Connect with us

MUNDO

La gran factura: Davos 2026, el punto de quiebre del orden mundial

Publicado

el

Spread the love

Actualidad, por Alberto Gómez R.

Los Alpes suizos siempre han sido testigos silenciosos de la historia. Cada enero, la pequeña localidad de Davos se transforma en un termómetro del poder global, un lugar donde las élites económicas y políticas miden sus pulsos y proyectan sus futuros. Pero en enero de 2026, el aire helado que recorría el pueblo no era solo el de la montaña; era el viento cortante de una nueva era geopolítica que se anunciaba con estrépito.

El Foro Económico Mundial (WEF) de este año no fue otra cumbre protocolaria. Se convirtió, más bien, en el escenario abierto de un duelo histórico: la confrontación definitiva entre dos visiones irreconciliables del mundo.

Por un lado, el proyecto de globalización institucionalizada que rigió los destinos del planeta durante ocho décadas. Por el otro, la ofensiva soberanista y unilateral encabezada por un Estados Unidos transformado, que bajo la segunda administración de Donald Trump declaró la muerte clínica del viejo orden y abogó por un retorno a principios que muchos creían relegados a los libros de historia del siglo XIX.

LOS CIMIENTOS DEL ORDEN QUE SE DERRUMBA

Para comprender la magnitud del terremoto de Davos, es necesario retroceder más de un siglo. El mundo que emergió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial fue una reacción consciente y calculada al desastre anterior. Aquel orden prebélico se caracterizaba por la existencia de imperios rivales, esferas de influencia cerradas y un proteccionismo económico agresivo.

La libra esterlina y la Royal Navy eran los pilares de un sistema centrado en Londres, donde las colonias y dominios alimentaban a la metrópoli dentro de un circuito comercial privilegiado. Era un mundo de suma cero, donde el beneficio de una potencia implicaba necesariamente la pérdida de otra, y donde la competencia por territorios y recursos era la norma. Aquel sistema, fraguado en el siglo XIX, se demostró tan inestable que colapsó en dos conflagraciones mundiales.

La victoria aliada en 1945 otorgó a Estados Unidos una autoridad inigualable. Con esa autoridad, Washington construyó un andamiaje radicalmente distinto. Los arquitectos de la posguerra, muchos de ellos testigos de la Gran Depresión y de la guerra, estaban obsesionados con la estabilidad. Crearon instituciones –las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT)– diseñadas para entrelazar las naciones en una red de dependencia mutua y normas compartidas.

La idea era simple en su genialidad: hacer que la guerra fuera tan costosa económicamente que resultara impensable. Este “orden liberal internacional” tenía un centro claro (Washington), una moneda de reserva (el dólar) y una ideología rectora: la creencia en el libre comercio, la cooperación multilateral y la expansión gradual de la democracia liberal como fórmula para la paz y la prosperidad.

Durante décadas, este sistema funcionó con una hegemonía estadounidense benevolente –o al menos, así se percibía desde las capitales aliadas. Europa, devastada, se reconstruyó bajo el paraguas del Plan Marshall y la OTAN, aceptando un papel de socio junior en un proyecto atlántico. La globalización, entendida como la aceleración sin precedentes de flujos de capital, bienes, información y personas, fue el motor de una expansión económica histórica.

Sin embargo, este mismo proceso generó grietas profundas: desindustrialización en el corazón de Occidente, desigualdades rampantes, una sensación de pérdida de control democrático y una erosión palpable de la soberanía nacional ante fuerzas de mercado desbocadas y burocracias internacionales distantes. Fueron estas grietas las que Donald Trump supo explotar con maestría política.

LA REVOLUCIÓN MAGA Y EL ASALTO AL SISTEMA

El regreso de Trump a la Oficina Oval en enero de 2025 no marcó una mera continuación de su primer mandato. Aquel periodo, caótico e impredecible, parecía en retrospectiva un mero ensayo general. La segunda administración llegó con un mandato claro y una estrategia depurada: desmantelar de forma metódica el “establishment globalista” que, en su visión, había saqueado la grandeza de Estados Unidos. La doctrina “America First” dejó de ser un eslogan para convertirse en un manual de operaciones geopolíticas.

