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Fidel Castro, entre Marx y el superhombre de Nietzche

Fidel Castro, entre Marx y el superhombre de Nietzche

Dic 3, 2016

El siglo XIX sembró la semilla de la que germinaría el siglo XX. El desarrollo industrial en Inglaterra y el crecimiento del capitalismo decimonónico trajo a sus primeros críticos. Carlos Marx postularía la lucha de clases para lograr la dictadura del proletario como condición de una sociedad igualitaria. Friedrich Nietzche rechazaría tanto los postulados burgueses-capitalistas como los ideales igualitarios del socialismo. Para Nietzche, el hombre contemporáneo era un puente que al superarse nos llevaría al superhombre.

El ideal marxista es la igualdad entre los hombres. El nietzcheano apunta al hombre superior que destaca sobre los demás. Marx llamaba a superar los valores burgueses y la alienación de los trabajadores. Nietzche instaba a la transmutación de los valores judeocristianos. La de Marx era una revolución política que condujera a la civilización a un estado de desarrollo superior. Nietzche quería derruir las bases de la civilización misma.

Ambos pensadores dejarían su impronta en el siglo que les siguió. Contra lo profetizado por Marx, la revolución comunista no surgió como consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo, cuyo exponente más desarrollado entonces era el Reino Unido. Por el contrario, fue en la rural e imperial Rusia donde el mundo conoció al primer gobierno comunista. Lenin hace la revolución bolchevique. Las rivalidades territoriales de Francia y Alemania provocan dos guerras mundiales de la cual surgen dos potencias mundiales: la URSS y los Estados Unidos de América. La «cortina de hierro» separa a la Europa oriental prosoviética de la occidental proestadounidense. Inicia la Guerra Fría.

El mundo se vuelve un tablero de ajedrez en el que juegan a la geopolítica los dos superpoderes. No pueden enfrentarse abiertamente en una guerra que necesariamente sería nuclear, con la devastación como resultado último. China. Corea. Berlín. Posiciones ganadas o perdidas por los formidables oponentes.

 

 

La revolución cubana

América es para los americanos (entiéndase: para los norteamericanos, o más propiamente, los estadounidenses). Regímenes militares respaldados por Washington derrocan gobiernos populares en Guatemala y Argentina para evitar que el socialismo gane posiciones en el continente. Una única excepción: la guerrilla comandada por Fidel Castro triunfa en la Cuba de 1959 y expropia intereses norteamericanos en la isla. Como consecuencia, enfrenta el embargo comercial, lo cual es aprovechado por la Unión Soviética para hacerse de presencia regional en América.

El presidente Eisenhower planea una invasión a Cuba por parte de refugiados cubanos en EE.UU. y su sucesor Kennedy autoriza la invasión, que fracasa en Bahía de Cochinos al no ser respaldada —por decisión presidencial— por la aviación norteamericana. Un año más tarde, en 1962, los soviéticos intentan habilitar armas nucleares en la isla cubana, a unos kilómetros de Florida, y el bloqueo naval ordenado por el presidente Kennedy pone al mundo al borde de la tercera guerra mundial (la primera entre potencias nucleares).

Finalmente, rusos y norteamericanos negocian. La Unión Soviética regresa a Rusia sus misiles nucleares. Estados Unidos retirará los misiles que desde Turquía apuntan a la URSS y se compromete en secreto a nunca invadir Cuba. Inician los años de la «coexistencia pacífica» entre la URSS y EE.UU.

Fidel Castro, que inicialmente se habría enfadado con el premier soviético Kruschev por negociar unilateralmente el retiro de los misiles de Cuba sin consultarlo con su gobierno, encontraría que la negociación ruso-americana habría de serle provechosa. Cuba reprimiría a sus disidentes internos, y al mismo tiempo lograría avances en salud y educación por encima del resto de los países latinoamericanos y aun de los llamados del primer mundo. Incluso impulsaría una política anticolonial militante en el África belga, y contra el apartheid en Sudáfrica.

 

 

El fin de la Guerra Fría y la nueva izquierda latinoamericana

El colapso de la Unión Soviética en 1989 dejaría en la orfandad política y económica a Cuba. Iniciaba una década en la que las llamadas políticas neoliberales impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se imponían en América Latina, con la muy destacada excepción de Cuba. Se decretaba el fin de la historia, el punto final de la batalla ideológica entre comunismo y capitalismo y la victoria definitiva de este último. Incluso China había implementado ya un capitalismo de Estado. Los parias internacionales serán solo Corea del Norte y Cuba.

El siglo XXI desmintió a los apologistas del pensamiento único muy pronto. Vladimir Putin llega al poder en Rusia en 2000. Al Qaeda derriba las torres gemelas en 2001. Y en América Latina, Hugo Chávez asume la presidencia de Venezuela en 1999.

