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El gran repliegue: La reconfiguración forzada de Canadá y Reino Unido ante el nuevo orden de Trump

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Actualidad, por Alberto Gómez R.

El consenso geopolítico y económico que ordenó al mundo occidental durante casi ocho décadas hoy parece un eco lejano. En su lugar, se impone la política impredecible y unilateral de la segunda administración de Donald Trump, una fuerza que ha actuado como un potente imán repulsivo, empujando incluso a los aliados más tradicionales de Estados Unidos hacia trayectorias estratégicas radicalmente nuevas.

En este nuevo escenario, Canadá y Reino Unido han dejado de desempeñar el papel de socios comerciales dóciles para asumir el de arquitectos de una diversificación urgente. Bajo el liderazgo de Mark Carney en Ottawa y el pragmatismo estratégico del gobierno de Keir Starmer en Londres, se despliega una estrategia clara: reducir la vulnerabilidad frente a una relación transatlántica volátil y construir resiliencia mediante una red alternativa de alianzas. No se trata de una simple táctica comercial, sino de una redefinición profunda de las esferas de influencia y de la seguridad económica en el siglo XXI.

EL ORDEN COMERCIAL BAJO ASEDIO

Durante generaciones, el orden económico internacional se sostuvo sobre pilares considerados inamovibles: el libre comercio basado en normas multilaterales, la primacía del dólar y la solidez de la alianza entre Washington, Ottawa y las capitales europeas. Hoy, ese sistema muestra grietas estructurales profundas. La Organización Mundial del Comercio atraviesa una encrucijada, con su mecanismo de solución de controversias debilitado y sometido a la presión de aranceles unilaterales.

El proteccionismo ha dejado de ser una herejía económica para convertirse en una herramienta geopolítica de uso recurrente, alimentando la incertidumbre y desincentivando la inversión de largo plazo. En este contexto, la retórica y las acciones de la administración Trump han operado como un catalizador decisivo. La amenaza reiterada de poner fin al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, que el propio presidente llegó a calificar como “irrelevante”, sacudió la certidumbre jurídica de sus socios norteamericanos.

Más allá del discurso, las acciones han sido igualmente disruptivas. Estados Unidos ha impuesto aranceles punitivos a productos de países aliados y ha amenazado con medidas similares contra la Unión Europea, generando un clima de zozobra permanente. Este patrón de confrontación, que aplica un mismo rasero de coerción económica tanto a aliados como a competidores, ha llevado a una conclusión compartida en Ottawa y Londres: la confianza en Estados Unidos como socio estable pertenece al pasado.

PREVISIÓN Y GIRO HACIA EL PACÍFICO

La respuesta canadiense a este nuevo escenario ha sido estratégica y deliberada. Mark Carney, con una sólida trayectoria financiera internacional, advirtió desde temprano una ruptura en el orden de la posguerra y actuó en consecuencia. Su estrategia descansa en dos pilares: asegurar el flanco norteamericano mientras se diversifica agresivamente hacia otras regiones.

Ante la inestabilidad del TMEC, Carney apostó por una diplomacia de contención con Washington y por fortalecer la alianza con México, buscando crear un frente común de negociación. Este movimiento pretendía proteger el acceso al mercado estadounidense, vital para la economía canadiense, sin renunciar a la necesidad de abrir alternativas.

El núcleo de su estrategia, sin embargo, reside en el giro hacia Asia. Consciente de que la dependencia de un solo mercado constituye un riesgo existencial en la era Trump, Carney ha impulsado un acercamiento comercial con China, pese a las tensiones que ello genera con Washington. El cálculo es claro: el coste de incomodar a Estados Unidos resulta menor que el riesgo de quedar sin opciones ante un eventual colapso del TMEC o nuevas sanciones unilaterales. A ello se suma el interés en fortalecer vínculos con India y con el dinámico comercio Sur-Sur, el segmento de mayor crecimiento del intercambio global.

EL PRAGMATISMO BRITÁNICO

Reino Unido enfrenta una transición aún más compleja. Tras el Brexit, perdió el paraguas comercial y político de la Unión Europea y descubrió que su llamada “relación especial” con Estados Unidos se había transformado en una asociación transaccional y, en ocasiones, hostil. El gobierno de Keir Starmer ha respondido con un pragmatismo frío: como potencia media, el Reino Unido necesita tejer una red diversificada de alianzas para mantener su relevancia global.

La estrategia británica combina la búsqueda de acuerdos bilaterales pos-Brexit con un acercamiento calculado a China. La visita de Starmer a Pekín, acompañado de una nutrida delegación empresarial, fue una señal inequívoca de que Londres está dispuesto a interactuar con todos los polos de poder, incluso aquellos en tensión con Washington.

Al mismo tiempo, observa con atención los realineamientos globales, como los grandes acuerdos impulsados por la Unión Europea con economías emergentes, que refuerzan la idea de que quien no diversifica queda rezagado.

IMPLICACIONES GEOPOLÍTICAS

Las estrategias de Canadá y Reino Unido forman parte de una tendencia global acelerada conocida como “el factor Trump”. La Unión Europea, ante amenazas arancelarias, ha intensificado la firma de acuerdos con distintas regiones para reducir dependencias estratégicas. El resultado no es una multipolaridad armónica, sino una “multipolaridad defensiva”, en la que las potencias tejen redes alternativas para protegerse de la coerción de cualquier hegemonía.

Este proceso ya es visible en la reconfiguración de las cadenas de valor globales, que pasan de una lógica basada en costos a otra centrada en la gestión de riesgos y la diversificación de proveedores. Para Canadá y Reino Unido, el desafío consiste en equilibrar la diversificación sin sustituir una dependencia por otra.

La visión anticipatoria de Mark Carney y el pragmatismo del gobierno de Starmer reflejan una apuesta de largo plazo en un tablero inestable. En el siglo XXI, la soberanía y la seguridad económica no derivarán de la lealtad a una sola potencia, sino de la capacidad de mantener múltiples opciones abiertas.

El gran repliegue de Ottawa y Londres no es un abandono de Occidente, sino la búsqueda de una nueva ancla en un mundo cada vez más fragmentado. El desenlace de esta audaz reconfiguración definirá su lugar en el orden mundial emergente.


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