Esta revolución se manifestó en acciones concretas que dejaron atónitas a las cancillerías del mundo. La crisis de Groenlandia fue quizás el episodio más revelador. La sugerencia pública de Trump de considerar la compra —o anexión— del territorio autónomo danés no fue una boutade improvisada. Fue un mensaje calculado.

Con ella, el presidente estadounidense comunicó varias cosas a sus aliados. Que los lazos históricos y las lealtades de la OTAN eran secundarios ante los intereses estratégicos estadounidenses. Que la soberanía nacional de un aliado era negociable bajo presión. Además, que instrumentos económicos, como la amenaza de aranceles devastadores, eran herramientas legítimas de coerción territorial. Fue un acto de realpolitik pura, sacado directamente del manual del imperialismo del siglo XIX, y demostró que, para esta administración, el mundo seguía siendo un tablero de conquista.

Paralelamente, Washington emprendió una campaña sistemática de marginación de las instituciones multilaterales. La ONU fue despreciada abiertamente como un club burocrático e ineficaz. En su lugar, Trump propuso mecanismos ad hoc, como la “Junta de Paz” para Gaza lanzada precisamente en Davos, un grupo de naciones seleccionadas por Washington para manejar crisis internacionales al margen del sistema de Naciones Unidas.

Este movimiento no busca reformar el multilateralismo, sino reemplazarlo por un directorio de potencias en el que Estados Unidos tenga el voto decisivo. El mensaje subyacente era que el orden basado en reglas era, en el mejor de los casos, un obstáculo y, en el peor, una conspiración para limitar el poder estadounidense.

DAVOS 2026: EL TELÓN DE ACERO CONCEPTUAL

Fue en este contexto de tensión máxima donde se celebró la cumbre de Davos. El ambiente, según relatos de asistentes, era de una inquietud apenas disimulada. Los habituales brindis con vino blanco suizo y los discursos sobre stakeholder capitalism habían sido reemplazados por conversaciones urgentes y acaloradas en los pasillos. Este es un modelo económico en el que las empresas buscan crear valor a largo plazo, no solo para los accionistas (shareholders), sino considerando los intereses de todos los grupos involucrados: empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad. La sombra de Groenlandia se cernía sobre cada encuentro bilateral entre un europeo y un estadounidense.

El momento culminante llegó con el discurso de Donald Trump. Frente al auditorio que personificaba la “élite global” que tanto desprecia, el presidente no buscó consenso ni ofreció retórica diplomática. Su intervención fue un manifiesto de la nueva época. Habló de fronteras robustas, de aranceles como herramienta de política nacional, de la necesidad de recuperar el control absoluto sobre el territorio y la economía.

Se refirió a los líderes europeos con una mezcla de desdén y provocación, dejando claro que veía a la Unión Europea no como un aliado, sino como un competidor económico que había aprovechado la generosidad estadounidense durante demasiado tiempo. Su presencia en Davos no era la de un participante más, sino la de un gladiador que había entrado en la arena para derrotar a la mismísima ideología que el foro representaba.

La respuesta del bando “globalizador” fue de una consternación apenas contenida. Mark Carney, el exgobernador del Banco de Inglaterra y primer ministro canadiense, ofreció lo que muchos interpretaron como la refutación más elegante. Argumentó a favor de un orden renovado, basado todavía en la cooperación, pero admitiendo los errores del pasado en materia de desigualdad. Su discurso sonó, sin embargo, a la elegía de un mundo que se escapaba.

Más sorprendente fue el papel de China. En una ironía histórica absoluta, fue el delegado chino quien, con lenguaje mesurado, defendió los “beneficios de un comercio global abierto y basado en normas” y advirtió contra los “peligros del aislacionismo y la ley del más fuerte”. Beijing, astutamente, se presentó como el guardián del multilateralismo económico que Estados Unidos abandonaba, buscando capitalizar el vacío de liderazgo y atraer a las naciones desencantadas con Washington hacia su esfera de influencia.

