mesa a Meade o a Videgaray. No es un grupo adelantándose a otro. Tal vez ni siquiera se trate de la reedición de aquella vieja pugna entre políticos y tecnócratas que vivió el PRI en los ochenta y noventa. El peñanietismo está cohesionado alrededor de su líder. El activismo de José Antonio Meade, secretario de Desarrollo Social, se explica en la lógica de ofrecer una carta más de donde elegir al presidente. Entre las cuales están los tres del núcleo duro, pero también Eruviel Ávila, y Claudia Ruiz Massieu, o acaso alguien más, en la que sería la última sorpresa de Peña. La restauración del presidencialismo priista que está en el fondo de la filosofía y el proyecto político de Peña Nieto no permitiría que alguien buscara la candidatura presidencial priista jugando a las vencidas.
Por eso si el gobernador Aristóteles Sandoval le da una entrevista a El Universal en donde hace el recuento de los supuestos precandidatos priistas, revive a Beltrones y excluye a Videgaray, por supuesto que la respuesta vendrá en ese mismo medio impreso en la forma de una columna firmada por Óscar Mario Beteta en donde se equipara al gobernador de Jalisco con Javier Duarte y demás mandatarios polémicos.
Que nadie se mueva. Mucho menos los de casa. Enrique Peña Nieto viste los viejos ropajes de la presidencia imperial de la época dorada del priismo.

Twitter: @luiscisnerosq