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Decisiones que enferman: La guerra contra la salud, prevenir cuesta menos que tratar

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Política Global, por Jorge López Portillo Basave

La ciencia puede ayudar o arruinar, pero son los líderes quienes deben estudiar los efectos de sus políticas alimentarias y de salud. La Organización Mundial de la Salud y la FAO hacen poco para difundir prácticas eficaces de prevención frente a la diabetes y su círculo de enfermedades asociadas, que resultan más costosas que el cáncer o incluso que el COVID-19.

La próxima semana me gustaría abordar el tema político-económico de la década: Venezuela y sus efectos en Ucrania, Rusia, China y Taiwán. No obstante, considero que esta reflexión sobre salud es más relevante, porque nos impacta a todos de manera cotidiana, mucho más que el COVID-19, que sirvió para justificar abusos de poder contra millones de personas en el mundo, bajo el aplauso de quienes, confundidos o engañados, aceptaron medidas que deterioraron la salud mental y económica de millones.

La guerra contra la salud, derivada de la falta de prevención, ha sido uno de los mayores daños de la era moderna.

Para ser claro, he tenido tres etapas en mi vida en las que subí de peso y tres en las que logré controlarlo. Dos fueron a fuerza de voluntad —la primera y la tercera—, y una con medicamentos y algo de disciplina. Debo confesar que fue la tercera la que realmente me educó. Gracias a Dios no tengo diabetes, pero todo apuntaba hacia allá bajo la falsa idea de que “poca azúcar no hace daño” o de que los alimentos “naturales” son inofensivos.

Hace un año amanecimos con la noticia de que el secretario de Salud de Estados Unidos era un hombre maduro, con una condición física envidiable: Robert Kennedy Jr. Mucho se ha dicho de él y de su jefe, Trump, pero la verdad es que ya quisiera medio planeta tener la condición física de Kennedy, yo incluido.

¿Y qué tiene esto que ver con la política global? Mucho. No se puede diseñar una política económica sin considerar la salud pública. Sin embargo, se ha privilegiado trabajar sin saber qué se consume, lo que ha generado un costo devastador en la salud de la población mundial.

Vayamos a los números. Muchos de los costos asociados a la diabetes están ocultos o mezclados con otros rubros, por lo que es difícil conocer el costo real. Aun así, usemos datos conservadores y aceptados internacionalmente. En México, la información pública es limitada, por lo que recurrimos a cifras de Estados Unidos, considerando que allá todo es más caro, pero también hay mayor capacidad de pago.

Vivir con cáncer en Estados Unidos cuesta alrededor de 5 mil dólares anuales; vivir con diabetes, cerca de 30 mil. En México, el costo anual del cáncer oscila entre 5 y 10 mil dólares, y a nivel mundial ronda los 20 mil. Para la diabetes, el costo en México es de unos 2 mil dólares anuales y a nivel mundial de 1,500. Esto sin contar el primer y último año de tratamiento, que pueden superar los 100 mil dólares en el caso del cáncer y los 50 mil en la diabetes.

En Estados Unidos, el COVID-19 tuvo un costo aproximado de 40 mil dólares por persona enferma; en México, alrededor de 7 mil, cifra más cercana al promedio mundial. Como puede verse, vivir con diabetes es extraordinariamente costoso, incluso más que el cáncer o el COVID-19. Lo peor es que se ha normalizado, como si fuera una simple predisposición inevitable.

En México, la diabetes es la principal causa de muerte; en Estados Unidos lo es el cáncer, en parte porque los diabéticos pueden pagar tratamientos para prolongar su vida. Ambas enfermedades superan ampliamente al COVID-19, que fue el estándar utilizado para paralizar al mundo, cerrar iglesias y declarar a personas “no esenciales”.

También es importante señalar que, desde 2020, los casos de cáncer y diabetes han aumentado. El encierro provocó daños mentales y conductuales, como el sedentarismo prolongado frente a pantallas o el trabajo a distancia sin actividad física.

Traigo todo esto a colación porque a inicios de 2025 supe de la existencia de un sensor de glucosa que permite monitorear los niveles desde el celular, sin los constantes piquetes en los dedos. Se dice que una persona sana debe mantener niveles entre 70 y 100 de glucosa en ayuno, con picos menores a 140 tras comer, y un índice glicémico inferior a 5.7.

Sin embargo, eso no explica cómo alguien puede amanecer con 80 de glucosa y promediar 123 al día, como me sucedía a mí, con un índice de 5.9. Hace dos años promediaba 118 con un índice de 5.7. Se habla de resistencia a la insulina o de cambios drásticos en la dieta, pero rara vez se explica con números claros cuánto afecta o beneficia cada decisión.

La economía de la pobreza no se explica solo por falta de dinero. Hay personas con recursos que también están enfermas. Por ello creo que el problema central es la ignorancia: no saber lo que no sabemos. Incluso médicos y nutriólogos perpetúan errores al afirmar que cuatro tortillas diarias “no hacen daño” o que se puede comer de todo y compensarlo con insulina.

Hace un par de meses comencé a usar ese sensor y a medir el impacto de mis alimentos antes y después de cada comida. El efecto ha sido revelador. Lo que realmente motivó esta nota es constatar que estos dispositivos no se promueven para la prevención, ni siquiera entre diabéticos, salvo que el paciente los solicite o los pague por su cuenta. Existe una fuerte resistencia del sector médico y de los seguros a recomendarlos.

El gobierno podría permitir su deducción fiscal y el impacto psicológico sería enorme. En menos de dos meses, mi promedio de glucosa bajó de 123 a 120 y mi índice de 5.9 a 5.8, sin dejar de comer fuera ni renunciar a la mayoría de los alimentos que disfruto desde niño. Estoy convencido de que en seis meses podré alcanzar niveles óptimos de salud.

Un primo comenzó a usar el sensor hace 15 días: bajó 800 gramos en una semana y redujo su glucosa matutina de 233 a 180, llegando incluso a 120 al identificar los alimentos que más le afectaban. Diagnosticado como diabético, es evidente que podría controlar su condición con alimentación y evitar amputaciones, ceguera o una muerte prematura.

Aun así, su médico y nutrióloga le aseguraban que ya no era posible controlar la enfermedad y que consumir tortillas y almidones no representaba un problema. Los números demostraron lo contrario.

Volviendo al tema económico global, es cierto que resulta más fácil consumir un refresco y un pan dulce en el camino. Pero podrían desarrollarse alimentos igual de económicos y menos dañinos. Hoy miles de productos contienen azúcar añadida, incluso donde no debería existir: sopas enlatadas, salsas, ensaladas, aceites y almidones que elevan la glucosa de forma silenciosa.

Si el mundo se detuvo por el COVID-19, este sería un buen momento para educar y prevenir. Que quien decida consumir azúcar lo haga conscientemente. Más adelante reportaré un estudio que realizará la doctora Arajai Pérez sobre este tema como tesis de especialidad. La próxima semana hablaremos de Venezuela.

Por lo pronto, feliz año. Que Dios nos dé la luz para saber qué podemos cambiar y la fuerza para hacerlo. Revise las etiquetas: procure alimentos con cero o menos de un gramo de azúcar añadida. Con cambios moderados, todos podemos controlar la glucosa y evitar perder una extremidad, la vista o la vida.

Eso no tiene precio. Sin embargo, cada año cientos de miles de personas mueren por esta enfermedad, y nadie parece realmente preocupado —ni ocupado— en prevenirla.


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