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López Obrador en 2018 la tercera es la vencida

López Obrador en 2018 la tercera es la vencida

Ago 14, 2016

La historia contemporánea de México no registra otro personaje como Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Se trata de un verdadero fenómeno político.

Polariza. Despierta la pasión de sus seguidores, que solamente se equipara con la que en sentido contrario sienten por el PRI y su más reciente encarnación, Enrique Peña Nieto, quien a sus ojos es heredero de una larga tradición que se remonta a Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y Carlos Salinas. De Tlatelolco a Ayotzinapa. De las devaluaciones a los gasolinazos. De la Colina del Perro a la Casa Blanca.

E igualmente AMLO provoca el rechazo pasional de sus adversarios. Por supuesto, de aquellos a los que llama «la mafia del poder» y que pudieran sentir amenazados sus privilegios ilícitos en el supuesto de su arribo a la presidencia. También, naturalmente, de los simpatizantes y militantes priistas (son recurrentes en las redes sociales los intercambios de calificativos entre «pejezombies» y «comelonches», como se insultan entre uno y otro bando); panistas; e incluso muchos perredistas, tanto de la cúpula como de la base, que no le perdonan a quien fue su dirigente nacional y dos veces candidato presidencial haber dejado al PRD y fundado su propio partido, MORENA. Pero también despierta el rechazo de ciudadanos sin partido y bienintencionados, que ven en López Obrador a un potencial Hugo Chávez, y temen que México bajo su presidencia se convierta en la Venezuela chavista.

  1. De líder regional a actor nacional.
  2. El político de izquierda que polariza.
  3. Hay quienes lo ven como un potencial Hugo Chávez.
  4. El respaldo a la CNTE y su plataforma de Morena.

 

«Es un peligro para México»

AMLO

Puede argumentarse que este temor es irracional, y que ha sido interesadamente alimentado por la propaganda negra que sus adversarios —la mafia— ha tejido alrededor suyo. Cómo olvidar aquellos anuncios del PAN que aseguraban que «López Obrador es un peligro para México», y que contribuyeron decisivamente al cerradísimo triunfo de Felipe Calderón en 2006. Pero también el propio Obrador ha abonado a ello con su discurso beligerante, que se radicalizó precisamente después de aquel resultado electoral, mandando al diablo a las instituciones que según su dicho le hicieron fraude (aserto que para sus seguidores es dogma de fe, sin pruebas, lo que de cualquier manera no es tan necesario dado el extenso historial de fraudes del régimen y el antecedente inmediato del 88), declarando espurio a Calderón y proclamándose presidente legítimo de México con la correspondiente banda presidencial. Estrategia que repitió —sin la banda— cuando perdió con un margen mayor con el PRI de Peña Nieto en 2012.

 

El respaldo a la CNTE

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Su reciente respaldo al CNTE y sus tácticas de bloqueo de carreteras y vías ferroviarias para oponerse a la reforma educativa, por ejemplo, abona a consolidar su base de simpatizantes, pero también lo alinea con quienes sin ser de izquierda le votaron en 2006 por la esperanza de un cambio, pero que no lo han hecho desde entonces.

Después de todo Obrador se hizo un actor nacional a partir de la toma de pozos petroleros en Tabasco, precisamente en protesta por un fraude electoral que presuntamente Roberto Madrazo y el PRI le hicieran en los comicios para gobernador en 1994. Consciente de la imagen de conflicto y beligerancia con que se le asocia, AMLO se reinventó en 2012 bajo la bandera de la «República Amorosa», y contra todo pronóstico, logró superar al PAN y Josefina Vázquez Mota y reducir la ventaja que Peña tenía al inicio de la campaña. Antes le había ganado la candidatura perredista a Marcelo Ebrard, quien pese a su intento de rebasarlo por la izquierda, impulsando la legalización del embarazo interrumpido en la ciudad de México, por ejemplo, no logró superar la popularidad de AMLO entre el perredismo.

Es decir, estamos ante un brillante estratega político que ha dado pasos en ascenso rumbo a su propósito superior: de líder local a un actor nacional que marchó desde Tabasco al Zócalo e hizo tambalear el gobierno de Madrazo enfrentándolo con el de Zedillo; que fue llevado por Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia del PRD y de allí a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal; que logró convertirse en el segundo hombre más poderoso del país en el sexenio de Vicente Fox y en su antagonista, ridiculizándolo; a quien de tanto invocar a la mafia, la mafia se le apareció. Carlos Salinas de Gortari y Diego Fernández de Cevallos —el PRIAN, ese ente tantas veces aludido por AMLO— lo enfrentaron. Los pactos secretos con Carlos Ahumada y Rosario Robles. Los videos de Bejarano y de su tesorero en Las Vegas. La participación de Televisa en el «complot» (que sí lo fue).

