JALISCO
La ciudad que vive entre luces y sirenas
Opinión, por Miguel Anaya
Jalisco cerró el año no con balance, sino con sobresalto. La violencia volvió a recordarnos —a plena luz del día y sin metáforas— que aquí el crimen no necesita nocturnidad ni discreción. El atentado que se vivió hace unos días en Guadalajara no fue solo un hecho delictivo: fue un mensaje. Uno de esos que no distinguen cargos, apellidos ni horarios, y que desmienten de golpe cualquier discurso de tranquilidad cuidadosamente ensayado.
La escena fue brutal no por excepcional, sino por cotidiana. Una ciudad que presume orden, innovación y gobernabilidad volvió a descubrir que la violencia no se esconde en las periferias ni en las estadísticas: circula, se cruza con el tráfico y convive con la vida diaria. La reacción oficial fue la esperada: condena, promesas de investigación, llamados a la calma. La reacción ciudadana, en cambio, fue más elocuente: hartazgo sin sorpresa. En Jalisco ya no indigna la violencia; indigna que nos pidan fingir que esto es la excepción y no la regla.
Como si eso no bastara, el cierre de año también trajo otro recordatorio menos sangriento, pero igual de persistente: el aumento al transporte público. Un incremento que llegó con el discurso técnico de siempre —costos, modernización, sostenibilidad— y con el mal sabor de siempre: pagar más por un servicio que sigue sin estar a la altura.
Los argumentos a favor y en contra ya los conocemos: por un lado, se habla e inflación, de modernización; por el otro, la experiencia dicta qué, aunque el precio suba, el servicio no mejorará. Más que estadísticas, el servicio del transporte se mide en aquellas personas que gastan de 3 a 5 horas en moverse en una ciudad donde el mayor reto no solo es conseguir trabajo, si no llega a él a través de un transporte digno. La idea parece utopía.
El transporte, que debería ser derecho básico, vuelve a convertirse en prueba de resistencia cotidiana. No solo es el aumento lo que molesta, sino la certeza de que el sacrificio siempre es del mismo lado.
Y mientras la ciudad digiere violencia y tarifas, las obras no paran. Jalisco se construye, se rompe y se vuelve a construir para el Mundial. Calles cerradas, desvíos improvisados, obras nuevas que nadie pidió y glorietas que cambian de sentido como si tuvieran vida propia. Todo en nombre del evento. Todo con la promesa de un legado urbano que, por ahora, se experimenta más como molestia que como beneficio.
La narrativa es clara: hay que aguantar hoy para brillar mañana. El problema es que mañana coincide con una fecha concreta —cuatro partidos—, mientras que los costos se pagan desde ahora. La ciudad se vuelve escenario, y los habitantes, público que verá la fiesta de lejos. Se nos pide paciencia, comprensión y orgullo, aunque cada trayecto cotidiano sea más largo, más caro e incierto.
Políticamente, Jalisco entra a 2026 en modo contención. No es año electoral, pero ya se siente el cálculo. Nadie quiere errores, nadie quiere escándalos —aunque los haya— y todos quieren llegar al Mundial con la casa presentable. La gestión se vuelve estética: controlar daños, cuidar la imagen, administrar el discurso. Gobernar, en cambio, queda en segundo plano frente a la urgencia de no arruinar la foto.
La sociedad, mientras tanto, observa con una mezcla de molestia y resignación activa. No hay estallido, pero sí desgaste. No hay protesta permanente, pero sí una irritación acumulada que se expresa en conversaciones, en redes y en una desconfianza cada vez menos disimulada. Jalisco no está paralizado, pero tampoco convencido.
Y ahí queda la pregunta, incómoda y necesaria, flotando sobre el asfalto recién puesto y las calles acordonadas: ¿el evento deportivo alcanzará para olvidar la violencia, el encarecimiento de la vida y el hartazgo cotidiano? ¿O solo servirá, como otras veces, para poner música alta mientras los problemas esperan, pacientes, a que termine el partido?