LAS IMPLICACIONES DE UN MUNDO FRAGMENTADO

Las consecuencias de esta fractura son profundas y van más allá de la retórica. Europa se encuentra en su dilema estratégico más grave desde la posguerra. Su seguridad militar sigue vinculada, en gran medida, a la OTAN y al paraguas nuclear estadounidense. Pero su seguridad económica y su modelo político-social están ahora bajo el ataque directo de su principal aliado.

La amenaza de aranceles sectoriales, el desprecio a los mecanismos de solución de disputas de la OMC y el apoyo explícito de figuras de la administración Trump a movimientos euroescépticos y nacional populistas dentro de la UE representan una estrategia de contención hacia un rival. No son de cooperación con un socio.

Los análisis económicos cuantitativos, como los citados por think tanks europeos, pintan un panorama sombrío. El juego de suma cero que Washington parece haber abrazado podría generar pequeñas ganancias inmediatas para la economía estadounidense a expensas de pérdidas catastróficas para Europa y China. Pero este cálculo es miope.

La verdadera amenaza es sistémica: la desintegración de las cadenas de suministro globales, la fragmentación de los mercados financieros, el colapso de los mecanismos de coordinación monetaria y, en última instancia, el riesgo de una recesión global sincronizada de una magnitud no vista desde la década de 1930, e incluso mucho mayor. El fantasma que los arquitectos de Bretton Woods querían exorcizar ha regresado.

El mundo no está volviendo exactamente a 1939. Las interdependencias tecnológicas, financieras y sociales son demasiado profundas para una ruptura limpia. Pero sí avanza hacia lo que los analistas llaman una “multipolaridad conflictiva” o un “orden mundial espacial”, donde grandes potencias ejercen un control absoluto dentro de sus respectivas esferas de influencia, compitiendo ferozmente en las zonas grises que las separan.

Es un panorama donde los conceptos de “bloque occidental” o “comunidad internacional” pierden sentido, reemplazados por alianzas ad hoc, lealtades transaccionales y una constante negociación basada en la fuerza relativa del momento.

¿UN NUEVO AMANECER O UN LARGO CREPÚSCULO?

Davos 2026 será recordado como el punto de no retorno. Allí quedó claro que la pugna no era sobre tasas arancelarias específicas o tratados comerciales particulares, sino sobre los principios fundacionales del sistema internacional. La administración Trump ha apostado por un futuro donde la soberanía nacional es absoluta, el poder se mide en capacidad de coerción económica y militar, y las alianzas son contratos temporales sujetos a revisión inmediata. Es la negación del proyecto ilustrado de un orden racional y cooperativo.

Frente a esto, las potencias globalizadoras, con Europa a la cabeza, luchan por mantener vivo un paradigma en retirada. Su desafío es existencial: deben encontrar la manera de preservar los logros de la integración –la paz, la prosperidad relativa, la capacidad de abordar desafíos globales– en un mundo que ya no cree en sus premisas fundamentales. Esto requerirá una reinvención que será dolorosa, una mayor autonomía estratégica y una fortaleza interna que el continente no ha necesitado demostrar en décadas.

El frío de Davos se ha extendido por todo el mundo. Lo que comenzó como una tensión en una cumbre alpina es ahora la condición permanente de las relaciones internacionales. El consenso de la posguerra ha muerto. Lo que viene a continuación es una era de incertidumbre, competición y posible confrontación, donde las reglas están por escribirse y el único principio que parece regir es el que Trump enunció en aquel auditorio helado: que, en el fondo, siempre fue cada uno por sí mismo. La historia, tras un breve paréntesis de setenta años, ha vuelto con fuerza. Y el mundo entero contiene el aliento.


Spread the love
Continuar Leyendo
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tarjeta única al estilo Jalisco

Copyright © 2020 Conciencia Pública // Este sitio web utiliza cookies para personalizar el contenido y los anuncios, para proporcionar funciones de redes sociales y para analizar nuestro tráfico. También compartimos información sobre el uso que usted hace de nuestro sitio con nuestros socios de redes sociales, publicidad y análisis, que pueden combinarla con otra información que usted les haya proporcionado o que hayan recopilado de su uso de sus servicios. Usted acepta nuestras cookies si continúa utilizando nuestro sitio web.