Y cuando ni el escándalo lo detuvo, el peso de los poderes de la República, Ejecutivo, Legislativo y Judicial en concordato para detenerlo mediante el desafuero, tensando la paz social hasta el punto en que Fox tuvo que dar marcha atrás. Esa aura de invencibilidad que le permitió arrancar la campaña presidencial con diez puntos de ventaja sobre sus oponentes. Los empresarios en campaña. El apoyo de Elba Esther Gordillo y los gobernadores priistas a Calderón. El triunfo marginal de este último «como haiga sido». Sus propios errores. Y el sueño del primer gobierno de izquierda en México desde aquel de Lázaro Cárdenas que se desvanece.

Pero la resiliencia de Obrador es tal, que esa misma noche del seis de julio ya estaba trazando su estrategia. Lo mismo ocurrió cuando perdió por segunda vez. Listo su plan alternativo. Crear su propio partido, y con las prerrogativas de ley mantenerse en las televisiones. Su genio para comunicar es evidente. Primero los pobres. Estaríamos mejor con López Obrador. Ese avión no lo tiene ni Obama. Frijoles con gorgojos. Es un comunicador nato.

 

AMLO: el anti-salinas

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Cuando los historiadores futuros escriban la historia del México de los noventa y las primeras décadas del milenio resaltarán dos personajes por sobre todos los demás. López Obrador. Y Carlos Salinas de Gortari.

Son los oponentes formidables en la lucha por el poder en el México del milenio. El ying y el yang del tao de la política mexicana. Claro que el poder de la institución presidencial los supera. Pero mientras Fox, Calderón y el mismo Peña al dejar la presidencia dejarán el poder, la fuente del poder de Salinas y Obrador reside en ellos mismos. Relaciones y una muy desarrollada habilidad política, en el caso de Salinas. La certidumbre moral y ambición de AMLO.

López Obrador es el anti-Salinas. Un hombre con una misión. La fortaleza de López Obrador es la autoridad moral que le da el no haber sucumbido a la corrupción que motiva las carreras de prácticamente la totalidad de la clase política. Su referencia a la «mafia del poder», tiene eco en tantos mexicanos porque evoca una realidad que escándalos como el de la Casa Blanca del presidente Peña Nieto y su esposa ponen en evidencia; así como los abusos y excesos de políticos como Montiel, Yarrington, Moreira, los Duarte, y tantísimos otros.

Por eso aunque esa clase política lo quiera ridiculizar por la presentación de su declaración patrimonial, o quiera golpearlo preguntándose de qué vive, quién paga sus giras, o reciclando temas como las ligas de Bejarano, el sueldo de su chofer Nico, o los tenis y el auto de su hijo, etcétera, cualquier ciudadano, incluso quienes ven con temor a AMLO, puede contrastar todo esto con las revelaciones de casas de campos de golf en Malinalco o departamentos de lujo en Florida.

López Obrador es muy ambicioso, demasiado, pero su ambición es otra, no vulgar, según sus propias definiciones. Y esa ambición lo tiene, por tercera ocasión, ante la posibilidad real de convertirse en el próximo presidente de México.

Las más recientes encuestas señalan todas (Reforma, El Financiero, Mitofsky) que López Obrador es hoy, además del único candidato ya apuntado en la boleta —con el resto de los partidos aún lejos en la definición de sus candidatos—, junto con Peña Nieto, el político más conocido en el país (prácticamente la totalidad de los ciudadanos mexicanos lo conoce: entre 94 y 97 por ciento), y es el rival a vencer en 2018.

Hay un matiz: previo a las elecciones locales de julio pasado, las encuestas de Reforma (abril) y El Financiero (junio) lo ponían a la cabeza de cualquiera de los escenarios de competencia. Entre cuatro y diez puntos por encima del PAN y el PRI, estos últimos en empate técnico. Después de las elecciones, que el PAN ganó contundentemente, ha habido un repunte en las preferencias panistas que ha aprovechado su candidato mejor posicionado, Margarita Zavala. Según la última encuesta, realizada hace algunas semanas por Mitofsky, Zavala ha rebasado por dos puntos a AMLO, y el PRI se cae hasta un distante tercer lugar. Ello sin tomar en cuenta la posibilidad de una alianza PAN-PRD, lo cual prácticamente definiría la elección.

AMLO se resiste a ser vencido. Seguramente su Némesis, quien le ha opuesto todo el poder que sus relaciones y habilidad le han permitido para cerrarle el paso en dos ocasiones, lo intentará de nuevo. La tercera, ¿será la vencida?

Twitter: @luiscisnerosq