Será la salvación de Cuba. Chávez ve en Castro a un tutor, que con gusto asume ese rol y en reciprocidad el petróleo venezolano fluye a la isla. La rueda de la historia gira de nuevo. Gobiernos que se reconocen de izquierda sucesivamente arriban al poder mediante las urnas. Chile, Brasil, Bolivia, Ecuador, Argentina, Nicaragua.

2006 es el año clave. Las elecciones presidenciales en México ponen en juego el equilibrio geopolítico en la región. De haber ganado López Obrador, regímenes afines en mayor o menor medida a Castro habrían gobernado desde la Patagonia hasta el Río Grande. 2006 es además el año en que Fidel Castro enferma. La enfermedad lo obliga a ceder el poder a su hermano Raúl. La corrupción endémica en los políticos latinoamericanos haría el resto. Eventualmente caen los gobiernos de Cristina de Kirchner y de Dilma Rousseff. Tras la muerte de Chávez el asalto de la izquierda latinoamericana queda reducido a los afanes de Nicolás Maduro de sostenerse en el poder de una Venezuela en quiebra. Cuando Fidel Castro muera finalmente, el 25 de noviembre de 2016, incluso los Estados Unidos habrán reestablecido relaciones diplomáticas con Cuba bajo el presidente Obama. A pocos escapó el simbolismo de la coincidencia temporal entre la elección de Donald Trump y el fallecimiento de Castro.

 

 

Crimen y Castigo

Dostoyevski, el gran novelista ruso cuyos personajes encarnan las ideas del XIX, sin haber jamás leído a Nietzche, desarrolló en Crimen y Castigo su propia teoría del superhombre nietzcheano en la voz de Raskolnikov, un brillante estudiante caído en desgracia, quien en su admiración a Napoleón, encuentra que en la historia hay hombres superiores a los que la vieja moral no aplica y todo les es permitido, incluso asesinar a los demás, si de dicho asesinato se desprende un fin superior que redundará en el beneficio colectivo de la humanidad.

Dostoyevski temía que estas ideas degeneraran en asesinos comunes, sin virtud ni redención alguna, justificando sus crímenes vulgares en una pretendida superioridad que en realidad es únicamente fuerza. Y de hecho cree encontrar en el universo un tejido moral que sanciona las transgresiones al orden natural (la ley divina revelada por el cristianismo): de allí el castigo —divino— que debiera seguir a todo crimen.

En los hermanos Karamazov —la otra obra cumbre de Dostoyevski— el hermano intelectual de Raskolnikov (y de Nietzche) es Iván, idealista a pesar suyo, cuyas ideas elevadas inspiran a su hermanastro, Smerdiakov, a cometer parricidio. Del idealismo teórico de Lenin a la barbarie genocida de Stalin hay un solo paso, parece advertirnos el genial escritor ruso. Esa sería la tragedia del llamado comunismo real, en contraposición al comunismo teórico que se quedó en el dogma y la propaganda.

Al final, a Castro lo explica más el superhombre nietzcheano que el ideal igualitario marxista.

La biografía de Castro le da la razón a Nietzche. La historia no la hacen las masas (o la lucha de clases, como lo suponía Marx). Son los hombres superiores los que con su historia escriben la de las masas. Las ideas, como bien lo sabía Marx, son meras herramientas para el poder (que para Marx era la dominación económica, la que tendría que arrebatarse a la burguesía por el proletariado; mientras que para Nietzche, el poder era la expresión de la férrea voluntad de dominio, sin contenido ideológico, que lo mismo explica a Stalin que a Hitler o a Mao).

El poder es descarnado. Las ideologías son su vestidura, disfrazada su esencia.

Poquísimas personas tienen la capacidad de esculpir una nación a propia imagen y semejanza. Con Castro estamos ante un gigante. Podrá debatirse si se trató de un libertador o un tirano. Probablemente sea ambos. El debate apenas oculta los prejuicios de los debatientes y en realidad cada parte deja de lado hechos que nos acercarían a la comprensión de un fenómeno que es tan complejo como sencillo de entender. Un hecho irrebatible: la dimensión histórica de Fidel Castro supera la de cualquier otro personaje latinoamericano del siglo XX.

 

 

La paradoja de la modernidad: libertad o igualdad

La experiencia histórica de la revolución cubana desnudó la paradoja subyacente a la modernidad que inauguró otra revolución, aquella francesa: no hay justicia sin igualdad, pero si algo nos ha enseñado el siglo XX, es que igualdad y libertad se excluyen entre sí. Y que libertad sin justicia no es verdadera libertad. Paradoja —callejón sin salida: acaso constituyente de lo humano— que sigue sin resolverse. Quizá el experimento cubano aún tenga algo que enseñarnos: el dinero no es lo único alrededor de lo cual una sociedad puede articularse. La salud y la educación pueden ser valores superiores a la libertad de comprarse un auto o una pantalla nueva. Quizá así dejemos esta humanidad esclavizada y lleguemos todos, y no unos pocos, a cruzar el puente que nos lleve más allá de lo humano, demasiado humano.

Twitter: @luiscisnerosq