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OPINIÓN

Diccionario para sobrevivir al presente

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Opinión, por Miguel Anaya

Hay palabras que, a inicios de siglo, no existían en la conversación cotidiana y que hoy se pronuncian con una seguridad casi ofensiva. Se dicen en noticieros, en juntas de trabajo y en redes sociales como si siempre hubieran estado ahí. Son conceptos que no se entienden del todo, pero se respetan. O, peor aún, solo se repiten sistemáticamente.

Iniciemos con “tierras raras”. El nombre suena a novela de aventuras, pero en realidad son la base silenciosa del mundo moderno. No son tierras ni son raras: son elementos químicos; en realidad son metales indispensables para que funcionen los celulares, los autos eléctricos, los paneles solares y los misiles inteligentes.

Sin ellas no hay transición energética, ni revolución tecnológica, ni discurso verde creíble. Y, sin embargo, casi nadie sabe cuáles son, dónde están o por qué su control define la política internacional más que cualquier discurso diplomático.

Luego está el término «algoritmo», esa palabra que pasó de ser una curiosidad matemática a una presencia omnipresente. Antes navegábamos en internet; ahora vivimos dentro de sistemas que nos observan, nos clasifican y nos sirven una versión personalizada del mundo. El algoritmo no nos muestra la realidad: nos muestra lo que cree que nos mantendrá atentos. Y nosotros, obedientes, ajustamos gustos, opiniones y hasta indignaciones para seguir siendo parte de algo.

En ese ecosistema aparece la “inteligencia artificial”, que dejó de ser una amenaza futura para convertirse en una herramienta cotidiana. La usamos para preguntar, resumir, traducir, diagnosticar y decidir. No piensa, no siente, no entiende, pero responde mejor que muchos humanos. Y eso no dice tanto sobre la IA como sobre nosotros. Su éxito no radica en su inteligencia, sino en nuestra disposición a delegar criterio, tiempo e investigación con tal de obtener una respuesta expedita.

ChatGPT” es el emblema perfecto de esta era: una máquina que no tiene conciencia, pero conversa; que no vive el mundo, pero lo explica; que no decide, sin embargo, nos orienta. No es el problema, es el espejo. Nos muestra cuánto ansiamos que alguien —o algo— razone o trabaje por nosotros sin cuestionarnos demasiado.

Después vienen los “trends”, esa forma elegante de llamar a la fugacidad. Antes las modas duraban años; hoy duran horas. Un trend no es lo que importa, es lo que el sistema empuja en las redes. Marca la agenda pública, define campañas políticas, dirige el consumo y decide de qué nos indignamos esta semana. La relevancia ya no se mide por profundidad, sino por alcance. Lo viral sustituye a lo importante con una eficacia quirúrgica.

Todo esto se sostiene sobre una palabra aparentemente neutra: “data”. Datos hay de sobra; sin embargo, no son inocentes. El big data no busca entendernos, busca predecirnos. Y predecir es una forma de controlar. Importan menos nuestras ideas que nuestros patrones. Decimos que somos libres mientras dejamos rastros de todo lo que hacemos, compramos, miramos y deseamos.

En medio de este paisaje surge la “narrativa”, ese término que confirma que la verdad ya no basta. Hoy lo fundamental no es lo que ocurre, sino cómo se cuenta.

La política, la economía y los conflictos se libran en el terreno del relato. Y cuando el relato falla, aparece su hermana cínica: la “desinformación”. No miente del todo; confunde. No convence; desgasta. Su objetivo no es que creamos algo, sino que ya no sepamos en qué creer.

Y como broche final, “sostenibilidad”. Una palabra hermosa, repetida hasta el cansancio. Se usa para vender productos, lavar culpas y tranquilizar conciencias. Se habla de salvar el planeta mientras millones apenas logran sostener su vida cotidiana.

En conclusión, vivimos en un mundo donde las tierras raras sostienen la tecnología que alimenta a la inteligencia artificial. La IA avanza al ritmo de los trends (tendencias) que el algoritmo prioriza en las redes. Cada quien habita la realidad que sus datos le permiten ver. La desinformación compite con la narrativa dominante y la sostenibilidad se proclama como ideal colectivo. Mientras, en lo individual, apenas logramos sostenernos dentro de un sistema que cambia más rápido de lo que alcanzamos a comprender.

Tal vez el problema no sea que estas palabras sean nuevas, sino que las usamos como si entenderlas fuera opcional.


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