OPINIÓN
De Spinoza a Hegel, la ruta del absoluto vivo
Opinión, por Violeta Moreno
En la historia de las ideas persiste un malentendido frecuente: pensar que el romanticismo alemán fue un simple arrebato de sensibilidad, una huida hacia la niebla, la música y la emoción. En realidad, se trató de una operación intelectual mucho más rigurosa, casi una cirugía contra el exceso de razón plana de su tiempo.
Una de sus rutas más interesantes comienza donde pocos lo esperarían: en Baruch Spinoza, un pensador que suele percibirse como frío y geométrico, casi desprovisto de lirismo, pero que terminó siendo el detonador secreto de una nueva forma de pensar lo absoluto.
Spinoza propone algo que, para la modernidad temprana, era pura dinamita: Dios no es un soberano externo que gobierna el mundo desde fuera, sino la sustancia misma, la única realidad, la naturaleza en su totalidad —Deus sive Natura. Con este gesto, el mundo deja de ser un escenario separado de lo divino y se convierte en un tejido interno, una unidad.
Esa unidad tiene un costo: desaparece la trascendencia tradicional. Pero a cambio emerge una intuición poderosa: todo pertenece a un mismo orden, y aquello que llamamos mente y aquello que llamamos materia no son sino modos de una misma sustancia. Para muchos ilustrados, esta idea olía a fatalismo; para los jóvenes pensadores alemanes, olía a libertad filosófica.
Aquí entra el romanticismo, no como una reacción contra Spinoza, sino como una respuesta a partir de él. El primer movimiento es una tesis contundente: hay unidad, hay totalidad, hay un absoluto que no puede fragmentarse sin perder sentido. La antítesis aparece de inmediato: si todo es una sola sustancia, ¿dónde quedan la singularidad, la creatividad, el yo, el arte, el dolor, el amor? En otras palabras, ¿dónde queda lo humano irreductible?
La discusión se vuelve urgente porque no es un juego académico. Es el problema de cómo vivir en un mundo que ya no se sostiene en el Dios externo de la tradición, pero que tampoco quiere resignarse a un mecanismo sin alma.
En ese punto, los románticos alemanes —sobre todo en su fase temprana— comienzan a responder con una idea que mezcla filosofía y estética: el absoluto no se alcanza solo por medio del concepto, sino también a través del símbolo. Friedrich Schlegel habla de la ironía romántica como conciencia de que ninguna forma finita agota lo infinito; Novalis insiste en que la poesía no es un adorno, sino un órgano de conocimiento; Friedrich Wilhelm Joseph Schelling impulsa una filosofía de la naturaleza en la que esta deja de ser cosa muerta para convertirse en productividad viva, fuerza que se autoexpresa, casi como un arte en movimiento.
Esa es la respuesta a la antítesis: no se quiere perder al absoluto, pero tampoco permitir que el absoluto aplaste al sujeto. La mediación se realiza a través de la creatividad, la libertad y la actividad del espíritu. El yo deja de ser un punto pasivo dentro de una sustancia inmóvil y se vuelve fuerza productiva: la conciencia produce mundo y, al mismo tiempo, se sabe parte de una totalidad que la excede. En el lenguaje de la época, se busca una síntesis: un absoluto que sea vivo, no solo uno, y un sujeto que sea libre, no solo un engrane.
En este tránsito comienza a perfilarse Georg Wilhelm Friedrich Hegel, quien toma esa tensión y le da un método. Para Hegel, el absoluto no es una cosa ya hecha, sino un proceso que se despliega en el tiempo. Aquello que los románticos intuían como unidad viviente, él lo convierte en una lógica histórica: el espíritu se realiza a través del conflicto, la negación y la superación. La verdad, entonces, no es un punto fijo, sino el todo en su devenir, la totalidad que se reconoce a sí misma mediante sus propias contradicciones.
Así se traza la línea: Spinoza plantea la tesis de la unidad; los románticos levantan la antítesis de la singularidad creativa y la libertad; y, en ese movimiento, se va gestando una síntesis en la que el absoluto deja de ser una sustancia estática para convertirse en espíritu en movimiento, un absoluto que se produce a sí mismo. Hegel no “cierra” el romanticismo, pero sí lo disciplina: le quita parte de su bruma y lo convierte en arquitectura conceptual.
Al final, lo más elegante de esta genealogía es que no habla solo de filósofos. Habla de una pregunta que sigue siendo nuestra: cómo ser individuos sin romper el mundo, cómo pertenecer a una totalidad sin desaparecer, cómo pensar la unidad sin perder la vida. En esa tensión, Spinoza, los románticos y Hegel continúan discutiendo dentro de nosotros, y quizá por eso no envejecen.



