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Entre homenajes y olvidos: El adiós ingrato de las leyendas

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Miscelánea Deportiva, por Esteban Trelles Meza

Como en toda la vida, el ser humano está sujeto a ciclos en las distintas actividades que desarrolla. Existe una etapa de plenitud, con dominio de facultades físicas y mentales, y una etapa final igualmente natural y entendible, en la que las formas, la educación y la comunicación deben prevalecer para no herir susceptibilidades y respetar la dignidad humana y el valor individual de un personaje cuando se le dice adiós.

En el caso específico de un futbolista, su vida deportiva depende en gran medida del cuidado personal. Lo normal es una década de plenitud, aunque algunos, más longevos, duplican ese periodo manteniéndose en buen nivel. Por supuesto, los imponderables forman parte de su trayectoria: lesiones, intervenciones quirúrgicas y secuelas propias del alto rendimiento.

Es indudable que las posiciones dentro de la cancha influyen en el liderazgo y la aceptación de los aficionados, forjando ídolos. Destacan el guardameta, el mediocampista central y los delanteros, especialmente el “9”, el goleador indiscutible.

Los ídolos de los niños suelen ser el portero y el centro delantero: el atajador y el goleador. Muchos intentan reflejarse en ellos desde pequeños, aunque con el paso de las categorías las posiciones cambian y terminan desempeñando otras funciones, recordando que en un once profesional todas son importantes.

El ocaso de cualquier carrera —profesional, laboral, artística, académica o deportiva— suele tener un despido justificado. En los ámbitos académico y profesional, muchos reciben reconocimientos y medallas como ejemplo para las nuevas generaciones. Son honrados y valorados.

En el fútbol, la profesión más ingrata es la de entrenador. Con frecuencia son despedidos sin mayores explicaciones, pese a ser los responsables máximos del funcionamiento de un equipo, responsabilidad compartida con los jugadores. Cuando logran campeonatos se convierten en referentes y se cotizan con contratos millonarios por torneo.

Los llamados “cracks” son ídolos indiscutibles que perduran en la memoria colectiva. Los mejores de la historia están encabezados por Edson Arantes “Pelé”, seguido de Diego Armando Maradona, y en la era moderna Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

Cada país tiene sus propios ídolos y máximos referentes. En México lo es Hugo Sánchez, máximo goleador con el Real Madrid, con cinco campeonatos de goleo y Botín de Oro como máximo anotador en Europa. También destacan Rafa Márquez, campeón con Mónaco y Barcelona, referente mundialista en cinco Copas del Mundo; Javier “Chicharito” Hernández, goleador en clubes como Manchester United, Real Madrid y Bayer Leverkusen; así como Andrés Guardado, campeón en Países Bajos y con más de una década en España.

A ellos se suman Jorge Campos, Fernando “Sheriff” Quirarte, Claudio Suárez, Benjamín Galindo y Cuauhtémoc Blanco, todos mundialistas y referentes históricos. Los mencionados ocupan un lugar especial en el Salón de la Fama Internacional, inmortalizados por Grupo Pachuca en México.

Algunos jugadores —no todos— reciben de su club un partido de despedida como homenaje a su trayectoria. En el caso de Cuauhtémoc Blanco, su club América planeó de manera extemporánea un homenaje que fue negado por Ricardo Peláez, entonces presidente deportivo, dejando un episodio de ingratitud institucional hacia “el Cuau”.

Insistimos: homenajear jugadores no debería ser lo más relevante. Lo verdaderamente trascendente es su lugar en la historia, el reconocimiento de la prensa especializada y, sobre todo, la idolatría permanente de la afición que, sin voz ni voto oficial, perpetúa el legado de sus ídolos en el corazón.

El malinchismo también es evidente. Algunos exentrenadores de temperamento iracundo y ofensivo con sus propios jugadores, como Ricardo La Volpe y Ricardo Ferretti, fueron posteriormente premiados como comentaristas deportivos.

Se supone que los juegos de homenaje los proponen los directivos, no los propios jugadores. Sin embargo, algunos emblemas tuvieron que rogar por un encuentro de despedida. El caso del técnico Sven-Göran Eriksson es recordado cuando fue obligado a alinear a Cuauhtémoc Blanco apenas cinco minutos, en un contexto claramente incómodo.

Quizá el episodio más absurdo y patético fue el homenaje al ícono del Campeonísimo, Salvador “Chava” Reyes, durante la gestión de Jorge Vergara. Con más de 70 años de edad, fue alineado simbólicamente en un partido oficial, tocó el balón y salió de la cancha en menos de un minuto, con la anuencia increíble de la FMF.

Ejemplos de adioses ingratos existen en todos los equipos a lo largo del tiempo. Algunos sufrieron no solo el final de su carrera, sino despedidas humillantes.

Caso emblemático fue el de Luis Gilberto Plasencia, máximo goleador de los Leones Negros de la UdeG, inmortalizado con una placa por sus 100 goles en el Estadio Jalisco. Aun así, se le negó apoyo médico para una cirugía de rodilla, que finalmente fue realizada de manera altruista por el doctor Ortega en el antiguo Hospital Civil de Guadalajara.

Plasencia esperó más de diez horas por una cama hospitalaria. Un jugador referente, subcampeón mundial Sub-20, integrante del once histórico de su club y poseedor de récords memorables, fue olvidado por las instituciones.

También recordamos al técnico uruguayo Luis Garisto (QEPD), quien dirigió al Atlas. Su esposa fue retirada de la alberca del Club Colomos por no ser socia, en un acto de evidente falta de sensibilidad.

México es un país que poco glorifica a sus héroes deportivos, al carecer de una cultura sólida de homenajes en vida.

Mención especial merece el exalcalde de Zapopan, Ricardo Pedro Chávez Pérez, quien tuvo la visión de perpetuar a grandes deportistas de Jalisco con nombres de calles y avenidas en la colonia Paseos del Sol, un tributo ejemplar que ningún otro estado ha replicado.

En este orden de ideas, el Campeonísimo de las Chivas Rayadas de Guadalajara debería ser honrado con letras de oro en el Congreso del Estado y el Ayuntamiento de Guadalajara. Futbolistas que lograron siete campeonatos de nueve disputados en una sola década, todos con jugadores mexicanos, merecen un reconocimiento institucional permanente.

Estos recintos representan la voz del pueblo y deberían rendir tributo a quienes engrandecieron el deporte jalisciense y nacional, honrándolos como lo que fueron: futbolistas de época.


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